• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Elogio de La Salida

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De allí este elogio de La Salida. Pues, quienes le juran su rechazo y su odio, aún no comprenden que, incluso, si este régimen terminara desbarrancándose electoralmente, solo lo será producto de la acumulación perentoria de sus calamidades y la movilización desesperada de un pueblo decidido a ponerle fin a este apocalíptico desastre. No será luego de unos comicios de etiqueta y guantes blancos, tras una campaña de níveo respeto a las normas internacionales, pulcras y transparentes: lo será tras un avance incontenible de desesperación y rechazo. No querer comprenderlo es triste y desventurada prueba de mengua intelectual.

 

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Una maraña de falacias, medias verdades y mentiras divide los campos de pensamiento y acción del terreno democrático venezolano. A lo que debe sumarse, blindando la confusión, los malentendidos y desencuentros entre uno y otro sector, un amasijo de intereses político-partidistas, mezquindades personalistas y otros más oscuros de índole innominada. Lo que viene a configurar un cuadro de fuerzas contradictorio con los fines perseguidos y objetivamente disgregador y anarquizante, que paraliza y confunde a las fuerzas de la libertad favoreciendo la agudización de la crisis y la supervivencia del sistema antidemocrático que nos rige. En ese sentido, cabe preguntarse si la división de las fuerzas democráticas no coadyuva de manera más eficiente que la misma acción o inacción de las fuerzas dictatoriales a la estabilización del sistema represor y regresivo que nos subyuga.

Sebastian Haffner, en sus extraordinarios ensayos sobre el nacionalsocialismo, ha señalado reiteradamente la capital importancia que tuvieron las fuerzas democráticas en abrirle el camino y afianzar el establecimiento del nazismo en Alemania. Atribuyéndole, de hecho, más importancia a la pusilanimidad, la confusión, la cobardía y la enemistad recíprocas de los partidos de izquierdas, centro y derechas en el asalto al poder de Hitler y sus mesnadas, que a la capacidad arrolladora de sus fuerzas totalitarias. Esa pusilanimidad, esa cobardía y esos desencuentros alimentados por las mezquindades y carencias de un sentido nacional, liberal y patriótico habría desencantado y sumido en la apatía y el desinterés a amplias capas de la población alemana que al momento mismo del asalto al poder, el 30 de enero de 1933, constituían una franca mayoría, como lo comprobarían los procesos electorales que tuvieran lugar por entonces. La celeridad, la profundidad y la claridad de propósitos de Hitler le permitieron abrirse camino en esa tierra de apatía y confusión arrasando con toda oposición de comunistas, socialistas, cristianos, liberales y conservadores, al extremo de que seis meses después de recibir la Cancillería de parte de parte del presidente Hindenburg, su hegemonía político-electoral constituía una abrumadora y aplastante mayoría.

Los comunistas apostaban por la revolución bolchevique, fracasada en Alemania en 1918 y sin posibilidad alguna de retorno. Los socialistas, por la República de Weimar, sumida en el descrédito y la crisis. Los católicos de centro y los conservadores, por una democracia autoritaria, que en los hechos sirviera de plataforma para el asalto al poder. Brecht lo resumiría años después, viviendo el exilio en Dinamarca, con la metáfora del grupo de antifascistas desencontrados sentados sobre una rama, que no cesaron de aserrar hasta que perdieron todo sostén.

 

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Mientras la oposición se enzarzaba en sus diatribas, ataques recíprocos, encontronazos e incluso campales batallas por el control de los sectores populares, una unidad férrea, al precio incluso del asesinato masivo de eventuales disidentes, pavimentó el enraizamiento del nazismo hasta hacerlo invencible. Sin el delirio del Imperio Milenario y un antisemitismo genocida, asesino y criminal, Hitler hubiera gobernado en Alemania y muy probablemente en Europa entera, del Atlántico a los Urales, sin encontrar un solo contrapeso en su propia sociedad, hasta morir de muerte natural. La hegemonía fascista había logrado unificar la utopía del igualitarismo social con la democracia política ultraplebiscitaria, mientras la democracia liberal se hundía en su decadencia y se ahogaba en sus contradicciones. Fue necesaria la guerra y la más gigantesca movilización de recursos devastadores a escala mundial para acabar con el delirio.  Incluso la invención de armas nucleares capaces de destrucción de dimensión planetaria.

Todos tenían razón y no la tenía ninguno. Lo que a efectos de la acción política es la propia sinrazón. Fue recién después de sufrir el más pavoroso proceso de deshumanización que viviera la humanidad en sus cientos de miles de años que todas las fuerzas alemanas desencontradas vinieron a comprender dos hechos, asimismo resaltados por la insigne pensadora judía: las derechas democráticas, que la democracia no puede convivir con la tiranía. Son polos opuestos, antinómicos y excluyentes. De modo que cualquier ilusión de acomodo, complicidad o connivencia, alimentada por la ignorancia, la cobardía o el oportunismo, no puede menos que saldarse con el horror de la esclavitud y la muerte. Las izquierdas contestatarias, que la democracia es el mejor de los sistemas de convivencia política inventados por el hombre, mientras las utopías socialistas hitlerianas o leninistas no conducen más que a la tiranía, el hambre y la barbarie.

