• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Cuba, Leopoldo López y la guerra que libramos

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De allí mi consejo a los únicos venezolanos que comprenden el malévolo juego de los Castro y comprenden que el partido que jugamos no es de naturaleza estrictamente política, sino militar –vale decir: de variables mortales de poder y de fuerza contrastadas– : no caer en la celada. Y levantar, de inmediato, las huelgas de hambre y cualquier recurso desesperado. Sin astucia, no se ganan las guerras. Y esta es la más compleja y difícil que hayan vivido los venezolanos de todos los tiempos. 

 

La oposición oficialista venezolana, Washington y el Vaticano cometen un grave error de apreciación al no comprender que el problema venezolano es, para los cubanos, un problema militar, no político. Venezuela es un territorio conquistado y ocupado, el único triunfo de una guerra cruenta y despiadada que lleva 56 años de incesante desarrollo, la joya de una corona desquiciada, no un país vecino entre otros con los que se tienen algunos intereses comunes y con cuyas autoridades se pueda o no se pueda dialogar. Venezuela es la reserva estratégica de supervivencia para una dictadura militar, marxista leninista, totalitaria en guerra oculta o declarada contra el mundo, que no ha cejado un milímetro en su hostilidad existencial con el capitalismo y su máximo representante sobre la tierra, Estados Unidos. Con los que no esperan ceder un milímetro, que no sea el necesario para mantener la cabeza fuera del agua que la ahoga. Cuba es un bastión, y Venezuela su reservorio, su Hinterland, su despensa estratégica. Mazada, Numancia. Exactamente como lo es Corea del Norte para el comunismo asiático: la última frontera.

Quienes conozcan la historia de la tiranía cubana y las artes del dominio y el gobierno de Fidel Castro, saben de qué hablamos: de la tozudez suicida de Fidel Castro, de su odio raigal, visceral e incandescente contra Estados Unidos, de su decisión de no irse de este mundo sin asestarle algún golpe mortal o, por lo menos, hacerle la vida a cuadritos. Sin la apocalíptica y oportuna aparición de Hugo Chávez en su vida, posiblemente las cosas hubieran tomado otro camino. Estúdiense las vidas de Hitler y de Stalin, y se tendrá un parámetro analítico de lo que significan el voluntarismo, el decisionismo, la crueldad, la inescrupulosidad y la inagotable maldad que anida en su pecho. Heredada por su hermano, infinitamente menos talentoso, sigue actuando como norma esencial del comportamiento del gobierno cubano, sus aparatos de seguridad, sus fuerzas armadas.

Quien crea que los añuñúes y las carantoñas de Raúl Castro hacia Barack Obama y SS Francisco significan algo más que una movida de un ajedrez estratégico que aparenta ceder sin ceder un ápice, debiera estudiar las relaciones entre Hitler y Stalin, dos víboras del mismo nidal.  Que en 1939 firmaban una alianza que asombró y conmovió al mundo, para que dos años después libraran los más sangrientos y devastadores combates de que tenga memoria la humanidad. Raúl Castro domina un terreno, cuyos pedazos intrascendentes puede negociar a voluntad: relaciones consulares, liberalización hacia esa inmensa y poderosa colonia cubana en el exilio. Quien crea que irá más allá de eso y permitirá así sea un mínimo asomo de vida democrática en la isla, se morirá sentado. Quienes crean que soltará a la Venezuela petrolera de sus garras, no saben con quién tratan. 

Ahora bien: en esa satrapía recibida de regalo por la monstruosa, insólita y ominosa traición de las fuerzas armadas venezolanas manejadas por un híbrido de Hitler y Stalin en alpargatas, como Hugo Chávez, se ha impuesto un comportamiento clásico de los hábitos represivos cubanos. Imponerse por el fraude, el engaño y la violencia. Asesinar para sofrenar la rebeldía de sus ciudadanos. Y encarcelar sin ningún motivo judicial y policialmente válido a los líderes opositores dispuestos a jugarse sus vidas por desalojarlos del poder. ¿No es Huber Matos suficiente prueba de lo que hablamos?

Mientras la oposición, Washington y el Vaticano no lo comprendan, Venezuela seguirá siendo la retaguardia de Cuba, el depósito de su supervivencia, el granero con que alimentar a sus esclavos y el petróleo con qué mantenerse a flote. Y si en Auschwitz se podía jugar al fútbol, en Venezuela se seguirá votando. Cuando y cómo ellos lo quieran y lo impongan. Por eso, echarse un pulso con ellos poniendo la propia vida en la apuesta es un gesto trágico, heroico y admirable, pero inútil. De allí mi consejo a los únicos venezolanos que comprenden el malévolo juego de los Castro y comprenden que el partido que jugamos no es de naturaleza política, sino militar –vale decir: de variables mortales de poder y de fuerza contrastadas–: no caer en la celada. Y levantar, de inmediato, las huelgas de hambre. Sin astucia, no se ganan las guerras. Y esta es la más compleja y difícil que hayan vivido los venezolanos de todos los tiempos.