• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Alea iacta est

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Quienes han trajinado entre los corredores de la política saben de la importancia de las maquinarias. El PSUV, propiamente el fantasma redivivo de Acción Democrática, su antecesor y antecedente más directo, ha llegado a las mismas orillas que su pater familias en 1998. Al borde del abismo con una oxidada y destartalada maquinaria en las manos. No le servirá de paracaídas. Pregúnteselo a Alfaro.

Comienzan a apreciarse los clásicos movimientos telúricos que acompañan los procesos de decantamiento cuando se ajustan las placas tectónicas de las urgencias sociales y políticas en crisis: surge y se acrecienta la desafección, la inminencia de la catástrofe acelera el abandono del barco del Estado, los pañuelos blancos comienzan a asomarse por las ventanillas de la sentina y un ruido como de acomodos a las futuras circunstancias resuenan por los despachos de gobierno. Se acerca el fin de la comedia. Como diría el gran Julio César al borde del Rubicón: “Alea iacta est”. El juego llegó a su final. Hagan las apuestas.

No es preciso esperar a los idus de diciembre para constatar que el país se mueve aceleradamente en dirección a la transición. Cuenta María Corina Machado que la gente de los pueblos del interior que recorre incansablemente y con auténtica pasión construyendo el que será su partido de respaldo para las grandes tareas a las que se apronta en el futuro inmediato, le señalan que esto huele a 1998. Me he preguntado por el sentido de la observación, más allá de los turbulentos aires de cambio que, como entonces, parecen avizorarse. Un viejo militante de AD con íntimos contactos con ex compañeros ahora aposentados en el PSUV, me da la respuesta: en 1998 el caudillo monaguense Alfaro Ucero reunía a sus tropas y ante el horror de la batalla, que intuía perdida, ordenaba poner en movimiento hasta el último tornillo y la penúltima tuerca de su maquinaria. Era todo lo que tenía: un vejestorio oxidado que le sirviera de armadura durante su larga carrera al frente de las columnas del partido del pueblo. Ordenó abrir los archivos, excavar de las profundidades de carpetas y archivadores arrumbados los nombres, datos y direcciones de los becarios, protegidos, auxiliados y recomendados por el partido en todos sus años de historia, visitarlos casa por casa, puerta por puerta, para obligarlos a votar según las instrucciones del partido. Que el deslave chavista prometía tsunami. Exangüe, anémico, aquejado de una grave avitaminosis y apenas en pie, eso era todo lo que tenía el otrora principal y magnífico partido del pueblo: archivos, maquinaria, listados.

Es exactamente lo que sucede con el PSUV. Olvidados y ya idos los tiempos en que una arenga del teniente coronel alebrestaba a sus huestes y sus huecas promesas ponían a tremolar a sus cohortes, sin un peso en las faltriqueras y ni un cogote de pollo en sus cajas de caudales, se murió el calor de la feligresía, se acabó el amor de las masas, desapareció la fascinación por el rojo rojito. “Hechos son amores, y no buenas razones” se oye escanciar en los barrios populares. Lo que, en buen latín, bien hubieran podido decirle a Julio César: Hic Rhodus, hic salta! Aquí y ahora es que hay que echarle bolas, Julito. Y como nadie se muere el día antes ni renuncia a respirar antes de tiempo, hete aquí a los burócratas del partido de la dizque revolución repitiendo la inútil faena de Alfaro Ucero en 1998: buscando entre los trastos de las viejas glorias del desván del partido los nombres de la maquinaria. ¡La maquinaria, Darío! –se le oye exclamar a Nicolás Maduro. ¡La maquinaria, Jacky!– increpa Cilia, su mujer. ¡La maquinaria Jorge Rodríguez! –reclama El Aissami–. Allí estarán trajinando a los inscritos en la Misión Vivienda, si es que entre tanto desastre no han usado los papeles del archivo para limpiarse el trasero.

Quienes han trajinado entre los corredores de la política saben de la importancia de las maquinarias. El PSUV, propiamente el fantasma redivivo de Acción Democrática, su antecesor y antecedente más directo, ha llegado a las mismas orillas que su pater familias en 1998. Al borde del abismo con una oxidada maquinaria en las manos. No le servirá de paracaídas a la agonizante revolución bonita. Pregúnteselo a Alfaro.


 @sangarccs