• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Chile, Michelle Bachelet y el lucro

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Adiós la digna pobreza del pasado. Chile no resultó ser más que otro país latinoamericano. Ninguna excepción a la regla.

 

Ningún motivo para la alarma: 11 millones de dólares constituyen un monto ínfimo, minúsculo, incluso ridículo para los parámetros de las cantidades que maneja la izquierda socialista que detenta el poder en Venezuela. A partir de su asalto por la camarilla militar en conjunción con el golpismo civil, las cifras constitutivas de asombro, por no hablar de delito, sufrieron lo que los filósofos franceses dieron en llamar “une coupure epistemologique”: una ruptura epistemológica.

En la inmediata prehistoria del chavismo y como parte de su estrategia desestabilizadora, un presidente socialdemócrata electo con una aplastante mayoría de sufragios fue ultimado políticamente, destituido, encarcelado, escarnecido y empujado al destierro, la soledad y la muerte, siendo expulsado de su partido y apartado de la clase política venezolana como si hubiera sido un leproso, por haber dispuesto del uso de 17 millones de dólares de la llamada Partida Secreta –de la que podía hacer uso discrecional sin tener que rendirle cuentas a nadie, pues se trataba de fondos para operaciones secretas– que fueron enviadas a la recién electa presidenta de Nicaragua Violeta Chamarro con el fin de financiar el montaje de su aparato de seguridad. Nada sorprendente: el mismo presidente, junto a uno de sus colegas socialcristianos, había respaldado financieramente al afamado Comandante Cero en su lucha contra la tiranía de Somoza. ¿Si se habían entregado fondos de las partidas secretas para tumbar a Somoza, por qué no habría de hacerlo CAP para impedir que tumbaran a la primera presidenta democrática del atribulado país centroamericano?

Ni modo: la ruptura epistemológica exigía sacarlo como a un perro, para pavimentarle el acceso al poder a un teniente coronel golpista, que acababa de ser puesto en libertad por la presión del efecto de esa ruptura epistemológica en las masas venezolanas. Y tan grave, tan colosal y profundo ha sido el giro copernicano sufrido por la Venezuela bajo el régimen autocrático, que el mundo se acaba de enterar de que un teniente, que fuera alumno del mentado comandante, un pobre infeliz que ocupó el puesto 144 de una promoción de 226 cadetes bajo la férula de su instructor, precisamente nuestro “comandante eterno”, era el titular de una cuenta por ¡11.900 millones de dólares! en la sucursal suiza del HSBC, banco londinense en que Venezuela ocupa el tercer lugar en orden de importancia por el monto de sus depósitos luego de suizos e ingleses.

11 millones de dólares no es nada, con perdón de las magnitudes. Desde hace unos meses algunos funcionarios caídos en desgracia ante el heredero Nicolás Maduro, hombre de los Castro en Caracas, como el economista y ex ministro de Planificación Jorge Giordani, se quejan por la desaparición sin dejar rastros ni preocupar en lo más mínimo al señor Maduro y sus esbirros de nada más y nada menos que ¡30.000 millones de dólares! del Banco Central de Venezuela. Posiblemente sean incalculables los montos atribuidos al presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. Al propio Cabello se le adjudica una cuantiosa fortuna, ante cuyos montos 11 millones de dólares son lo que en buen romance llámase “un pelo de la cola”. Hablamos de cifras en dólares de  9 ceros.

La lista es cuantiosa y entre los multimillonarios en dólares figuran viejos y famosos personajes perfectamente conocidos por la izquierda chilena, como José Vicente Rangel, su chilena esposa y sus hijos. Banqueros, aseguradores, financistas se han hecho de fortunas dignas de las Mil y Una Noches en una década partiendo prácticamente de cero y desde el fondo de las barriadas marginales. Con una característica peculiar a todos: sus fortunas han sido creadas en un lapso no mayor de los diez años. Las pandillas de delincuentes de los que hablamos se han hecho ricos literalmente de la noche a la mañana. No son el resultado del trabajo y el esfuerzo de generaciones o la imaginación y el talento explosivo de un Steve Job o un Bill Gates, sino del privilegio de poder meter mano en los fondos públicos. Impunemente, en despoblado y con alevosía. Como debiera ser sabido, el régimen instaurado por Hugo Chávez ha estado absolutamente centralizado bajo la férula del autócrata, sin control ni observación de institución alguna y ha podido disponer de esos montos estratosféricos como le ha dado su real gana. Una desaforada dictadura que ha contado con el beneplácito de todos los gobiernos de la región, la OEA del doctor Insulza y, desde luego, el Chile de la Concertación y los gobiernos de doña Michelle Bachelet incluidos. No se hable de comunistas, socialistas y miristas chilenos, también acogidos a la cofradía del oro negro.

No se trata, sin embargo, del seudolegal y muy dudoso expediente del lucro del que ha hecho gala la esposa del hijo de la presidenta Michelle Bachelet, una mujer que si no fuera la nuera de la señora más poderosa del país no tendría, literalmente, dónde caerse muerta que no fuera en las modestas condiciones en que debe haber nacido y bajo las cuales habrá sido criada. ¿O es que hablamos de una familia poderosa? Ni el general Bachelet, ni la señora Jeria ni muchísimo menos la doctora Bachelet han sido gentes de fortuna. No solo han sido gentes modestas de decente pasar. Más aún: ese atributo de modestia ha constituido uno de los puntos sobresalientes de su currículo. Eran los escasos sobrevivientes del Chile de la pobreza del que tan orgullosos nos sintiéramos. Gentes que antes de meter mano en la promiscuidad del dinero y pasearse en un convertible se cortaban la mano.

Para decirlo de frente: aparecerse a un día de la victoria electoral de su madre ante el dueño del Banco de Chile para obtener por gracia divina y exhibiendo informaciones confidenciales un préstamo por 11 millones de dólares sin otro objetivo que comprar unos terrenos ya prevendidos con una ganancia mínima de 4 millones de dólares es un crimen de lesa moralidad. Podrá ceñirse a todas las normas legales: es una maniobra no solo lucrativa, sino turbia, abusiva, pecaminosa, inmoral. No me imagino a don Elías Laferte, a don Clotario Blest, a don Aniceto Rodríguez ni muchísimo menos a don Salvador Allende y al mismo padre de doña Michelle, el estricto y austero general Bachelet, moviéndose entre tiburones de la banca y los negocios para embucharse una fortuna que un obrero chileno no logrará acumular ni que todos sus descendientes en varias generaciones se ofrendan a la esclavitud. Y eso que del cuento no sabemos la mitad.

Adiós la digna pobreza del pasado. Chile no resultó ser más que otro país latinoamericano. Ninguna excepción a la regla.

@sangarccs