• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Desmitificando el bloqueo. Economía política de la miseria

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El fin de la dictadura castrochavista ¿precipitará si no la caída, por lo menos la evolución del sufrido pueblo cubano hacia la libertad? Es una pregunta aún sin respuesta. Washington y el Vaticano parecieran preferir una evolución a paso de tortuga, hasta que, como sucediera con los dinosaurios, la tiranía se extinga por acción de algún accidente cósmico. La libertad, ya lo decían los grandes pensadores del enciclopedismo, es una realidad demasiado peligrosa.

 

“El que nace barrigón, ni que lo fajen chiquito” reza una de las sentencias más populares del refranero venezolano. Después de años de militancia en las huestes de la izquierda marxista, de años y años estudiando en sus idiomas las fuentes del marxismo y de vivir en carne propia dos intentos por imponer el modelo marxista de sociedad y de haber admirado, elogiado y defendido al precursor de todos ellos –en Europa la revolución bolchevique y en América Latina, la castrista–, he llegado a la conclusión de que tal modelo conduce inexorablemente a la devastación de las sociedades que lo intentan, a provocar las más grandes crisis existenciales de sus historias y a clausurar todas las esperanzas que fueran depositadas en ellas. Al niño barrigón del marxismo leninismo, ni que lo fajen chiquito. Así sea que alcance el poder por la rebelión, como la rusa, por las guerrillas, como en Cuba, o por procesos electorales, como la chilena y la venezolana. El fin de todas ellas ha sido la implosión, como en Rusia, la esclerosis múltiple, como la cubana o la norcoreana, la quiebra, la disgregación y podredumbre, como en Venezuela o el golpe de Estado de las fuerzas restauradoras, como en Chile. La China se ha salvado mediante la combinación de un feroz Estado represivo y un salvaje capitalismo de Estado. La propia revolución china, la de Mao, terminó devastada por la llamada revolución cultural. Hambruna, matanzas y devastación. Más nada.

La revolución cubana, una mezcla de autocracia caudillesca, militarista y hereditaria combinada con una feroz dictadura de partido, jamás logró potenciar las fuerzas productivas y provocar la emancipación de las masas trabajadoras. Como lo proclamaran a los cuatro vientos sus líderes. Ha sido durante 57 años un modelo de socialismo parasitario que no cupo en las previsiones de Karl Marx ni de Friedrich Engels. Para sobrevivir ha necesitado alcanzar el grado de hijastra o recogidita consentida de la Unión Soviética que, en aras de su propio prestigio y mantener en ascuas a Estados Unidos optó por mantenerla con vida mediante un ominoso estipendio de varios miles de millones de rublos anuales. Echada a la calle por la Perestroika, se sumió en la peor crisis humanitaria de su historia, hasta que un militar venezolano, extraña mezcla de tirano decimonónico y Robin Hood del Caribe, le inyectara decenas de miles de millones de dólares y más de 100.000 barriles diarios de petróleo. Al clásico burdel de la marinería de la flota imperial española que fuera la isla durante 4 siglos, le sucedió el proxenetismo de sus capataces del siglo XX.

Ni el bloqueo ni el acoso de Estados Unidos han sido la causa suficiente de esa crisis congénita e inveterada vivida por la Cuba castrocomunista. Si Cuba fue una de la sociedades más ricas de América Latina y, sin duda, la más rica y la más emancipada y progresista del Caribe hasta la caída de Batista, sin que para ese deslumbrante desarrollo mediara la mano generosa de ningún imperialismo norteamericano, atribuirle al bloqueo la responsabilidad por la extinción del emprendimiento y la prosperidad en Cuba es una falacia sin la menor consistencia. La causa directa, endógena –para usar una expresión tan cara al diletantismo marxistoide del chavismo– de tal devastación económica fue el estrangulamiento, el harakiri de las propias fuerzas productivas cubanas. La aniquilación del empresariado productor y la concentración en manos del Estado de actividades productivas jamás asumidas. Particularmente el desplazamiento del espíritu emprendedor por una ideología de la miseria: la demonización de la riqueza y la instauración de la miseria como el más alto valor de la sociedad cubana. El pobresismo, la proletarización inducida, la liquidación del derecho de propiedad, la patética paralización del espíritu liberal y el ingenio productivos, tan propios del talento cubano, que ya despuntara en los siglos XVIII y XIX. Como que emigrado al territorio menos desarrollado de Estados Unidos lo convirtiera en un pujante emporio comercial, práctica capital del emprendimiento caribeño: la Florida.