Nada de todo lo dicho es inédito ni constituye novedad alguna. Si bien es perfectamente imaginable que no sea del conocimiento de muchos de nuestros jóvenes y ni tan jóvenes políticos, muchos de los cuales, incluso los más destacados, no se distinguen por una sobresaliente cultura histórica y filosófica. Aunque son cosas sabidas y hasta popularizadas por los medios de comunicación y entretenimiento masivos. Pero como lo escribiese el gran pensador conservador venezolano, Cecilio Acosta, siempre “hay cosas sabidas y por saberse”, cuyo olvido acarrea su reiteración. Y cuya ignorancia contribuye a profundizar la tradición de esclavitud y sometimiento que lastra la historia del hombre desde la creación. Particularmente en un país en que el pensamiento liberal ha brillado por su ausencia, la anarquía y la desintegración son parte constitutiva de su genética y composición social y en el cual la democracia es apenas un tenue barniz en una tradición caudillesca, militarista, socializantes, estatólatra y dictatorial ¿Qué son cuarenta años de democracia, de los cuales la mitad, veinte años, fueran monopolizados por dos caudillos democráticos –Caldera, socialcristiano, y Pérez Rodríguez, socialdemócrata–, en un archipiélago de tiranías y tres siglos de colonialismo?

Es así como, sin parar mientes en las enseñanzas de Hannah Arendt y los desastres y desventuras que causan las divisiones y la alergia antiunitaria en sociedades entregadas a la fiebre totalitaria, la sociedad venezolana se halla entregada a su suerte, navega a la deriva y asiste entre asombrada y escéptica al dramático desencuentro entre sus dirigencias opositoras. Nuestra ínclita tragedia.

 

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El meollo de nuestro desencuentro: la caracterización del régimen. A quienes no lo consideran más que un mal gobierno, perfectamente desalojable mediante una victoria electoral como las de los quinquenios de nuestra democracia, poco les importan las escandalosas e irrebatibles demostraciones de que es algo infinitamente peor que un mal gobierno, que lo es y en proporciones apocalípticas: es una dictadura. Si por tal caracterízase a un régimen en que un hombre o una minoría dictan la ley y la justicia –o sus ausencias–, poseen el poder de vida o muerte sobre los ciudadanos, rebajados a masa aclamatoria, controlan todas las instituciones, desde las fuerzas armadas a los órganos legislativos y judiciales, han desaparecido los órganos contralores y hacen o deshacen con el erario lo que sirve a sus propósitos de entronización e, incluso, incurren en el deliro de traicionar la soberanía de la patria y cedérsela gustosamente a una tiranía vecina. Sin dejar de cumplir con un precepto guevarista, elevado a sumo sacerdote de los dictados bienpensantes: “Hay que acabar con todos los periódicos. Una revolución no se puede lograr con la libertad de prensa”. Los arruinaron, los pervirtieron, se los robaron o, en el colmo de una dictadura de nuevo cuño que se autofagocita, los compraron.

¿Pueden negarlo quienes, desde sus partidos, como Acción Democrática y Primero Justicia, sus subordinadas y toleradas alcaldías y gobernaciones o sus inútiles y fútiles curules, insisten en desmovilizar al pueblo, cercenarle su derecho al conocimiento de la verdadera situación que lo abruma y entregarlo inconsciente de la verdad y maniatado al arbitrio del poder sin otro derecho a pataleo que aprontarse a asistir como masa pasiva y aclamatoria del régimen a las próximas elecciones que se le cuadren? Y desde luego, a quien causas y azares de un pobre país a la deriva pusiera al frente de quienes no son parte constitutiva de la masa aclamatoria de la dictadura, el candidato in pectore de un futuro nebuloso, incierto y todo menos previsible, Henrique Capriles.

Huelga decir que, por todos los motivos que anteceden, comparto la sangre, el sudor y las lágrimas de quienes, de este lado de la acera, comulgan con la irrebatible verdad de que enfrentamos un régimen dictatorial, anticonstitucional y antidemocrático de facto, con pretensiones totalitarias: militarista, autocrático, antinacional, corrompido y corruptor, capaz de ensangrentar el suelo de la patria por imponerse por los siglos de los siglos, aliado a las fuerzas más reaccionarias, salvajes y retrógradas del planeta, como las tiranías marxista-leninistas de Cuba y Corea del Norte, de Rusia, Bielorrusia y China y de ese amasijo de barbarie étnica y religiosa que ha desatado la yihad en el Medio Oriente. Régimen empeñado en expandir su credo antidemocrático y regresivo por nuestra región, para lo cual pone todo su poderío financiero al servicio de la dictadura cubana y el Foro de Sao Paulo. Y cuyo balance, tras quince años de desgobierno, es la devastación de Venezuela, la mayor matanza de sus sectores populares –un cuarto de millón de pobres de misericordia– entregados a la sevicia del hamponato bajo la complicidad, la connivencia o la permisividad de un régimen que así mantiene a millones de venezolanos bajo un virtual y no declarado estado de sitio.

De allí este elogio de La Salida. Pues, quienes le juran su rechazo y su odio, aún no comprenden que, incluso, si este régimen terminara desbarrancándose electoralmente, solo lo será producto de la acumulación perentoria de sus calamidades y la movilización desesperada de un pueblo decidido a ponerle fin a este apocalíptico desastre. No será luego de unos comicios de etiqueta y guantes blancos, tras una campaña de níveo respeto a las normas internacionales, pulcras y transparentes: lo será tras un avance incontenible de desesperación y rechazo. No querer comprenderlo es triste y desventurada prueba de mengua intelectual.

 

@sangarccs