• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Anotaciones sobre Chávez (parte 3)

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Dado que en Venezuela, de acuerdo con la sabiduría telenovelera, “según vamos viniendo vamos viendo”, posiblemente ninguna de todas esas interrogantes den con la exacta respuesta, más allá del acto de derrocar a un presidente constitucional mediante un golpe cuartelero, montar un gobierno dictatorial inicialmente provisorio con respaldo de algunos notables de la civilidad y abrir las puertas a una incógnita. Esa indefinición y sus bien guardados secretos de feroz autócrata en potencia fueron la clave que le permitió a Chávez, el Deus ex Machina de la asonada, sortear los obstáculos y pescar respaldos en el río revuelto del descontento popular, en especial de las capas medias, que se conformaban con el aspecto más resaltante de sus difusas promesas: castigar al establecimiento político imperante, responsabilizado por todos los males de la crisis endémica que arrastraba Venezuela, particularmente desde el Viernes Negro del 23 de febrero de 1983, la devaluación del bolívar y la pérdida de capacidad de compra del venezolano frente al dólar. ¿El método de Su Lucha? Estirar la cuerda tanto como aguantara el establecimiento, desafiarlo tanto como aceptara, empujarlo al abismo tanto como tolerara y llegado al borde, darle el empujón y si nada se lo impedía, acabar imponiendo un régimen totalitario. Avanzar paso a paso tanteando la capacidad de respuesta de sus enemigos. Que como dicta la experiencia: toda lucha es de dos. Y si uno baja los brazos, bien merecido tiene su paliza.

Encontró el camino absolutamente allanado gracias a la ominosa retirada y en desbandada de los viejos partidos del sistema democrático, AD y Copei, ya carcomidos en su decadencia y que no trepidaron en acabar la faena defenestrando al árbol caído y propiciando el asalto a la institucionalidad democrática que los sostenían. Entonces supo que le había llegado su momento. Le llegó de la mano de dos sepultureros del establecimiento: Luis Miquilena y José Vicente Rangel, montados en una turbia y difusa conspiración de los notables. Así llegamos a los Idus de Diciembre. Estábamos finalizando el año de 1998. Fin del ciclo abierto el 23 de Enero de 1958. Culminado con el gobierno de quien fuera uno de sus fundadores y para quien, si el poder no era el suyo, que fuera del primer aventurero que lo asaltara. Après mois le déluge. Total, él ya estaba de salida y al borde de la muerte. Cuarenta inolvidables años de paz, democracia y prosperidad estaban llegando a su fin.

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Fueron esos aspectos deconstructivos de su estrategia con los que logró asaltar el poder, el único aparente propósito inicial: liquidar la institucionalidad democrática y montar un régimen militar cívico, cumplido a cabalidad mediante el llamado Proceso Constituyente. Una merienda canibalesca que despertó el fervor de los invitados al festín prometido por el teniente coronel: la fritura de cabezas adecas. Primer paso para avanzar hacia la conquista del poder total, luego de dar por muerta la Constitución de 1961, tal como se lo aconsejara Fidel Castro en la primera reunión sostenida en La Habana entre los suyos y el jefe de la Revolución cubana luego de ganar las elecciones y antes de juramentarse. “Di que juras ante una Constitución moribunda y luego la entierras”, dicen haberle escuchado ordenar a su pupilo. Plataforma de su programa de gobierno y capítulo esencial de una estrategia montada por los sectores castrocomunistas que ya lo rodeaban, dirigidos por Fidel Castro en persona, su consejero mayor. Al que el Deus ex Machina le ofrecía recompensarlo con la entrega del país sin disparar un tiro a cambio de darle un puesto de honor, especial y privilegiado en su corte revolucionaria continental. Incluso más destacado que el concedido a su hermano Raúl, el heredero, que pasó a ser el tercero en el orden de mando del castrocomunismo continental.

Se cumplía la nueva estrategia del castrismo, a comienzos de los noventa del siglo pasado, ya definitivamente alejado de la vía armada para la conquista del poder en América Latina, dueño eventual del petróleo venezolano –la llave para el dominio mundial, como lo afirmaba en los sesenta– jefe supremo de la Quinta Internacional, bautizada como Foro de Sao Paulo por el papel estratégico que se le condecía a Lula da Silva para el control político de la región, sin siquiera mover las aguas con escandalosos y contraproducentes procesos revolucionarios sino de manera legalista, institucionalista y ejemplarmente democrática, sustentada en dos ejes estratégicos: la conquista de los gobiernos por limpios procesos electorales y la inmediata implementación de Asambleas Constituyentes para apropiarse de los Estados latinoamericanos desde dentro. Exactamente como afirmara Hitler, palabras más palabras menos,  desde la prisión de Landsberg, donde dictó Mi Lucha entre 1923 y 1925: “Al Estado moderno no se lo conquista desde fuera, sino desde dentro”. Y lo reafirmara uno de sus dilectos, Josef Goebbels, en 1927: “Iremos al parlamento y conquistaremos el poder con sus propias armas, desde dentro”. Violar el Estado de Derecho con la propia complicidad y complacencia de todos sus sectores, desde el empresariado de la industria, el comercio y las finanzas,  a la academia, la Iglesia, los medios y la clase política.