Y si Europa y el resto del mundo jamás obedecieron las determinaciones del bloqueo en el caso cubano, el caso venezolano es la comprobación experimental de tal falacia: ¿quién ha bloqueado a Venezuela para que haya terminado en la aterradora devastación en que culmina el periplo del experimento castrocomunismo en tierras de Bolívar? Sobre todo luego de ser beneficiada con los mayores ingresos petroleros de toda su historia. ¿Quién habría sido sancionado en caso de importar a Venezuela bienes de capital o inversiones financieras? ¿Quién le ha impuesto a Estados Unidos pena alguna por ser el principal socio comercial de la Venezuela chavista, su principal cliente petrolero y su principal abastecedor de cuanto ella requiera? Al extremo de que hoy, cuando Estados Unidos puede suplir con absoluta autonomía sus necesidades energéticas, continúa comprándole a Venezuela el mayor monto de petróleo extraído por la ya extenuada, expoliada y saqueada industria venezolana de petróleo. La razón es de una aterradora simpleza, tan sorprendente y tan evidente, que asombra su desconocimiento: la voluntad automutiladora de la ideología marxista-leninista aplicada al subdesarrollo. El odio al enriquecimiento de la población por parte del caudillismo totalitario, la necesidad de mantener en la inopia a las masas para impedirle ascender en la escala social y asumir el liberalismo propio de las democracias. Lo dijo el actual jefe de la bancada chavista en la Asamblea Nacional venezolana: “¿Vamos a permitir que prosperen los pobres para que se nos vuelvan escuálidos?”. Lo confirmó el ministro de planificación de Hugo Chávez Jorge Giordani quien le afirmara al general Guaicaipuro Lameda que los venezolanos debían ser mantenidos en la pobreza por veinte o treinta años más, hasta que se consolidara el modelo castrocomunista en que estaban empeñados. Este es el resultado: la devastación inducida de Venezuela hasta empujarla al abismo de la mayor tasa inflacionaria del mundo, el mayor índice de desabastecimiento del mundo y la mayor tasa de homicidios del mundo.

Se le atribuye al emperador romano Julio César la famosa frase divide et impera-divide para reinar. Napoleón la haría suya. La versión actualizada por Lenin, profundizada por Stalin y convertida en realidad por todos los tiranos comunistas, que han hecho de la devastación económica de sus sociedades motivo de alta política de Estado, la ha convertido en “empobrece e impera”. A mayor pobreza de las masas, mayor disposición a la esclavización. Pues los afanes libertarios son, usando un término de la economía política, el surplus de la prosperidad económica de las sociedades. Mientras más urgidos por su estricta reproducción física, menores son el afán y la energía del sometido para pensar y luchar por su liberación. Depauperar: ese es el imperativo de los sistemas económicos socialistas.

La depauperización de Cuba y Venezuela no ha tenido otra razón que asegurar el control totalitario y policiaco de la voluntad popular. La causa es estrictamente político-ideológica, no económica. El mito del bloqueo ha sido un arma de legitimación, manipulación, justificación y combate para mantener cohesionado al pueblo cubano tras de un proyecto tiránico que lo ha castrado en todos los aspectos de su energía social: hasta convertirlo en un pueblo mendicante y miserable dependiente del jefe de la tribu. Que morirá enaltecido por quienes fueran esclavizados, torturados y reducidos a la miseria por su Tótem y Tabú. Venezuela está en vías de escapar de este trágico destino por su vocación entrañablemente libertaria, el poder de su sociedad civil y el auxilio de la fortuna: la muerte del caudillo y la brutal caída de los precios del petróleo. Pues toda dictadura, incluso cerrada y totalitaria, como la cubana, necesita de ingresos para mantenerse.

De allí la pregunta con que concluimos: el fin de la dictadura castrochavista ¿precipitará, si no la caída, por lo menos la evolución del sufrido pueblo cubano hacia mayores anhelos libertarios, que prácticamente todas sus generaciones sobrevivientes desconocen? Es una pregunta aún sin respuesta. Washington y el Vaticano parecieran preferir una evolución a paso de tortuga, hasta que, como sucediera con los dinosaurios, la tiranía se extinga por efecto del tiempo, el implacable, o por la acción de algún accidente cósmico. La libertad, ya lo decían los grandes pensadores del enciclopedismo, es una realidad demasiado peligrosa como para ponérsela súbitamente en manos no experimentadas.