• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Chávez y la claudicación de las izquierdas latinoamericanas

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Bastaron pocos años y un chorro aparentemente inagotable de recursos, para que las objeciones de mis amigos de la izquierda chilena desaparecieran como por encanto. Si el objetivo es la toma del poder y las instrucciones provienen de La Habana, poco importan los principios, los medios ni las razones. La izquierda, fiel a sus viejos anhelos mesiánicos, corrió al encuentro de la traición, poco importaron los viejos compromisos, la ideología, el agradecimiento. El sino de la porfía y el fracaso de las izquierdas: ese parece ser nuestro destino. The rest is silence.

 

 

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Con objeto de dar a conocer la visión de la oposición democrática venezolana respecto de la vocación autocrática del chavismo, del que estábamos convencidos conduciría a la entronización de un régimen dictatorial de naturaleza neofascista, caudillesco y militarista, y la subsecuente devastación de nuestro país, viajamos a Santiago a mediados del 2003 para solicitar el respaldo de las fuerzas políticas chilenas de izquierda a nuestro proyectado proceso revocatorio. Teníamos razones de peso: las mejores conciencias de la izquierda venezolana, incluso las de sus próceres testamentarios como Pompeyo Márquez, Américo Martín y Teodoro Petkoff, entre muchos otros y entre los cuales por entonces aún me encontraba, formaban parte de la oposición al chavismo. Aún conscientes de la profunda afinidad del castrismo con el fascismo de raíz hitleriana, plebiscitario y antiliberal, confiábamos en la madurez de las fuerzas democráticas chilenas de raigambre socialista y de izquierdas y teníamos la esperanza de que las trágicas consecuencias del fracaso del proyecto allendista hubiera llevado a las fuerzas socialistas chilenas a comprender y fortalecer su indeclinable voluntad democrática. ¿Cómo una izquierda acorralada por diecisiete años de dictadura militar, con su cortejo de muerte, sufrimiento y desolación,  habría de respaldar a quien, salido de un sangriento golpe de Estado, representaba, en rigor, esos mismos principios antidemocráticos, así se travistiera de socialismo gracias al respaldo interesado del castrismo cubano, tampoco inocente del poderoso influjo del nazismo hitleriano sobre la figura y la práctica de Fidel Castro?

Sergio Bitar, líder indiscutible del Partido Por la Democracia, una nueva organización de izquierdas, liberal progresista y a la sazón una de las figuras presidenciables de la Concertación chilena, a quien nos unía una vieja amistad y quien era consciente de la deuda de gratitud que mantenía con los gobiernos democráticos de Venezuela, en donde se asilara en los duros años de la dictadura pinochetista, reafirmó todas nuestras dudas y sospechas al contarnos que Fernando Henrique Cardoso, que ya iba de salida de su gobierno, lo había prevenido respecto del talante fascista del teniente coronel venezolano: “Hay que tener mucho cuidado con Chávez –nos contó que acababa de decirles a él y a un grupo de demócratas latinoamericanos de izquierda–, pues el nuevo presidente venezolano es un fascista redomado”. Exactamente en los mismo términos se refirió a Chávez mi viejo amigo y ex compañero de militancia en el MIR chileno, Carlos Ominami, padre de Marco Enríquez-Ominami, presidenciable de la izquierda radical chilena, cuando me aseguró: “A mí ese tal Chávez no me gusta nada”.

Si incluso Hebe Bonafini, la superabuela de la Plaza de Mayo, en una breve visita a Venezuela se distanciaría de Hugo Chávez, en quien veía, con absoluta razón, los típicos rasgos dictatoriales del militarismo latinoamericano, ¿por qué no mantener firmes esperanzas en la indeclinable actitud civilista y democrática de rechazo de las izquierdas hemisféricas ante esta extraña aparición contra natura de un golpista caudillesco, megalómano, reaccionario y neofascista, así se travistiera con el ropaje del llamado socialismo del siglo XXI y alzara las enseñas de Simón Bolívar?

 

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Lo cierto es que éramos absolutamente inconscientes, en primer lugar, del proyecto castrocomunista que alimentaba las colosales ambiciones de Poder y dominio universal del joven golpista venezolano, sólo realizables a la vera de Fidel Castro, su padre putativo; y que ni siquiera imaginábamos que Chávez ya formaba parte del proyecto injerencista parido por la llamada “nueva izquierda” latinoamericana de la mano de Fidel Castro y Lula da Silva a través del llamado Foro de Sao Paulo. Contrariamente a lo que podían opinar Fernando Henrique Cardozo o las mejores conciencias socialdemocráticas de la región, Chávez era el as bajo la manga de las izquierdas marxistas latinoamericanas. Del PS chileno y el peronismo argentino a las FARC y el ELN colombianos. Que a pesar del ingente esfuerzo de Felipe González, también trasminaba a los socialistas españoles. Como acaba de reafirmarlo el ex presidente Rodríguez Zapatero, cortesano castrista en predios de la oposición venezolana y fiel amanuense de los intereses de Cuba, vale decir, de Maduro,  en nuestra región. 

