• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

El Chavo del Ocho

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Enrique Krauze, presidente de México. Un sueño imposible, como lo fue el de Vargas Llosa presidiendo el Perú, derrotado por Alberto Fujimori. Un caso emblemático que lo dice todo: el chino en la cárcel, como debieran estarlo varios presidentes de América Latina, incluido, naturalmente, el de mi patria venezolana; el indiano ilustrado, Nobel de Literatura. Pobre los países de los chavos del ocho. Gobernados por su matonaje.

 

A @enriquekrauze

 

Como las historias que transcurren en las del Chavo del Ocho, mi infancia transcurrió en lo que en Chile corresponde a esa particular forma de construcción latinoamericana, seguramente de origen hispano que es la casa de vecindad. Solo que bajo la influencia francesa del giro del siglo se le llamó, pomposamente: “cité”. Un patio central largo y rectangular abierto a la calle, flanqueado por pequeñas viviendas de modesta condición: “Edificación de uno o dos pisos provista de un patio interior y varias habitaciones independientes, habitadas por un conjunto de familias o personas” – dice el Diccionario de Uso del Español de Chile, de la Academia Chilena de la Lengua. “Conjunto de viviendas que comparten un patio interior en forma de pasaje”, describe como privativo del lenguaje chileno el Diccionario de Americanismos, de la Asociación de Academias de la Lengua Española. De hecho, una ingeniosa manera de resolver el problema habitacional a fines del XIX y comienzos de los XX en pequeños espacios, cuya principal virtud consiste en la preservación del espíritu comunitario bajo condiciones relativamente acomodadas. No como el conventillo, su antecesor directo, más un hacinamiento marginalizado bajo condiciones de extrema pobreza que una agrupación comunitaria de clase media baja.

Dice el mismo Diccionario de Americanismos, atribuyendo el uso del término a Bolivia, Ecuador, Perú, Chile, Paraguay, Argentina y Uruguay, aunque ya obsoleto, que el conventillo es una “casa antigua, en general con un gran patio interior, cuyas habitaciones se alquilan a numerosas familias que comparten el baño y la cocina”. De allí la natural derivación del término al “ambiente laboral  o social en que son frecuentes los chismes y habladurías” y su aplicación al menosprecio del conventilleo al que son proclives las gentes de baja condición que los habitan: el conventillear propio de los “conventilleros”. De modo que si el barrio es la agrupación territorial de la pobresía de mediana o baja condición, hasta entrado el siglo XX agrupados en torno “al centro”, el midtown de los americanos, origen celular de la ciudad hispanoamericana desarrollada a partir de la Plaza Mayor en que se concentraban las instituciones de la administración pública y los mejores comercios y oficinas de la ciudad, núcleo de la vida urbana, el cité fue el corazón del barrio. La casa de vecindad o el conventillo sus últimas fronteras. Culpa del desarrollo del subdesarrollo, la marginalización del “centro”, o casco histórico, convertido en conventillo. Como en Caracas. Y la aparición de los centros comerciales de la periferia, que los desplazan.

Si bien solo quienes hayan vivido la experiencia existencial del barrio en su forma básica y primigenia pueden compartir a cabalidad vida y milagros del Chavo del Ocho y los avatares de su vecindario, Roberto Gómez Bolaños tuvo la genialidad de darle forma a comportamientos, gestos, expresiones y giros del lenguaje universalizando la narración de esa experiencia estrictamente azteca, plena de sentido para los mexicanos, no solo a toda Hispanoamérica, sino, me atrevería a decir, al Tercer Mundo. Y no solo a los niños de la misma edad y condición del Chavo, Kiko y la Chilindrina, sino a todos los niños del mundo. Sin importar razas ni clases sociales. E incluso al de sus padres. He visto las retransmisiones de sus maravillosos programas en Brasil y en España y bien se lo hubiera podido ver en China, en Ucrania o en Arabia Saudita. Los niños de nuestros barrios marginales son todos, chavos del ocho.

Algo cervantino se expresaba en el mundo sanchesco de Gómez Bolaños. La inmensa ternura que despertaba el Chavo en su total indigencia, en su pobre humanidad llena de dulce ingenuidad, su casa en un tonel, su torpe asombro ante la dureza de su mundo, ante la fortaleza e ingenio con que salía de sus meteduras de pata, como don Sancho Panza. Humanidad proverbial como la hay, asimismo, en Don Ramón y Doña Florinda. Y en la madurez de su contrafigura femenina, la sabia y graciosa Chilindrina, hecha mujer último sostén de la pobreza tercermundista. Por eso entiendo la fascinación del hijo de mi querido amigo Enrique Krauze, practicante de la solidaridad con los menesterosos de esta tierra, al que según su padre no había manera de despegar del televisor a la hora del Chavo. Como a los míos. Pero entiendo la recomendación del Gómez Bolaño de la realidad mexicana, esta de asesinatos, guerras de pandillas, bandas de narcotraficantes y políticos y policías corrompidos hasta la médula que rechazaba en bloque junto a todos sus partidos cuando pidió por su cuenta de Twitter recién abierta un presidente como Enrique Krauze.

Enrique Krauze, el gran intelectual, presidente de México. Un sueño imposible, como lo fue el de Vargas Llosa presidiendo el Perú, derrotado por Alberto Fujimori. Un caso emblemático que lo dice todo: el chino en la cárcel, como debieran estarlo varios presidentes de América Latina, incluido, naturalmente, el de mi patria venezolana; el indiano ilustrado, Nobel de Literatura. Pobre los países de los chavos del ocho. Gobernados por su matonaje.