• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Ledezma

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Prevengo contra el inmenso costo político que entrañaría someterlo a la sevicia de un régimen que desprecie las normas de buena convivencia entre las naciones, máxime cuando aspira a ocupar sitiales de responsabilidad internacional. Hay límites cuya vulneración puede conducir a una catástrofe inesperada. Esperemos por una mínima racionalidad de parte de quienes tienen a cargo el manejo de la cosa pública. 

Hay privilegios que matan. Leopoldo López ha disfrutado de uno de ellos: convertirse en blanco privilegiado del odio, la inquina y los delirios persecutorios del régimen. Para cuyos esbirros, amanuenses y funcionarios no existen mejores y más auténticos opositores que los que están desterrados, encarcelados o muertos. Vulgo: neutralizados. Divididos en dos clases: los del escarmiento, como Simonovis, crucificados en aras de mantener vivo el castigo que le espera a quien ose servir, así sea como funcionario y bajo obligaciones institucionales, como fuera su caso, en un acontecimiento memorable, como haber destronado, humillado y desenmascarado en su infamia y cobardía, urbi et orbi, al hombre de La Habana en Caracas. Y los de la otra clase: los que el régimen debe neutralizar políticamente ad eternum. Son los peores, pues lindan con la muerte. Un caso emblemático: Camilo Cienfuegos, el hombre que se perdió en los cielos del Caribe. Y Huber Matos, el Conde de Montecristo de Fidel Castro.

Circunstancias de tiempo y lugar les impiden a las autoridades venezolanas emular ese modelo inmediato o el arquetipo de ambos: incendiar el Congreso, asesinar a los líderes opositores, enjaularlos en campos de concentración y pulverizarlos en los primeros seis meses de gobierno, como hiciera Hitler entre febrero y junio de 1933. Luego de lo cual se sacudió las manos y fue a lo suyo: armarse hasta los dientes y partir a la conquista del universo. Así no lo parezca, las condiciones internacionales no dejan de guardar algunas semejanzas: la pusilanimidad, la connivencia y la complicidad han neutralizado todos los poderes democráticos del planeta, comenzando por Estados Unidos. Las organizaciones multinacionales son un escarnio, la dictadura con visos plebiscitarios se ha apoderado de los sistemas políticos convirtiendo a la democracia en un mero error estadístico, como lo reconociera en su momento con su maravilloso ingenio Jorge Luis Borges. Y el campo de batalla parece despejado para el aventurerismo del terrorismo internacional, las guerras religiosas, los trasnochados delirios del marxismo leninismo y otras yerbas que los ingenuos creían definitivamente erradicados. Hoy por hoy, en América Latina, quien no comulgue con los fasciocastristas del Foro es lo que en Venezuela llamamos “pupú de perro”. La OEA es la taguara en donde bajo la mirada de Insulza, el barman, se reúnen los compadres de los Castro a echarse unos tragos.

Favorecidos por la alcahuetería de prácticamente todos los presidentes y liderazgos políticos de la región y ante el sospechoso desentendimiento de las restantes fuerzas opositoras venezolanas, los carpinteros de Fidel que se ocupan de la demolición del principal productor de petróleo de la región, ya asegurado su enemigo público número 1 tras las rejas de un penal caraqueño se libran de la incómoda compañía de un preso carente a estas alturas de toda utilidad, como Iván Simonovis, y buscan hacerle espacio en la esmirriada conciencia nacional a otro preso de más enjundia, tanto o más peligroso que Leopoldo López y que, además de estar en libertad, no muestra flancos vulnerables. Hablamos del político más prestigioso y reconocido de la oposición democrática venezolana en el exterior, Antonio Ledezma.

Sin más armas que su integridad, su prestigio y su coraje ha logrado mantenerse vigente por sobre los avatares de la crisis más profunda de nuestra historia en la conciencia pública nacional, conjuntamente con la diputada María Corina Machado, por rebosar ambos, conjuntamente con Leopoldo López, de un valor de extrema escasez en el mercado político nacional: la decencia. A lo que suma una inmensa virtud en tiempos de cacería y muerte al hombre: la cautela, la precaución, el temple. Es posiblemente el único gran político venezolano mayor al que no se le pueden endilgar traiciones, connivencias, contratos, financiamientos, acuerdos bajo mesa, compromisos espurios y “yo te apoyo ahora, pero tú me apoyas después… A él o a ella mételos presos, pero a los míos, ni con el pétalo de una rosa”. Leyes de supervivencia salvaje en la selva del horror en que se ha convertido el universo político venezolano desde que reventara la placenta cuartelera que diera vida al monstruo.

Necesitarán guantes de asbesto sus perseguidores, pues juegan con fuego. Antonio Ledezma es el político venezolano más prestigiado internacionalmente entre sus congéneres. Principal autoridad edilicia del país, exparlamentario de notables merecimientos, gobernador del primer estado de Venezuela y hoy, por segundo período consecutivo, alcalde mayor de la ciudad de Caracas, ha recorrido el mundo estableciendo y fortaleciendo sus lazos de cooperación, colaboración y amistad con el mundo político de América Latina, Estados Unidos y Europa. Me consta su cercana amistad con políticos de la talla de Felipe González, José María Aznar, Sebastián Piñera, Andrés Pastrana, Fernando Henrique Cardoso, Mauricio Macri, y con personalidades del mundo del arte y la cultura, como Mario Vargas Llosa y Enrique Krauze.

Prevengo contra el inmenso costo político que entrañaría someterlo a la sevicia de un régimen que desprecie las normas de buena convivencia entre las naciones, máxime cuando aspira a ocupar sitiales de responsabilidad mundial. Hay límites cuya vulneración puede conducir a una catástrofe inesperada. Esperemos por una mínima racionalidad de parte de quienes tienen a cargo el manejo de la cosa pública.

@sangarccs