• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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El Búmeran Chávez, de Emili J. Blasco

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@sangarccs

 “Un libro pleno de revelaciones, las más de ellas escalofriantes, de cuya lectura se sale conmovido por el asombro y la vergüenza. Y la terrible y descarnada incógnita del desenlace: ¿Hasta cuándo el asombro, hasta cuándo la vergüenza? Como lo cantara el gran bardo judeo-americano: “The answer, my friend, is blowing in the wind. The answer is blowing in the wind…”.

 

A Aníbal Romero

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“Algún día, sí, se escribirá la historia completa, cuando quienes están en un pacto de silencio finalmente hablen. Pero aunque aún hoy se desconozcan muchos detalles, la verdad que intenta taparse –por vergonzosa– es suficientemente manifiesta. Chávez se sirvió tanto de la ayuda de Castro para prolongar su poder en el tiempo que cuando este se le terminaba puso directamente al régimen cubano como albacea de la revolución venezolana por él emprendida. Desconfiado de su entorno, Chávez se apoyó en vida de tal manera en la labor de Cuba como asesora, espía y gendarme dentro de Venezuela que ante su muerte no vio otra garantía para la perpetuación de su obra que la permanencia del control cubano. La diferencia entre un momento y otro era que al desaparecer él se marchaba quien podía ejercer de contrapeso y árbitro. El proceso de su enfermedad fue un claro catalizador de esa transición final, en la que el mismo Chávez y su obra quedaron a merced del régimen cubano. Maduro fue entonces aupado, y luego sostenido, por La Habana…”.[1]

Cuesta expurgar un párrafo, una frase, unas palabras de un libro tan estremecedor por las brutales revelaciones que entrega a la conciencia de la opinión pública sobre el gran fraude –así lo califica– que ha significado la revolución bolivariana, que al intentarlo se le hace injusticia a todo el resto. No hay una palabra, una coma, un punto que no constituya un testimonio del horror desplegado en Venezuela desde que el teniente coronel Hugo Chávez y sus pandillas asaltaran el poder del Estado y el control total de la sociedad. Sin otra ambición que el poder por el poder y la subordinación existencial a un padre imaginario idolatrado, en doloroso contraste con progenitores despreciados. Un proceso de vergonzosa desnaturalización contando con la connivencia, la obsecuencia y la alcahuetería de académicos, editores, banqueros, periodistas, jueces, artistas e incluso literatos y filósofos de la notabilidad de viejos aristócratas y altos burgueses.

Las dos razones que obstaculizan el empeño no solo por citar lo que de suyo merece una lectura in extenso sino por reseñar la obra misma son muy fáciles de establecer: el asombro y la vergüenza. El asombro ante la magnitud del fraude, los montos escalofriantes de sus estafas, la violencia y brutalidad de sus iniquidades y la absoluta impunidad y desvergüenza con que se cometieron esas espantosas fechorías: narcotráfico, terrorismo internacional, saqueos a manos descubiertas que cubren presupuestos enteros de muchas repúblicas. Sin contar con la odiosa manipulación de mecanismos democráticos sagrados, como los procesos electorales, convertidos en desvergonzados asaltos a mansalva, con saña, en despoblado y con alevosía a la voluntad ciudadana.

La vergüenza por reconocer que ese desafuero, seguramente único en la historia semimilenaria de nuestra América y posiblemente en el mundo, ha tenido lugar ante nuestros ojos, ante la asombrosa pasividad de Europa y Estados Unidos, así como con la complicidad de todos los gobiernos –sin excepción– de la región y la obsecuencia, la pusilanimidad y la falta de honor de las fuerzas políticas venezolanas que dejaron la reacción de la dignidad y el honor en las manos desesperadas de unos luchadores solitarios –como Franklin Brito– o de unos jóvenes combatientes que apenas salían de la adolescencia.

 

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La única experiencia por mí conocida entre el asombro y la vergüenza la viví in situ académica, documentalmente pocos años después de ocurridos sus hechos: el nazismo alemán. La brutal inescrupulosidad, el engaño y la manipulación de masas, la servil subordinación vital a un caudillo megalómano, ególatra y delirante, la esclavización de pueblos enteros, la corrupción, el deshonor, la crueldad, la ilimitada maldad desplegada por las élites de un pueblo extraordinariamente culto y desarrollado.

La narración del descaro y el desparpajo con que Hugo Chávez les ordena a sus secuaces al comienzo mismo de su mandato aliarse a las narcoguerrillas colombianas y emprender asociados con ellos la multinacional empresa del narcotráfico, que les proveería a unos y otros montos siderales de divisas en monedas fuertes precisamente cuando Estados Unidos se embarcaba en una guerra frontal contra el flagelo, da cuenta del voluntarismo y la decisión de asomarse al gran mundo del poder planetario con un ímpetu fáustico, prometeico. Es el mismo ímpetu con que se alía a Irán y a Irak, a Siria y la yihad islámica seguro, como Fidel, su padre putativo y espiritual, de que el enemigo principal a enfrentar y combatir es Estados Unidos. Resuena la observación de viejos comunistas, para quienes el narcotráfico no solo provee de los medios para estrangular a los yanquis, sus principales consumidores, sino para corromperlos en su médula existencial. ¿Quién dijo que obtener dinero para hacer la revolución y, de paso, gangrenar el capitalismo, era un delito?

