• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

¿Chávez sí, Maduro no?

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Inolvidable el encuentro entre Francisco Arias Cárdenas, entonces líder indiscutido y candidato presidencial del partido Unión, recientemente fundado por Teodoro Petkoff, y Claudio Fermín, todavía líder de Acción Democrática y candidato presidencial por ese importante sector de la oposición a Hugo Chávez. Corría el año 2000. Frustrados por la tajante negativa de Teodoro a asumir él una candidatura que se sabía condenada a la derrota, pero que lo dejaría en solitario al frente de la creciente oposición al caudillo, se abrían esas otras dos candidaturas, que fueron las que finalmente se presentaran y fueran aplastantemente derrotadas por Hugo Chávez el 30 de julio del 2000, por entonces en la cresta de su popularidad.

Nuestra intención al invitarlos a cenar en nuestra casa era la de ver manera de unir todos los esfuerzos opositores, urgidos por la evidencia de la deriva dictatorial que el régimen estaba condenado a seguir y hondamente preocupados por la dispersión de una oposición absolutamente desorientada: Chávez jamás fue un demócrata y consciente o inconscientemente estaba siguiendo exactamente los pasos de su idolatrado padre putativo, Fidel Castro, iluminado a su vez en hechos, ideas y acciones por el suyo, Adolf Hitler. La indetenible marcha hacia la dictadura era tan evidente, que asombraba la absoluta ingenuidad e ignorancia con las que esta suerte de flautista de Hamelin llevaba al abismo a las inconscientes mayorías nacionales.

Las estaciones del via crucis hitleriano copiado a la letra por Fidel Castro y Hugo Chávez eran, en primer lugar, asomar la cabeza en el escenario político con un fracasado golpe de Estado, convirtiendo el resonante fracaso militar en una esplendorosa victoria política, reconocerse culpable encontrando el aplauso generalizado de la complicidad nacional, ir preso y ser amnistiado por un establecimiento irresponsable y alcahuete, enfrentar electoralmente a una clase política hundida en su decadencia y asaltar el poder en gloria y majestad con la complicidad del Estado. Sólo un ciego podía no advertirlo, mientras se le otorgaban los plenos poderes de una Constituyente al servicio del asalto al Poder total. El problema es que la ceguera se había apoderado de Venezuela.

Ni Petkoff, ni Claudio Fermín ni muchísimo menos Francisco Arias Cárdenas estaban ciegos. Sabían perfectamente el cataclismo al que nos enfrentábamos. Si en un juego adivinatorio hubieran dado su opinión de lo que le sucedería al país si “el proceso” no era detenido a tiempo, todos los contertulios hubieran dibujado la debacle espantosa y generalizada que hoy, 16 años después de aquel encuentro, estamos viviendo. Una nación espiritualmente devastada y materialmente en ruinas. Si bien ninguno de ellos creía seria y sinceramente, que ese proyecto iría más allá de un mal gobierno de cinco años. Venezuela no era Cuba. Creían ellos.

Además de agradecerles a él y a su esposa la caja de CDs con hermosas gaitas zulianas que Arias Cárdenas le trajera de regalo a Soledad, le preguntamos su opinión sobre Hugo Chávez, ahora que él había cortado aparentemente toda relación con el caudillo. “Es un canalla” – nos respondió sin dudar un segundo. “El Poder cambia a los hombres”, nos dijo, parafraseando a Plutarco. Repitiendo a continuación los términos con que se refiriese a su ex compañero de oficio, de propósitos y de celda en un programa de televisión, en el que dibujara a su ex compañero golpista bajo los trazos más siniestros. Un retrato perfecto, por cierto, que demostraba que la ruptura era existencial e irreparable. Creímos entonces.

 

 

 

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El resto es historia. No fueron cinco ni diez los años transcurridos durante los cuales el poder estuvo absoluta y totalmente dominado, controlado y determinado por Hugo Chávez, como en tiempos de Gómez, pero en peores compañías. En que las mayorías estuvieran como embrujadas por su descomunal carisma y su estrafalaria figura. En que todas las instituciones fueran reordenadas, reestructuradas y sometidas a su omnímoda voluntad. En Venezuela, como se decía durante los tiempos de Gómez, de Pinochet en Chile y de Franco en España, no se movía una hoja sin que no lo supiera el elegido de los dioses. Amo y señor de almas y bienes de la malhadada república bolivariana. Acariciado por una fortuna propia de los caudillos en busca de la grandeza perdida, le cayó en sus manos la más insólita fortuna que jamás le cayera a nadie en Venezuela: no uno, sino varios millones de millones de dólares. Y cuando lo abatió el cáncer y optara por morirse en brazos de Fidel, bajo los cielos de “la isla de la felicidad”, sólo faltaba decidir quién de entre los suyos le pondría la rúbrica final a la catástrofe: si su hermano Adán Chávez, alguna de sus hijas o Diosdado Cabello. Su dependencia existencial, emocional y política con Fidel Castro, por el que sintiera una devoción rayana en la irracionalidad, lo llevó a decidir, en un cónclave secreto con Fidel y Raúl, que el sellador de “su legado” de destrucción, devastación y muerte, sería el único hombre de Fidel en Caracas: Nicolás Maduro.

