• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Anotaciones sobre Chávez (IV)

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El paso siguiente, a saber la justificación ideológica del para qué de ese régimen militar cívico quedó en manos de la nebulosa del llamado socialismo del siglo XXI, un programa jamás definido por sus asesores extranjeros – Ceresole, el peronista argentino con atisbos carapintada, a la cabeza, desplazado luego por el teórico marxista Heinz Dieterich, inventor del llamado socialismo del siglo XXI - salvo en sus aspectos más populistas: unión del caudillo, los ejércitos y el pueblo, montar un sistema de clientelismo y respaldo gratificado con becas y misiones financiados con los fastuosos ingresos petroleros, hasta malbaratar en 10 años de gobierno más de dos millones de millones de dólares, vaciar las arcas fiscales, enriquecer a una nueva burguesía – la llamada boliburguesía – y devastar la infraestructura económica y productiva venezolana. Un saqueo sistemático a las tradiciones históricas venezolanas y una usurpación descarada de la franquicia bolivariana harían el resto. Al extremo de ultrajar los restos del Libertador, entregados a la voracidad de paleros, santeros y brujos cubanos y fabricar una versión castrochavista del libertador: una imagen lambrosiana que le quitaba toda prestancia, toda genética mantuana y lo convertía en un forajido negroide, de rasgos burdos y mal agestados. Digno capataz de un colectivo. Su base social de apoyo, las populosas barriadas de la marginalidad, que a falta de proletariado podían servirle de carne de cañón conquistada y seducida con la renta petrolera. Su gestor internacional, el Foro de Sao Paulo bajo la comandita de Fidel Castro.

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Será tarea del futuro desvelar en todo su horror el arsenal de medios e instrumentos empleados por Fidel Castro para dominar y controlar espiritual y materialmente al caudillo venezolano. Si en los subterráneos de palacio hedía a restos de animales sacrificados por santeros, paleros y brujos cubanos, importados por cientos desde La Habana, empeñados en ganarse el espíritu del teniente coronel y asegurarle éxito y vida eternas por encargo de Fidel Castro, la necesidad de convencerlo de su estirpe bolivariana y de empoderarlo con sus ideas, emociones y vigores llevó a los más escandalosos procedimientos, transmitidos incluso en vivo, en directo y por cadena nacional. La necesidad de culpar a Páez y los electores del Congreso Constituyente de 1830 del asesinato del Libertador llevó al insólito ultraje de sus restos y a la manipulación de sus huesos con fines esotéricos.  Sortilegios y actos de brujería afrocubana ingresaron al arsenal con que el chavismo venezolano “exorcizaba” a sus enemigos. La televisora del Estado se encargaría de transmitir a santones de la marginalidad religiosa fumando sus condenas y humeando al edificio de El Nacional con inmensos cigarros seguramente de procedencia habanera. Al rojo rojito de la militancia se le agregó pinceladas blanco blanquitas de la santería. La transfusión de sangre y cultura entre las dos repúblicas hermanas subyacía al propósito de unir a Cuba y Venezuela en una nueva realidad sociopolítica, un proyecto animado por los dos Castro y Hugo Chávez, que enarbolaba la bandera cubana montado sobre un carro a alta velocidad en medio de sus paseos de masas como Ulises volviendo a Ítaca. Y se llegó al colmo de izar la bandera cubana por sobre la venezolana en el techo de los principales cuarteles del país. Los expertos en manipulación de masas que servían de asesores de Palacio han de haber creído que el socialismo podía contagiarse por osmosis. Mientras se escenificaban estas maromas propias de la espiritualidad del más enraizado subdesarrollo, se cambiaban los cuadrantes y se corrían las determinaciones temporales – sólo media hora, como para indicar que Venezuela estaba a medio camino entre Caracas y La Habana -, decenas y decenas de miles de soldados cubanos invadían nuestros cuarteles y otras decenas de decenas de miles de cubanos se asentaban en nuestras barriadas con el pretexto de planes sanitarios de cuarta y quinta categoría – aspirinas para el cáncer – la renta petrolera traspasaba cinco mil millones de dólares anuales y más de cien mil barriles de petróleo diarios para satisfacer el hambre congénita de la revolución cubana. Y un cordón umbilical llevaba por las profundidades del Mar Caribe todas las claves cibernético policiales del poder del Estado transfusionado. Notarías, registros, documentos de identidad pasaron a manos de funcionarios del Estado cubano alegando experticia. La Venezuela de Chávez se desangrado echada sobre una camilla del Banco de Sangre del Palacio de la Revolución. Jamás se vio procedimiento más vampiresco y draculiano de colonizar, una isla miserable y envilecida, a un gran país arrodillado humillado y escarnecido por propia voluntad.

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La estricta verdad histórica es que detrás de toda esta siniestra mascarada, de esa nueva ideología del “socialismo del siglo XXI” – “toda ideología es un extravío”, ha escrito Jean François Revel [1] – enarbolada como arma de conquista por Chávez nunca hubo más que Chávez de carne y hueso: el hijo zagaletón, extrovertido, malcriado y malquerido de unos maestros barineses que se deshicieron de su estorbo entregándoselo en crianza a una abuela más paciente y tolerante que ellos y que devendría gracias a la gratuidad y benevolencia de la enseñanza militar venezolana – el medio más expedito, rápido y gratuito para que la pobresía provinciana arribe sin grandes esfuerzos ni sobresaliente inteligencia a ocupar un puesto privilegiado en el macrocefálico, invertebrado y expansivo aparato burocrático de Estado en Venezuela - un clásico y arrollador caudillo llanero, como mandado a hacer para las circunstancias todavía semirrurales venezolanas en versión rejuvenecida y mejorada de los de antes, esos que Juan Vicente Gómez terminó por aplastar en 1903 y por vericuetos y vaivenes de una historia jamás metabolizada y asumida resurgía en gloria y majestad desde las costras de las polvorientas determinaciones fundacionales.  Una suerte de retorno al pasado vestido con una “narrativa galleguiana”, como dijera sin entender lo que decía el provincial de la Compañía de Jesús, Arturo Peraza, quien sin saber que “carece de sentido decir que cuando una ideología esta muerta hay que sustituirla urgentemente por otra (pues) sustituir una aberración por otra aberración es ceder de nuevo al espejismo” como afirmara Jean François Revel en el libro y página citados, quisiera una oposición montada en otra ideología. En otra narrativa “positiva”, como, dice él en el colmo de la ignorancia, la creara Chávez respaldándose en Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos.  ¿Nuevos aires vaticanos? Sólo tú, estupidez, eres eterna.

 

[1] “Toda ideología es un extravío. No puede haber ideología justa. Toda ideología es intrínsecamente falsa por sus causas, motivaciones y fines, que consisten en realizar una adaptación ficticia del sujeto a sí mismo; a ese ‘sí mismo’, al menos, que ha decidido no aceptar la realidad ni como fuente de información ni como juez del correcto fundamento de la acción”. Jean François Revel, La gran mascarada. Taurus, 2000, pág. 61.