• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Al Che, in memoriam

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Hoy se cumplen 47 años del día en que Ernesto Guevara Lynch, que entrara a la historia con el remoquete de “el Che” con que lo distinguieran Fidel y los rebeldes cubanos del Granma a los que se sumara en Ciudad de México, cayera ametrallado por una ráfaga disparada por un sargento de las fuerzas anti insurgencia o boinas verdes del ejército boliviano. Un suceso que conmovió al mundo, convirtiéndose en leyenda digna de las sagas del rey Arturo y el anillo de los Nibelungos. El Robin Hood del enfrentamiento desigual entre el Tercer Mundo y los omnipoderes de la globalización caía en su ley y sus despojos daban la vuelta al planeta en brazos de los imperios mediáticos del Siglo XX inmortalizado en una imagen con inocultables semejanzas al cristo yaciente de Andrea Mantegna. El misterio de la mortaja de Cristo resucitaba en un modelo humana e ideológicamente comparable: crucificado por la CIA y las fuerzas del Imperio Romano de la nueva era, reposando sobre una artesa de una lavandería de un poblado, La Higuera, en Vallegrande, en lo más profundo de la inhóspita y deshabitada selva boliviana.

Al tremendo impacto que causara la noticia por razones obvias – el Che había desaparecido del mapa cubano tragado por el tsunami revolucionario, tras el fulgor del napalm y los inclementes bombardeos al Vietcong, acompañando a la insurrección universal de los movimientos estudiantiles y universitarios que sacudieran la segunda mitad de los años sesenta sin que nadie tuviera la más mínima idea del lugar en que se encontraba preparando la escenografía para la próxima revolución triunfante. Que se encontraba en Bolivia sólo lo sabía Fidel Castro, sumido en las cavilaciones que le causara el incómodo, irreflexivo, voluntarioso y controversial personaje con el que no sabía qué hacer, detestado por la nomenklatura soviética, al que los comunistas venezolanos le habían negado un puesto en sus filas y quien finalmente había decidido por su cuenta ir a demostrar en Bolivia, el corazón del continente, la justeza de sus teorías –un puñado de hombres decididos y corajudos podían poner en jaque al estado burgués y asaltar el Poder, como lo hicieran en Cuba– convertidas en un libro best seller escrito por un joven de la burguesía francesa convertido al marxismo llamado Regis Debray: La revolución en la revolución.

Hay sucesos que calzan como un guante con los deseos, aspiraciones y anhelos de la imaginación popular. Los años sesenta fueron los años en que dichos anhelos fueron satisfechos a cabalidad por los movimientos revolucionarios del Tercer Mundo, Vietnam, la revolución cultural china, el parisino Mayo Francés, el movimiento pacifista en Estados Unidos, Fidel Castro y la revolución cubana. Una auténtica leyenda, hábilmente instrumentada por uno de los mayores genios de la manipulación de masas, como Fidel Castro. Un genio que combinaba la fría y maquiavélica sabiduría de un Lenin con la delirante imaginación de un García Márquez. La verdad de hechos y personajes de la Sierra Maestra – un episodio ridículo, minúsculo y bananero en comparación con la guerra de Indochina o los combates de las guerrillas de la segunda Guerra Mundial – sirvió para mantener encendida la calenturienta expectativa de heroísmo en una juventud aburrida y hartada de consumismo posindustrial.

Los tristes y desangelados juegos bélicos de la docena de zarrapastrosos combatiendo con la nada, jugando a la guerrilla en el vacío, abandonados a su suerte e incapaces de protagonizar un solo hecho de guerra mínimamente honorable rompieron la dura coraza de los hechos para convertirse en un mito. Los Beatles y Bob Dylan encontraron un pendant: el guerrillero heroico.

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Se entiende. Para Fidel, astuto, ambicioso, sediento de gloria, sanguinario y artero, Bolivia era un perro muerto.  El perfecto escenario para entretener al Che Guevara, - idealista, porfiado, romántico, extremista, fanático y ya definitivamente poseído por el caníbal apetito de la pólvora, el homicidio y la muerte -,  y mantenerlo ocupado en sus juegos de guerra. El principal y verdadero objetivo, la joya de la corona que aspiraba a calzarse apoderándose de todo un continente, pues le daría los medios para corromper gobiernos, comprar partidos y alebrestar a la pobresía, era Venezuela. Bolivia era un apartadero. Venezuela, las minas del Rey Salomón. El Dorado, el reino del oro negro, un archipiélago nadando en un océano de petróleo. La palanca energética que movía al universo.

Su fijación con Venezuela era de vieja data y los hechos lo reafirmaban en la corrección de sus afanes estratégicos. El pueblo venezolano acababa de dar prueba de su inmenso poderío revolucionario, había tumbado una dictadura diez veces más sólida y poderosa que la corrompida tiranía batistiana, a la que un soplido y un puñado de dólares bastara para barrer de la isla, poseía partidos de extracción popular, marxistas e incluso leninistas, contaba con unas fuerzas armadas de extracción popular fácilmente penetrables y se hallaba en una fase pos revolucionaria perfectamente dominable por una élite de combatientes acerados, voluntariosos y decididos a combatir por el Poder. Para la dirigencia cubana, venir a Venezuela a repetir la hazaña de la Sierra Maestra era un paseo de campanillas y un boleto seguro a entrar en los grandes fastos de la historia revolucionaria.