En suma: Chávez era indisoluble del castrocomunismo cubano. Al que servía y del que tampoco parecían dispuestos a distanciarse las restantes izquierdas  latinoamericanas, desde la chilena Michelle Bachelet al dominicano Leonel Fernández y del panameño Martín Torrijos al argentino Néstor  Kirchner. Incluso las españolas, como lo demuestran el mismo Zapatero, Pablo Iglesias y los líderes de Izquierda Unida. Para no mencionar a trovadores, cantantes y artistas españoles, todos alineados con la izquierda castrochavista del subcontinente. Así, la década pasada llevaría a su máxima expansión a la izquierda castroforista en América Latina: de los gobiernos de Lula da Silva al de Dilma Rousseff en Brasil, de Néstor a Cristina Kirchner en Argentina, de Michelle Bachelet en Chile, de Evo Morales, Rafael Correa y Pepe Mujica en Bolivia, Ecuador y Uruguay. Y así, sucesivamente. La vieja izquierda, marxista o social democrática pero de talante liberal, parlamentarista y democrática, como la conocíamos de la vieja Venezuela, había desaparecido del mapa. 

Bastaron pocos años y un chorro aparentemente inagotable de recursos, así como las estratégicas ordenanzas de Fidel y Raúl Castro con el fin de retomar sus afanes injerencistas, para que las objeciones de mis amigos chilenos de izquierda desaparecieran como por encanto. Como diría Francisco de Quevedo, “poderoso caballero es Don Dinero”. Se unieron, en el plano político ideológico, como bien dice el refranero: “El hambre con las ganas de comer”. Si el objetivo era la toma del poder, poco importaban los medios ni las razones. La izquierda marxista latinoamericana, hoy puesta en desbandada por sus propios desafueros,  sigue empeñada en el mismo proyecto, como si la caída del Muro hubiera sido una ilusión óptica. La revolución proletaria, después de la implosión de la URSS y el fracaso bolchevique, en América Latina sigue sangrando por la herida. Como diría Teodoro Petkoff: Es borbónica, no aprende. 

 

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La izquierda democrática corrió al encuentro de la traición, poco importaron los viejos compromisos, la ideología, el agradecimiento por los favores prestados por la democracia venezolana al sostén y sobrevivencia de las izquierdas marxistas acosadas por el pinochetismo.  Ya fueran social democráticas o marxistas leninistas, castristas o allendistas. Sergio Bitar, Carlos Ominami y todos mis congéneres de la vieja izquierda afirmarían sin mayores pruritos morales –el viejo mal de la llamada realpolitik de nuestros asesores– que por mucha razón que tuviéramos los demócratas venezolanos, era un grave error político enfrentarse a Hugo Chávez. Absolutamente fiel a esa consigna, el socialista chileno José Miguel Insulza pondría la OEA al servicio del castrochavismo e incluso agotaría sus recursos para conseguir su máximo aspiración histórica: el regreso en gloria y majestad del castrismo cubano a la OEA. No montado en su furgón de cola, sino maniobrando en comandita con el trotskismo del PT brasileño su nueva locomotora paulista. Si no consiguió su máxima aspiración no se debió ni a la oposición del Departamento de Estado, que asiste feliz al parto contra natura de una alianza Washington-La Habana, ni a Jorge Bergoglio, el papa Francisco, que confiesa no hacerle asco a las izquierdas, sino a las derechas, ni a la de los gobiernos democráticos latinoamericanos: se debió al profundo desprecio que Fidel Castro sigue manteniendo por un foro del que fuera apartado por el venezolano Rómulo Betancourt en 1962. Y del que espera terminar por vengarse arrasando, en el sentido más hitleriano imaginable, con el país que el golpista venezolano le entregara, como Salomé a su madre la cabeza de Juan el bautista, en una bandeja de plata.

Al margen de la profunda crisis humanitaria y el descalabro institucional en que desembocara el socialismo del siglo XXI en Venezuela y la lenta comprensión de la región respecto de los desastres causados por el castrochavismo forista, la irrupción de las fuerzas neoliberales de la centro derecha en Brasil, en Argentina, en Perú y muy probablemente en Chile, nada indica que ese sustrato populista, caudillesco, socializante y estatólatra que comienza a hacer mutis del inmediato protagonismo continental vaya a ceder, ni en el corto ni en el mediano plazo, el control sobre la hegemonía político ideológica, cultural e histórica, dominante en la región. Ni siquiera en Venezuela, su principal víctima, pues esa hegemonía estatólatra y socializante trasmina todos los estratos de la política venezolana, de Henrique Capriles a Leopoldo López y de Henry Ramos Allup a Julio Borges. Se halla profundamente afincada en los genes de sus instituciones, de sus fuerzas armadas, de sus academias, de sus iglesias. Desde los tiempos de Hernán Cortés y los doce franciscanos de la fama. El Estado, todo del Estado, todo para el Estado, todo por el Estado. 

El sino de la porfía y el fracaso de las izquierdas: ese parece ser nuestro destino. The rest is silence.