• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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La Cumbre de las Américas y las dos caras de América Latina

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Ha sido una gran oportunidad para convertir un trámite de rigor en una ventana para la exposición de los males que atenazan a nuestro país. Y a nuestro continente. Sabiamente aprovechada por las fuerzas que alientan la lucha por la democracia en Venezuela y América Latina. Entre ellas las de 25 expresidentes de sus repúblicas. Que nadie se llame a engaño: el de Raúl Castro fue un canto de cisne. El de Maduro, el cacareo de una gallina clueca.

 

Puede que, como comentaba Rodrigo Pardo, el editor de Semana, el hebdomadario colombiano en su reciente edición, la Cumbre de las Américas no quitara ni pusiera nada nuevo sobre el tablero político regional. Es la natural visión de quien apuesta todo lo que sabe por la realpolitik, esa enfermedad congénita del oportunismo político redescubierta y bautizada en el siglo XIX por Bismarck y que viene haciendo estragos en el mundo real desde que la política existe.

Lo único cierto es que, independientemente de los logros concretos alcanzados –ninguno, salvo un apretón de manos entre los históricos adversarios para la galería– esta Cumbre logró, a su pesar, el prodigio de desenmascarar los dos rostros de América Latina: el del poder gobernante, desde hace tres lustros en manos de las izquierdas castristas y convertido en paradigma en la triste y ominosa figura de la satrapía venezolana y la agónica de la tiranía cubana, que la controla. Es la hegemónica y dominante: de Chile al Uruguay y Brasil y de Argentina a Ecuador y Nicaragua. Una hegemonía que comienza a hacer aguas y a hundirse en las fétidas y apestosas aguas de la corrupción. Un mundo aparentemente inamovible, prisionero de las taras y prejuicios ancestrales de un continente que insiste en darle la razón al intelectual venezolano Carlos Rangel, para quien la historia de América Latina era la historia de un fracaso. Un mundo que ha hecho suyos los peores vicios de la decadencia: desprecio por los derechos humanos, desprecio por la justicia, desprecio por la honestidad, desprecio por los tradicionales valores de nuestra cultura. Un mundo que tolera la inmundicia gobernante en Caracas y la semisecular tiranía castrista por solidaridad automática, echando por la borda dos siglos de combates perdidos por la dignidad de la región.

Pero también ha puesto de manifiesto la vitalidad y pujanza del nuevo rostro de América Latina: el que lucha por imponer los valores democráticos, la autonomía intraficable de la sociedad civil, la imperiosa necesidad del emprendimiento y el respeto a las instituciones y al Estado de Derecho para permitir el desarrollo de nuestra economía, la prosperidad, la justicia, la democracia. Un desiderátum expresado mal que bien por Barack Obama, el único defensor de nuestra democracia presente en el evento: “Nuestro interés principal y duradero es una Venezuela próspera, estable, democrática y segura. Que el pueblo venezolano triunfe y prospere”. Fuera de la de Obama, ni una sola palabra a favor de nuestras luchas, pero aplausos a granel para el infame discurso del tirano cubano respaldando su tiranía y la dictadura de su sátrapa, Nicolás Maduro. Despreciado olímpicamente por el gran protagonista del encuentro, Barack Obama.

Fue la otra cara de la moneda, la de la cultura de la superación de nuestros males ancestrales: pobreza, violencia, injusticia, estatismo, caudillaje,  clientelismo, populismo, autocracia. Un rostro alternativo que encuentra su única base de respaldo en el seno de la sociedad civil y apunta al logro de una sociedad liberal y progresista, culta y educada, pacífica y solidaria. Lejos del rencor y el odio alimentados desde los centros de poder de las autocracias totalitarias. Llámense Cuba o Corea del Norte, el Estado Islámico o las potencias emergentes y antiliberales que han sobrevivido al totalitarismo sino soviético.

