• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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América Latina, la vergüenza

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Casi cuarenta años del implacable diagnóstico de Carlos Rangel: la de América Latina no es solo la historia de un fracaso. Es la historia de una vergüenza. Esperemos por el despertar. Para barrer esta inmundicia de cabo a rabo. Es un imperativo moral. Es un imperativo categórico. 

Lo único cierto y verdadero, escribió posiblemente el intelectual más serio, de mayor calado y más trascendente de la historia contemporánea de Venezuela –nos referimos a Carlos Rangel– es que la historia de América Latina ha sido un fracaso. Lo puso negro sobre blanco en su obra cumbre, Del buen salvaje al buen revolucionario, escrito en 1976. Cuando los países del Cono Sur atravesaban por cruentas dictaduras, Cuba había sido derrotada en América Latina en toda su línea, las democracias brillaban por su ausencia y salvo Venezuela, que alzaba su voz en defensa de las libertades y los derechos humanos, el Estado de Derecho era la gran asignatura pendiente de sus restantes países. La democracia, donde existía, era una dictadura perfecta, como dijese Mario Vargas Llosa en 1990 refiriéndose a México. Había razones para la angustia y suficientes motivos para el orgullo: Venezuela no solo afianzaba sus instituciones, sino que velaba por auxiliar a los países sometidos a cruentos sistemas represivos.

El mismo Vargas Llosa estará conmovido por lo que acontece en los países miembros de la OEA. A pesar de su beneplácito por la democratización de la región y la bienvenida que le diera al Brasil progresista de Lula, a la cabeza de un cambio hacia la liberalización de América Latina que estimó histórico, hoy se habrá enterado no sin dolor de la ofensa con que los gobiernos de izquierda hegemónicos a lo largo y ancho de todo el continente han respondido al llamado de auxilio de los demócratas venezolanos, poniéndose al lado de una infecta dictadura plagada de latrocinios, corruptelas, robos, abusos y atropellos sin nombre a los derechos humanos.

Y no está de más señalarlo: es la primera vez en la historia que las sedicentes democracias de la región respaldan de manera unánime a una fétida, pestilente dictadura. Que no conforme con perseguir, reprimir, encarcelar e incluso asesinar a sus adversarios ha desplegado una criminalidad digna de los bajos fondos del Chicago de la Ley Seca. Aún resuenan en mis oídos las alabanzas y elogios con que nuestro gran pensador se refería durante la celebración del cuarto de siglo de Cedice, en Caracas, al progreso de las democracias en América Latina, desconociendo que, dada la imposición del castrismo sobre Lula y su Foro de Sao Paulo, esa democratización era no solo un arma de doble filo, sino un cántaro de agua de borrajas.

¿Democracia la manejada con mano de hierro y métodos hamponiles por la viuda de Néstor Kirchner en Argentina? ¿La misma de quien caben más que fundadas sospechas de encontrarse tras el asesinato del fiscal Alberto Nisman? ¿Democracias todas las otras, tan serias y responsables ellas, como las de Mme. Bachelet y Mme. Rousseff, capaces de amparar actos en absoluto cónsonos con una sólida moral pública y dispuestas a correr en auxilio del dictador venezolano, sepa Dios siguiendo qué instrucciones de sospechosa unanimidad política?

La inmoralidad en que acaban de incurrir los miembros de la OEA al solidarizarse con comprobados violadores de los derechos humanos, asesinos de medio centenar de jóvenes universitarios, carceleros de autoridades opositoras constitucionalmente electas –como el alcalde metropolitano Antonio Ledezma– a quienes no se les puede demostrar un solo delito, como sucede asimismo con Leopoldo López, encarcelado hace ya más de un año, sin juicio, sin testigos, sin prueba alguna. Y sometidos a un trato capaz de inducir al suicidio, como acaba de suceder con un inocente de toda inocencia. ¿Es esta una democracia? ¿Son democracias las que corren en su auxilio para impedir su caída? ¿Son democracias las que aun sabiendo que Venezuela se encuentra en manos de la tiranía cubana juegan a la defensa de la soberanía porque Estados Unidos, ejerciendo un derecho constitucional, les retira el visado y les congela los bienes a quienes son manifiestos violadores de los derechos humanos?

Ofende la estulticia de un continente hundido en sus taras congénitas, en su nacionalismo estrecho y canalla, en un concepto de dignidad que favorece el asalto de Cuba a Venezuela, a la que esquilma y explota sin medida, haciéndose cómplice de sus latrocinios, pero chilla ante la sola idea de que Estados Unidos tome alguna medida que disguste al sátrapa de los Castro en Caracas. Y a los mismos Castro, que juegan el doble juego de acercarse y quemar. Primera vez en la historia en que sedicentes democracias, apartando de un manotazo sus compromisos democráticos refrendados en más de una solemne Carta Democrática, auxilian a las dos más pestilentes dictaduras del Caribe: Cuba y Venezuela.

Casi cuarenta años del implacable diagnóstico de Carlos Rangel: la de América Latina no es solo la historia de un fracaso. Es la historia de una vergüenza. Esperemos que el despertar llegue. Para barrer esta inmundicia de cabo a rabo. Es un imperativo moral. Es un imperativo categórico.