• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Chávez, Castro y el odio compartido

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"Volaré los campos petroleros... No les dejaremos nada..."

Hugo Chávez, Paraguay, abril de 2006.

Andrés Bello hizo colgar un dibujo de su amada quebrada de Catuche, en donde transcurriera su infancia, al pie de su cama para morirse –se lo escribió a su hermano Carlos, que se lo hiciera llegar a esa inmensa lejanía que era por entonces Chile, al extremo sur del continente– recordando la inmensa felicidad que le deparara su Caracas natal y su nunca traicionado amor por Venezuela. Pasto al momento de su muerte del furor fratricida de sus ciudadanos.

No fue su voluntad la que lo llevó a tener que morir en el destierro. Literalmente en la indigencia y desamparado con su numerosa familia en el Londres al que llegara en misión encomendada por la recién fundada república, no encontró ningún eco a sus demandas de auxilio en quien podía odiar y amar con igual intensidad y decidía de la vida y la muerte de los recién estrenados republicanos. De los que por entonces era amo y señor. No sufrió la suerte del cura Madariaga, “el loco ese al que hay que negarle la sal y el agua y prohibirle la entrada a Venezuela” – como ordenara desde Angostura – pero dejó perderse ese tesoro de conocimiento y cultura por rencores pasados. Guillermo Morón descubriría una carta de Bello en la que se reconocía un leal y fiel servidor de la Corona. Suficiente motivo para dejarlo hundirse en su naufragio.

Que Bolívar privilegiaba su fantasía de la Gran Colombia y su sueño continental a cualquier devaneo patriótico con su Venezuela natal está suficientemente documentado. Se sentía demasiado grande para su provincia de Tierra Firme. Pero lejos, muy lejos de él haber sentido un profundo y soterrado odio por Venezuela. No se murió en San Pedro Alejandrino por capricho personal. Como lo haría su malhadado epígono, que sentía infinito más placer en ondear la bandera de Cuba que la tricolor de orígenes mirandinos y que a la hora de la verdad –esa hora sin posibles remiendos, pues es la de la muerte– prefirió fallecer en una clínica habanera, solo y cercado por sus mal habientes, Fidel y Raúl Castro, que mirando las polvorientas calles de Sabaneta, rodeado de los suyos. Bajo el cielo estrellado de los llanos.

Chávez no se imaginaba a Venezuela bajo un gobierno que no fuera el suyo. La vio siempre como el potrero en el que soltar y dejar pastar sus ambiciones de grandeza y poderío. Y cuyos pozos petroleros y refinerías destruiría sin que le temblara el pulso ante la menor amenaza a su régimen dado el supuesto caso de una invasión extranjera que no fuera la cubana, ya en pleno desarrollo. Lo dijo durante una gira por Paraguay con amenazas tan truculentas como las de Sadam Hussein, con quien se solidarizara ante el incendio que el líder iraquí provocara en algunos de sus pozos petrolíferos: “Volaré los campos petroleros... No les dejaremos nada...”, dijo en abril de 2006 en Paraguay. Jamás la vio como la Madre Patria a la que, por amor y devoción, había que engrandecer, hacer prosperar y poner en el primer sitial del continente. Incluso mediante una auténtica revolución socialista. Tuvo con ella la misma relación ambigua, conflictiva, rencorosa y desesperada, que tuviera con su madre biológica. Con quien mantuvo las más conflictivas relaciones, según confesiones de Herma Marksman. Según declaraciones de la historiadora al periódico El Nacional, Chávez y su madre no se hablaron durante años, profundizando una enconada herida de devastadoras consecuencias para el devenir del país que se le entregara fervoroso a sus pies, para convertirse en la mortaja de sus rencores.

Que caudillos todopoderosos, vacíos de toda riqueza interior, pueden convertirse en genocidas de sus propios pueblos, escogidos por ellos como la plataforma de sus ambiciones, no es ninguna novedad. Hitler, que optó por Alemania como campo de sus batallas, odiaba a tal extremo al país de sus correrías que terminó convirtiéndolo en la principal víctima de sus delirios homicidas. “Ya el 27 de noviembre de 1941, cuando la contraofensiva rusa aún no había comenzado y la ofensiva alemana contra Moscú sólo estaba sufriendo un parón, había hecho comentarios extraños ante dos visitantes extranjeros, los ministros de Asuntos Exteriores danés y croata, Scavenius y Lorkowitsch, comentarios de los cuales ha quedado constancia: ‘También sobre eso pienso con frialdad absoluta’, dijo. ‘Si llegara el día en que el pueblo alemán no fuera lo suficientemente fuerte y sacrificado como para entregar su propia sangre en aras de su existencia, prefiero que sucumba y sea exterminado por otra potencia mas fuerte… Yo, por mi parte, no derramaré entonces una sola lágrima por el pueblo alemán”. (Sebastian Haffner, Anotaciones sobre Hitler, pág.167).

Dicho y hecho. Sebastian Haffner, que reflexiona al respecto en sus anotaciones sobre Hitler, concluye: “Con sus órdenes de destrucción del 18 y 19 de marzo de 1945, Hitler no perseguía ya una heroica lucha final… la única finalidad de esta última acción de asesinato masivo dirigida ahora contra Alemania sólo podía ser la de castigar a los alemanes por no haber mostrado la suficiente entrega en una heroica lucha final, es decir, por haberse negado al final a representar el papel que Hitler les había asignado”. (Haffner, Ibídem, pág. 221).

El destino de la devastación que hoy sufrimos fue sellado hace muchísimos años en La Habana, durante la primera visita en la que el recién liberado teniente coronel golpista se postrara para siempre a los pies de Fidel Castro, el mortal enemigo de la Venezuela democrática. Selló entonces un pacto con el diablo: mi reino por el Poder. Mi poder para tus fines. ¿Cuáles fueron y siguen siendo los fines de los Castro, asumidos con lacayuno servilismo por el llanero venezolano? Extraer de Venezuela hasta sus últimas gotas de petróleo para ponerlas al servicio de la sobrevivencia de Cuba y la expansión del neo castrismo forista sobre la región. Jamás para hacer de Venezuela un modelo de socialismo moderno, próspero y democrático. Que sirviera incluso para reivindicar al socialismo – decadente y ya en retirada desde 1989. Pues con los trillones de dólares recogidos en el mayor período de bonanza petrolera en su historia, ¿qué impidió que Venezuela se convirtiera en un nuevo modelo de desarrollo político, social y económico para una nueva realidad histórica? ¿Qué impidió tener los mejores hospitales, las mejores escuelas y universidades, el mejor sistema vial y el más desarrollado sistema de transportes de América Latina? ¿Qué impidió hacer de su economía un capitalismo de Estado altamente competitivo y progresista, como lo ha logrado China? ¿Qué la condujo a convertirse en un despojo de si misma? El odio de los Castro, el odio de Chávez retroalimentado y convertido en política de Estado por sus seguidores, que ahora, al final del camino, deciden hacer tabula rasa y terminar por devastar al país que tuviera hasta ayer las mayores riquezas potenciales de América Latina. ¿Cumplirán con la amenaza de su comandante supremo cuando el pueblo decida ponerle fin a su carrera de destrucción, muerte y devastación en la que están empeñados?

Es tan obvio, que asombra haya sido pasado por alto por una oposición que debería dar pruebas de lo contrario: de un amor filial e ilimitado por Venezuela. ¿Lo tendrá más allá de sus propias ambiciones individuales? Es una pregunta para la que hasta hoy no he encontrado satisfactoria respuesta.

@sangarccs