• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Adiós, poeta

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Veo la foto de Lula sonriente del brazo de quien es acusado de dirigir un cartel de narcotraficantes. Imposible que desconozca la verdad de la circunstancia. Ha sido durante dos períodos el presidente de la octava potencia del mundo. El país que se encuentra bajo las botas de su sonriente camarada venezolano acaba de impedir lo que ni Pinochet le impidió a Felipe González en los más pavorosos tiempos de su dictadura: visitar un preso político. ¿Habrá un fin? ¿O el mito del eterno retorno refiere la imposibilidad del género humano de despegarse de las inmundicias pantanosas de sus peores experiencias?

 

Releo, con la misma, renovada pasión con que las leyera por primera vez cuando fueran editadas por Tusquets, hace quince años, las memorias de Jorge Edwards sobre su entrañable amigo Pablo Neruda. Para mí, particularmente entrañables porque recrean un universo que me fuera cercano y familiar: el Santiago de los años cincuenta-sesenta que me vieran salir de la adolescencia, entrar en la universidad y compartir circunstancias y personajes que desfilan de la mano de la maravillosa prosa del gran novelista chileno. Isla Negra, el Quisco, el Tabo, Zapallar, frente al estrépito y la bravura del Pacífico. O el Santiago de esos tiempos casi pueblerinos de Los Guindos, donde viviera Neruda con la Hormiga, la pintora argentina Delia del Carril, su esposa durante años. A quien también yo visitara cuando pasaba de los noventa años. Ese Santiago polvoriento, sin asomos de la tragedia que un día no muy lejano se le vendría encima, o el París que se aprontaba al telúrico remezón de Mayo del 68 al que llegáramos por las mismas fechas.

Él, bastante mayor, pero yo curioso e inquieto como era por esos años, visité los mismos lugares, conocí los mismos personajes, estudié con los mismos profesores y hasta fui amigo de algunos de sus mismos amigos. Joven comunista asistí a mediados de los cincuenta a más de una conferencia que diera en la sede del partido: Neruda, el cetáceo, posiblemente la figura literaria más extraordinaria de la cultura y la intelligentsia chilenas de esos y todos sus tiempos, ocupa el centro del escenario de esa nostálgica y poderosa despedida: Adiós, poeta.[1]

Pero no son ni la remembranza de esos tiempos perdidos para siempre ni la nostalgia de lo que ya murió los sentimientos que me llevan a compartir la lectura de esas memorias extraordinariamente amenas y ricas en antecedentes sobre la germinación del boom, la vida en el Santiago de los cincuenta y el París de los sesenta. Es constatar que las experiencias sórdidas y tenebrosas del castrismo que en estas páginas se relatan, primero admirado y luego aborrecido por el gran poeta chileno y su memorialista –que viviera poco después de lo narrado en estas páginas el despliegue de la tiranía cubana en todo su esplendor mientras fuera el plenipotenciario de Salvador Allende ante Fidel Castro, quien terminara por sacarlo de la isla de manera ignominiosa declarándolo persona non grata– llegaría a experimentarlas en carne propia más de cuarenta años después en Venezuela, como si de una kafkiana pesadilla infinita, recurrente e interminable se tratara. De un monstruo que echó raíces en tierra fértil y parece haberse entroncado para siempre con las peores tradiciones de nuestra vida política: el autocratismo, el caudillismo, la tiranofilia. Como si la modernidad se negara a acampar en nuestras costas.

Es claro: comparar los fulgores iniciales de la revolución cubana, el deslumbrante despliegue de su atracción turbulenta, asistir a la adoración de los más brillantes intelectuales occidentales en esos años verde olivo –de Sartre y Simone de Beauvoir a Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa– con la cloaca en que derivara medio siglo después, la miseria apocalíptica en que se arrastra y, lo que es verdaderamente insólito, sufrir en primera fila la satrapía que ha puesto en pie en un país, el nuestro, que ha perdido toda grandeza, toda dignidad, todo decoro, todo señorío, no puede menos que causar una impresión imborrable.

¿Cómo pudo el país de Miguel Otero Silva –amigo íntimo del vate–, de Arturo Uslar Pietri y Rómulo Betancourt, venir a dar a las manos de esta pandilla de forajidos y asaltacaminos? Es más: ¿cómo pudo la región venir a dar a las manos de quienes la han convertido en un zaguán pueblerino, en un lupanar, en un matadero corrupto y a veces despreciable?

Veo la foto de Lula sonriente junto a una autoridad venezolana acusada de dirigir un cartel de narcotraficantes. Imposible que desconozca la verdad de la circunstancia. Ha sido durante dos períodos el presidente de la octava potencia del mundo. El país que se encuentra bajo las botas de su sonriente camarada acaba de impedir lo que ni Pinochet le impidió a Felipe González hace exactamente cuarenta años, en los más pavorosos tiempos de su dictadura: visitar y darle un consuelo a sus presos políticos. ¿Habrá un fin para tanta pesadilla? ¿O el mito del eterno retorno no se refiere al regreso a los años dorados de nuestro pasado primigenio sino a la imposibilidad del género humano de despegarse de las inmundicias pantanosas de sus peores taras fundacionales?

 


[1] Jorge Edwards, Adiós, poeta… Tusquets, Barcelona, 1990.