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Contrariamente a la tradición del caudillismo latinoamericano, rural, oligárquico y nacionalista, el de Chávez careció de toda impronta nacional y nacionalista. Eso lo distancia irremediablemente de su antecedente histórico más directo, Cipriano Castro, que se rebela contra el asedio de las grandes potencias imperiales europeas de comienzos del siglo XX, así como de José Antonio Páez, el primer caudillo llanero, responsable a fines de los años veinte del siglo XIX de la ruptura con Bolívar, su proyecto geoestratégico de la Gran Colombia, sus ambiciones imperiales y, por el contrario, el impulsor de la afirmación nacionalista de Venezuela a la cabeza de la llamada conspiración de La Cosiata.

En efecto, la entrega existencial de Bolívar a la liberación continental a partir del establecimiento de la Gran Colombia, sellada en la Constitución de 1821, frágil y de corta vida, lo lleva a apostar a grandes bloques de poder y a distanciarse de Venezuela como objetivo primario de su Independencia, como sí sucediera con las naciones por él emancipadas: “Bolívar es elegido Presidente” –de la Gran Colombia– “y como tal manifiesta la necesidad de lograr la Independencia de las otras repúblicas suramericanas para garantizar con ello la supervivencia de Colombia. De ahí en adelante la campaña del sur no tendrá tregua, y como es natural, esto necesariamente desvincula al Libertador de los problemas de Venezuela”.[1]  Hasta alienarse el respaldo de sus fuerzas primarias, las herederas de las conquistas de la guerra constituidas en nueva casta dominante y en particular de la juventud que no había participado en los comienzos de la gesta independentista. “En este clima, el partido separatista crece abrigando también en su seno ‘antiguos realistas y patriotas enemigos del Libertador’; se expande un anhelo nacionalista y los hechos se van enlazando a favor de la disolución”.

El rechazo al proyecto de la Gran Colombia y al ensueño de un continente unido bajo una sola bandera y un solo poder político –Simón Bolívar– alcanzó cotas de indignación y rebeldía en el seno de la sociedad civil venezolana, lo mejor de la cual había librado las batallas por la conquista de la Independencia junto al propio Bolívar, pero estaba persuadida de la necesidad de asegurar la estabilidad del Estado independiente y hacer frente a los peligros de guerra contra las provincias dominadas por los sectores proclives al Libertador y a la Nueva Granada. Francisco Javier Yanes, presidente del Congreso a cargo de redactar la nueva Constitución, escribe: “Venezuela, a quien una serie de males de todo género ha enseñado a ser prudente, que ve en el general Simón Bolívar el origen de ellos, y que tiembla todavía al considerar el riesgo que ha corrido de ser para siempre su patrimonio, protesta que no tendrán aquellos lugar mientras este permanezca en el territorio de Colombia”. Páez, finalmente, impone su autoridad, pero al precio de una ruptura profunda y definitiva con Bolívar, visto como el eventual causante de una posible disolución de la nueva República.  Y sin lugar a dudas el responsable de los mejores frutos de la nueva República, según reconocimiento generalizado de los historiadores. Hasta la irrupción de la disgregación, el odio y la guerra civil en 1858, cuando se viviera una hecatombe que terminaría por sellar la liquidación de la aristocracia mantuana, dejada en suspenso por la guerra civil libertadora.

Chávez retoma el hilo interrumpido en 1830, niega la obra de Páez al que considera un traidor y se vincula al liderazgo causante de la Guerra Larga para llevar al paroxismo la idolatría bolivariana, de cuya interrumpida obra libertaria y continental se sentía el auténtico depositario. Como todo el establecimiento venezolano, fue un fiel exponente de la religión estatólatra que, a partir de Antonio Guzmán Blanco, emergió de esa espantosa guerra fratricida como el líder del liberalismo amarillo,  elevó a Bolívar al altar de los héroes y dioses de su olimpo. Criado en un país carente de afanes nacionales que hasta el día de hoy ha sufrido los despojos de su territorio sin mayores traumas, tampoco antepuso los intereses nacionales por sobre la resurrección de los delirios continentales de Bolívar, que posiblemente viera reencarnados en la vocación imperial y expansionista de Fidel Castro. No era, por tanto, contradictorio con su carácter mesiánico y megalómano, el ponerse al servicio del castrismo, rendirle la soberanía nacional y entregarle el uso y administración de las principales riquezas nacionales. El fin de sus luchas no estaba en Venezuela: estaba en la región y, más allá de ella, así luzca desorbitado, en el planeta. Efectuando una doble pirueta de revisionismo histórico: condenar y maldecir a José Antonio Páez, la primera expresión de los intereses nacionales y a quien se deben los primeros treinta años de estabilidad, prosperidad y paz republicanas, mientras fetichizaba la figura de Bolívar hasta pretender que su muerte había sido obra de los sectores que, con Páez a la cabeza, lo relegaron al olvido. Por sobre Bolívar, solo Fidel Castro. De allí su decisión de entregarle su vida.

“La separación se efectuó en 1830. El general José Antonio Páez al frente de del movimiento disolvente se convierte en el líder de la Constitución del Estado venezolano y su influencia no dejará de sentirse de manera determinante en las primeras décadas de este proceso”. [2]

@sangarccs

[1] Ibídem, pág 29.

[2] Ibídem, pág. 21.