Seguí ésa, su declaración testamentaria, por cadena nacional de radio y televisión aquel triste 8 de diciembre de 2012 en casa de amigos, acompañado por el Alcalde Metropolitano Antonio Ledezma. Supimos en el acto y sin una sombra de duda que ya estaba al borde de la muerte, que le faltaban pocos días para su fin y que en un gesto propio de un tirano moribundo había sellado la suerte de la revolución dejándola en manos del único hombre en que sus amigos, compañeros y protectores, los Castro Ruz, confiaban totalmente: el aparatschick de la revolución cubana Nicolás Maduro.

¿Cuál fue el cambio de rumbo implementado por el heredero plenipotenciario que amerite considerarlo “un traidor” al legado del gran comandante? ¿Cuál la diferencia sustantiva, que no sea simple producto del espantoso agravamiento de las circunstancias y la brutal caída de popularidad del régimen, que dada la debacle impiden otras salidas que no sean el abandono del legado, la tabula rasa y la urgente transición a la democracia o la porfía en radicalizar lo ya radicalizado por doce años de chavismo hasta llevarlo al Apocalipsis en que lo ha terminado por sumirlo el madurismo? ¿No son y no están detrás de Maduro los mismos que estuvieron detrás de Chávez del principio al fin: Cilia Flores, Diosdado Cabello, Tarek El Aissami, Pedro Carreño, Aristóbulo Istúriz, Jacqueline Farías, Freddy Bernal, Vielma Mora, Jorge Arreaza, Jorge Rodríguez, Tarek William Saab, Tania Díaz, Mario Silva, José Vicente Rangel, el PSUV en pleno, la bancada presidida por Héctor Rodríguez y defendida a través de los medios oficialistas por los mismos mercenarios de la pluma y el teclado, sin olvidar a Ruperti y los Boliburgueses y Andrade y los Bolichicos?

Ciertamente: ante el horror no faltan los chavistas que disienten, pero del madurismo, última y degradada forma del chavismo. No de un supuesto chavismo originario, que nadie, salvo ellos, los conjurados del Samán de Güere,  conoce. Pues ¿qué habría hecho Chávez ante la debacle de los precios del petróleo, el derrumbe de las finanzas nacionales, el escandaloso desabastecimiento y la brutal inflación, el desborde de la criminalidad – ya en pleno curso y vía libre desde los comienzos mismos del gobierno de Hugo Chávez -  y el giro hacia el liberalismo que se ha impuesto en Argentina y Brasil? ¿Llamar al reencuentro nacional para superar la crisis que él engendrara con sus garrafales errores de gestión y su cósmica irresponsabilidad,  o radicalizar las posturas abriendo la caja de Pandora de una guerra civil? Me temo muy seriamente que hubiera optado por esta última y criminal opción, como lo hiciera Hitler y parece dispuesto a hacerlo Fidel Castro. Ex ministros, como Héctor Navarro y Jorge Giordani o ideólogos como Nicmer Evans se han alzado contra el madurismo. Seguramente, dejando de lado las precauciones de quienes piensan igual que ellos pero callan ante quien rechazan, pues prefieren escudarse en esa falsa dicotomía Chavismo/Madurismo para no perder los favores de un régimen que cuelga de la soga.

¿Cuántos generales como Rodríguez Torres o Alcalá Cordones están en el mismo predicamento que ellos en su oposición por aquel por suya revocación se muestran dispuestos a votar? ¿Cuántos gobernadores y alcaldes que siguen homenajeando al caudillo desaparecido, pero callan ante los brutales desmanes del heredero? ¿Cuántos diputados, que bajan la cabeza y esconden la mano a la hora de las votaciones? Pero todos ellos, en su rechazo, sólo llegan hasta el 8 de diciembre del 2012. De allí hacia atrás se vivía en el mejor de los mundos. ¿Es que los saqueos al erario y los estrafalarios depósitos por miles de miles de millones de dólares, algunos de ellos a las cuentas de familiares, protegidos y aliados de Hugo Chávez, se produjeron todos después del día de su muerte? ¿Es que el control totalitario de las instituciones, las violaciones a los derechos humanos y los presos políticos los inventó Nicolás Maduro? ¿Es que el regalo de más de cien mil barriles diario de petróleo y cinco mil millones de dólares anuales a la tiranía cubana los decretó Nicolás Maduro? ¿Fue Maduro quien montó el expansionismo bolivariano a través del Foro de Sao Paulo, cuyos últimos estertores los viven hoy los españoles bajo el atropello de PODEMOS e Izquierda Unida? ¿Fue Maduro quién se entregó atado de pies y manos al capitalismo de Estado de los chinos y quién traicionó los derechos soberanos de Venezuela a su propia tradición republicana?

Se acerca la hora de la verdad. Cuando llegue, no valdrán excusas. El horror comenzó el 4 de febrero de 1992. Y asumió sus plenas formas seudo democráticas y neo fascistas el 6 de diciembre de 1998. No el día de la muerte de Hugo Chávez, cualquiera sea ese día.