En medio de ambos rostros, dos factores esenciales que asumen el protagonismo de una controversia existencial: la democracia estadounidense, representada en el presidente demócrata Barack Obama, súbitamente vuelto hacia un patio trasero despreciado hasta hace nada por los sucesivos gobiernos norteamericanos, demasiado seguros del natural poder que ejercía la cultura democrática en nuestra región hasta que proliferaran las amenazas reales y extremas alimentadas por el castrismo en alianza con el chavismo y coordinadas por las izquierdas regionales alineadas en el Foro de Sao Paulo. Una amenaza concreta, real y potencialmente extrema, que abarca desde el narcotráfico y el terrorismo hasta la injerencia potencial del Estado Islámico, así la manipulación de los términos y la alharaca de los amenazantes –que sueñan con un Estados Unidos devastado y abatido por el yihadismo y las fuerzas antinorteamericanas del planeta– obliguen a la retractación nominalista y a la seudorreconciliación de los términos.

El otro factor despierta todas las simpatías de la región pues supone el renacimiento de fuerzas potenciales aparentemente adormecidas tras los embates foristas y el ascenso de las izquierdas castristas en América Latina: la decisión de 25 expresidentes iberoamericanos de coordinar esfuerzos y combatir, superando diferencias, por el establecimiento del Estado de Derecho en la Venezuela ultrajada por el castrochavismo. Que Felipe González y José María Aznar unan sus fuerzas tras el respaldo a los demócratas venezolanos es un hecho de tanto impacto como que lo hagan Alan García y Alejandro Toledo, del Perú; o Ricardo Lagos y Sebastian Piñera, de Chile. Supone una impactante sacudida de las conciencias en quienes presidieron los gobiernos de la región y hoy ven deshacerse sus obras tras el delirio de un continente desnortado tras el populismo autocrático y las promesas edénicas del delirio marxista. Un delirio cuya única verdad luce desgarrada en Venezuela: devastación moral y material como no se la viera desde los tiempos de los ensangrentados conflictos fratricidas del siglo XIX. Que provocaran en el historiador Luis Level de Goda una reflexión de una aterradora actualidad: “Las revoluciones no han producido en Venezuela sino el caudillaje más vulgar, gobiernos personales y de caciques, grandes desórdenes y desafueros, corrupción, y una larga y horrenda tiranía, la ruina moral del país y la degradación de un gran número de venezolanos”. Fue escrito hace 120 años. Podría haber sido escrito ayer, ante la apocalíptica imagen de lo que sucede en Venezuela.

A esa primera jornada de volcánica expresión de madurez y esperanzas, sucedió lo que Rodrigo Pardo anticipara en su editorial de Semana: la desafinada cantata del poder. Si bien, como lo señalan los analistas internacionales, a la defensiva y en retirada ante los nubarrones de inestabilidad y crisis económica que se anuncian en el horizonte inmediato de la región. Un crecimiento reducido a la mitad de los logros del período que culmina, una baja sostenida de los precios del petróleo que amenaza con hacerse endémica, el derrumbe de los sistemas políticos en Brasil, en Argentina, en Chile. Todo ello en el contexto de un dramático freno al desarrollo en China, que alimentara el crecimiento en el período que culmina. Mientras Estados Unidos campea por sus fueros en medio de una prosperidad y seguridad sin precedentes. Bien hizo Obama en recordarlo: el comercio de América Latina con su país se ha duplicado durante su mandato. Mientras Venezuela se halla a las puertas de un cataclismo de impredecibles consecuencias: quiebra final de su aparato productivo y carencia de divisas para importar lo necesario para alimentar a su población. Como lo señalaran algunos observadores, nuestro país se encontraría a las puertas de una crisis humanitaria sin precedentes.

Ha sido una gran oportunidad para convertir un trámite de rigor en una ventana para la exposición de los males que atenazan a nuestro país. Y a nuestro continente. Sabiamente aprovechada por las fuerzas que alientan la lucha por la democracia en Venezuela y América Latina. Entre ellas las de 25 expresidentes de sus repúblicas. Que nadie se llame a engaño: el de Raúl Castro fue un canto de cisne. El de Maduro, el cacareo de una gallina clueca.