• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Anotaciones sobre Chávez (V)

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La narrativa impuesta por Chávez no tuvo en absoluto que ver con Doña Bárbara, propiamente rural y pre moderna, de tiempos de haciendas, del combate de la civilización contra la barbarie, del enfrentamiento entre montoneras y bandidaje, pero sí, y mucho, con la castrista, a su vez antecedida por Perón y prefijada por Adolf Hitler. Fue la narrativa propiamente caudillesca y populista de la política como espectáculo de masas, como artificio de ventriloquia. Del caudillo como entertainer, como presentador de televisión, un fabulador circense capaz de seducir multitudes y encantarlos haciéndoles creer que no era más que el vocero del pueblo, el mediador, el prestidigitador, el ilusionista de esperanzas, la voz por la que se expresaban las mayorías. Y así, en el non plus ultra de la manipulación telemática, gobernó desde un set de televisión, desde donde nombró y destituyó ministros y altos funcionarios de gobierno, ordenó expropiaciones al paso con un simple: “¡exprópiese!”, humilló colaboradores, ofendió a diplomáticos, ministros y presidentes de países amigos y hasta declaró la guerra – contra Colombia, tan de pacotilla y tan farsantesca que los soldados no acabaron por llegar a la frontera.

Un juego de espejos y vasos comunicantes mediáticos puestos a su disposición y servicio – pantallas, periódicos, columnistas, forjadores de opinión de medios radiales, televisivos e impresos -  le permitían crear una matriz de opinión, la suya y de quienes constituían su personal de servicio político, hasta convertirla en necesidad ideológico alimentaria de  las grandes mayorías nacionales. Sin la televisión no hubiera existido el chavismo, sin los segundos de pantalla exclusiva que lo elevaran al estrellato no hubiera existido Chávez, sin el respaldo de los medios de circulación nacional y las principales cadenas radiales y televisivas del país su impacto no hubiera tenido la asombrosa velocidad que tuvo y la repercusión de efectos inmediatos que logró.

La principal característica del golpe de Estado fue su naturaleza sorpresiva, inesperada, reveladora. Explotó como un rayo sobre un país a oscuras, mayoritariamente convencido de que esas cosas ya no pasaban ni pasarían nunca jamás en Venezuela. Treinta y cuatro años después de derrocado Pérez Jiménez y poco menos de las derrotas de los intentos golpistas de la extrema derecha y la extrema izquierda a comienzos del período democrático. Salvo los poquísimos enterados, nadie se lo esperaba. Cayó como una bomba la medianoche del 4 de febrero de 1992, prácticamente en simultáneo con el regreso al país de Carlos Andrés Pérez, mareado por los éxitos obtenidos en el Foro de Davos, del que volviera esa misma noche. Fuera porque las autoridades militares y de inteligencia ocultaron los antecedentes que hubieran podido desmantelarlo, y de los que, como se sabría después, había abultados indicios e incluso pruebas concluyentes desestimadas por el propio presidente de la República, ensordecido hasta el autismo por una incongruente auto valoración,  fuera porque el presidente de la república se negaba a otorgarles el menor crédito. Absolutamente convencido de su autoridad incuestionable, de la misión de alto vuelo en que estaba empeñado, del eco que encontraba en los medios internacionales. Si bien algunos amigos muy cercanos, como el presidente de España Felipe González, lo previnieran con la debida antelación. Los rumores de un golpe inminente ya habían llegado a los oídos de algunas cancillerías, pero chocaron con la indiferencia de quien se creía predestinado a triunfar.

El solo hecho de haberse realizado en esas circunstancias y de haber contado con el factor sorpresa, así fracasara en el terreno propiamente militar y político inmediato, constituyó un sonado éxito en el mediano y largo plazo.. Desmembró para siempre la hegemonía imperante, fracturó la columna vertebral del gobierno y rompió irremediablemente el hilo constitucional. Continuidad con la asonada motinesca del 27 de febrero de 1989, puso fin a los esfuerzos reconstructivos de Carlos Andrés Pérez, liquidó el sistema de Punto Fijo y cerró irremediablemente el ciclo liberal democrático. Todo lo que sucediera entre el 4 de febrero de 1992 y el 6 de diciembre de 1998, fecha de la victoria electoral de Hugo Chávez al frente de una amplia alianza política de todos los sectores del espectro político nacional, no fue más que la necesaria transición a la dictadura. Como el asalto al Cuartel Moncada: un fracaso exitoso que desmembraría para siempre los sistemas de dominación hasta entonces imperantes.

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Así, en el entrecruce de la crisis, el fantasma nunca domeñado de las montoneras pudo más que la ficción de la modernidad democrática, tampoco jamás asumida y metabolizada. De un brinco volvimos al turbión de la guerra larga. Ni partidos ni organizaciones, ni Estado ni Instituciones. Una fantasmagoría: el caudillo redentor. Un Ezequiel Zamora en versión Maisanta. Para no ir tan lejos: volvimos a los tiempos de El Cabito, como se le llamara a Cipriano Castro, el audaz y desenfadado pequeñajo que se hiciera del poder con la típica bravuconada decimonónica venezolana, armando una soldadesca en los Andes y bajando al centro del país para restaurarlo con mano dura. Porque, como escribiera infatuado de su poderíos Simón Bolívar desde Angostura, “en Venezuela gobierna el que puede, no el que quiere”. Fue cuando en Venezuela, según Pío Gil, “el Hambre de la Restauración, más que el despotismo del Restaurador, había apagado el pensamiento en los cerebros, la energía en las voluntades, la contractilidad en los músculos, la vergüenza en los rostros.” Y para quien con Cipriano Castro había surgido un nuevo concepto de Patria: “Para los nuevos patriotas, la Nación no tiene dolores innombrables, sino pezones inagotables. No los seduce la gloria, sino el hartazgo. En ellos el amor a la patria es el amor a la ubre. El ósculo se dibuja en sus labios con el rictus de la succión. Su patriotismo no besa, sino mama”. Con una diferencia abisal, que favorecería el atractivo, las dimensiones y la profundidad que alcanzaría la devastación chavista: los mamadores del siglo XXI no disponían tan solo de cacao, añil, café, algodón, ganado en pie y cueros, únicos productos de exportación de la Venezuela del Cabito. Dispusieron de una prodigiosa vaca petrolera y los mamones succionaron desde todas las distancias del planeta de las mayores reservas petrolíferas de Occidente. Para su gigantesca fortuna, al más elevado precio alcanzado en el mercado mundial por el barril de petróleo en toda su historia. Sobre las espaldas de la Venezuela invertebrada cayó el mayor flujo de divisas de su historia. Una lluvia incandescente de oropel que fue devorada, chupada, mamada y exportada con la voracidad de hambrientos insaciables. Sin dejar ni rastros, salvo la devastación, un cuarto de millón de asesinados, una manga de militares rapaces enriquecidos para una holganza eterna y de lujos innombrables que no servirán de nada.  La Venezuela chavista se convirtió en la Jauja planetaria. Su capataz, en el hombre más rico y dadivoso del mundo. Al cabo del carnaval, los hospitales no cuentan con medicamentos, los niños se mueren de mengua, las escuelas se derrumban, las colas alcanzan dimensiones kilométricas y ni siquiera para los perros hay comida. Un infierno.

@samngarccs