No fueron Marx ni Hegel los dioses domésticos de la revolución bolivariana al arribo del chavismo, la versión fraudulenta y hamponil de la revolución socialista del nuevo siglo: fueron Hermes, el griego, y Mercurio, el romano, los dioses de los ladrones. No fueron la emancipación popular ni la dignificación del trabajo sus motivos conciliares. Fue el dinero. Fueron montañas de dinero. Fueron decenas, cientos, miles, millones, miles de millones de dólares. Fidel despacha a los combatientes que envía a invadir Venezuela en 1966 y 1967 con 10.000 dólares contantes y sonantes y en efectivo a cada uno del puñado de guerrilleros. Y el Che Guevara habrá llevado decenas de miles como para comprarse hasta una finquita desde donde iniciar la conquista de Bolivia, el corazón de América del Sur.

Chávez, lo cuenta Emili Blasco, nada más conquistar el gobierno y reunirse con la cúpula de las FARC –Iván Márquez y Raúl Reyes, entre otros– para aliarse y combatir a Álvaro Uribe y empujar a las narcoguerrillas a la conquista del poder en Colombia, le ordena a uno de sus secuaces hacerles entrega de 500 millones de dólares. No se andaban con chiquitas. Era la revolución petrolera del siglo XXI.

 

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Habituados al montaje cinematográfico de grandes actos de terrorismo y matonaje, robos y asesinatos, asaltos y combates bélicos, no sabemos distinguir si El bumerán Chávez es un guion para algunos de los grandes productores de filmes de acción de Hollywood o el fiel retrato de una de las más poderosas mafias políticas latinoamericanas que se hayan hecho con la principal reserva estratégica de petróleo del mundo. Una nación que liberó 5 otras naciones y decidió el destino político de todo un continente hace apenas 200 años. Una nación entonces de poco más de 1 millón de habitantes cuyos guerreros recorrieron el equivalente a varias veces el diámetro ecuatorial del planeta, a caballo, atravesando montañas gigantescas, ríos descomunales, valles y desiertos sin otro propósito que conquistar la libertad, establecer la igualdad y fundar la república. Logrando al cabo su propósito. En el caso de quien viera usurpado su nombre para servir de mascarón de proa del barco pirata del chavismo, con el saldo trágico de haber dilapidado toda su fortuna y haber muerto con lo puesto. Y un tercio de la población de su provincia sacrificada en el fuego lustrar de la guerra.

El comentario de Emili J. Blasco, estupefacto por los hechos, no puede causarnos más que una gran desazón y una profunda vergüenza: “Quizás lo más extraordinario de la Venezuela chavista haya sido precisamente la sumisión voluntaria a otro país, que además es más pequeño y pobre y está nada menos que a 1.400 kilómetros de distancia. Revoluciones y caudillismos, movilizaciones populares y represiones se han dado muchas veces en la historia, y cómo no en la latinoamericana. Pero si por algo distintivo debiera figurar el chavismo en los libros es por esa singular subrogación”. [2] Yo diría: avasallamiento.

Carlos Alberto Montaner, citado por Blasco, lo expresó con su profundo conocimiento de la historia cubana: “¿Cómo una pequeña, improductiva y empobrecida isla caribeña, anclada en un herrumbroso pasado soviético borrado de la historia, puede controlar a una nación mucho más grande, moderna, rica, poblada y educada, sin que haya existido una previa guerra de conquista?”. Prosigue Blasco: “Es la pregunta a la que se vuelve continuamente. ¿Por qué Venezuela, un país con un producto interior bruto de casi 400.000 millones de dólares, acabó tan dependiente de Cuba, con uno de 60.000 millones?”. [3] Y cita luego a otro gran analista político, el argentino Andrés Oppenheimer: “Cuba manejó –y sigue manejando, agregamos nosotros– el gobierno de Venezuela como ningún país ha manejado los asuntos internos de otro en la reciente memoria de la región”. [4]

Un libro pleno de revelaciones, las más de ellas escalofriantes, de cuya lectura se sale conmovido por el asombro y la vergüenza. Y la terrible y descarnada incógnita del desenlace: ¿Hasta cuándo el asombro, hasta cuándo la vergüenza? Como lo cantara el gran bardo judeo-americano: “The answer, my friend, is blowing in the wind. The answer is blowing in the wind…”.


[1] Emili J. Blasco, El bumerán Chávez. Los fraudes que llevaron al colapso de Venezuela. pág. 44. Washington, Madrid. Abril de 2015.

[2] Ibídem, pág. 44.

[3] Ibid., pág. 45.

[4] Ibid., pág 46.