Fidel creyó posible intentar primero la vía diplomática y forjar una alianza revolucionaria y antiimperialista con su principal líder, recién electo presidente de la República y jefe de un partido de extracción popular que dominaba sobre campos y ciudades con una militancia acerada en el combate contra la dictadura: Rómulo Betancourt. Para su gigantesca sorpresa, él, el nuevo Mesías del Tercer Mundo, adorado en todos los confines de la tierra, recibido en medio de resonantes aclamaciones por el pueblo venezolano, a su cabeza el movimiento universitario y estudiantil e incluso por la élite política de la Nación – confiesa Simón Alberto Consalvi que la dirigencia política de AD con él a la cabeza, acompañados por los miembros de la Junta Patriótica y el almirante Larrazábal, su presidente y personaje más popular de la Nación, se derretían por Fidel Castro – al acercarse al recién electo primer presidente democrático de Venezuela se dio con un portazo en las narices. Tras una larguísima discusión que se extendió por casi cinco horas, sostenida en una casa en Prados del Este, ante la presencia del mismo Simón Alberto Consalvi y el historiador y expresidente Ramón Jota Velásquez, le negó todo respaldo político, rechazó sus propuestas de alianza y le aseguró que podría contar con todo el petróleo venezolano que necesitara con una sola condición: pagando religiosamente a precios del mercado.

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La traición de la mejor dirigencia de la juventud de AD a Rómulo Betancourt y su partido, optando por formar tienda aparte – el MIR -, negándose a seguir la vía democrática y apuntándose a la lucha armada tras el espejismo de la revolución cubana, por una parte, y la decisión del Partido Comunista y sus escisiones por seguir el mismo camino, lanzándose a la aventura de la guerra de guerrillas y la lucha armada, por la otra, abrieron una grave fisura en el proceso de democratización empeñada por la dirigencia de los partidos democráticos permitiendo la profunda ruptura creada por la guerra de guerrillas durante los años sesenta y la intromisión directa, coronada con la invasión, de Fidel Castro, la Secretaría América y sus mercenarios cubanos en territorio nacional.

Los desembarcos en junio del 66 y abril del 67 de comandos cubano venezolanos por Falcón y Miranda – mientras el Che se adentraba en solitario y sin ningún respaldo político o militar por las deshabitadas sierras bolivianas - supusieron la verdadera estrategia de Fidel Castro para expandir la revolución continental. Fueron precedidos por largos procesos de entrenamiento iniciados en 1962 y 1963 en centros de adiestramiento guerrillero en territorio cubano, personalmente dirigidos y supervisados por el propio Fidel Castro. Tanta fue la importancia geoestratégica que le concedió Castro a la primera de dichas expediciones, en las que participara un solo venezolano, Luben Petkoff, que además de montar su jefatura en un vehículo especialmente capacitado para dirigir desde allí sus funciones de Jefe de Estado, dedicando meses de su comandancia a dirigir diaria y personalmente los preparativos y ejercicios de desembarco y combate, que puso el comando bajo la jefatura de quien llegaría a ser posteriormente el héroe de Ogadén y el más glorioso y afamado de sus generales, Arnaldo Ochoa Sánchez. Mientras la segunda, conocida como el desembarco de Machurucuto, estuvo bajo la presencia del general de división Ulises Rosales del Toro, héroe de Cuba, máximo jefe de su Estado Mayor, miembro del CC del PCC y hasta Ministro de azúcar, junto a Tomás Menéndez “Tomassevich”, jefe de la guerra contra las guerrillas de Escambray, asimismo general de división y “héroe de la república de Cuba”. Por Venezuela, Moisés Moleiro, Américo Silva y Héctor Pérez Marcano.

La aplastante derrota de las guerrillas venezolanas y el fracaso de la invasión cubana, debidas ambas al comportamiento patriótico de pueblo y ejército venezolanos, no calzaban en los anhelos del delirio revolucionario de los sesenta. Para la juventud contestaría que amaba al tío Hoh y veneraba al abuelo Mao Tse Tung y al épico Fidel Castro, la democracia era otro perro muerto. De modo que la patética y lamentable aventura del castrismo en Bolivia, los hechos de las escaramuzas y miserias del grupo del Che, adobadas en tétricos aditamentos como la amputación de sus manos, el entierro en sitio desconocido, la venta de su diario a ávidos editores de la extrema izquierda europea – Feltrinelli - y la universalización de la memorable foto de Alberto Korda coparon los titulares de la opinión pública mundial. E ilustraron las franelas de millones y millones de jóvenes y muchachas ansiosas de demostrar su talante contestatario. Un look, una moda.

Desde entonces se conmemora la muerte del Che Guevara como un suceso de la mayor trascendencia universal. De Rómulo Betancourt sólo saben algunos hispanistas avisados. Son los caprichos de la historia.