• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

La Acción Democrática que un día fue

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Basta comparar el progreso y desarrollo, en todos los órdenes de nuestro país, logrados por la dictadura militar desarrollista entre 1948 y 1957 con los de la dictadura castrochavista entre 1999 y 2014, para concluir que la violencia revolucionaria encauzada por la Acción Democrática de Rómulo Betancourt para salir de ella estaría hoy mil veces más justificada que entonces. El que no suceda así es prueba concluyente de una infamia y una traición. El tiempo les exigirá a los responsables cuentas en orden. La historia no los absolverá.

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Ciertamente: se arrepintió. Si bien no hizo alarde de sus arrepentimientos. Rómulo Betancourt no era un filisteo ni un mercachifle, un entrador, un arribista o un buhonero de lo público: era, como lo describiera de una vez y para siempre Manuel Caballero, “un político de nación”. A los 20 años ya era el que llegaría a ser: un líder, un visionario. Un hombre de acción. Al que para su y nuestra inmensa fortuna le acompañaba un cerebro privilegiado, una homérica capacidad de presagios y una riqueza intelectual que ningún político venezolano, salvo Bolívar, tuviera en los doscientos años de república. Un estadista.

Pero se arrepintió. Así su arrepentimiento se fraguara en lo que el marxismo, que conocía profunda y seriamente, de verdad, como la palma de su mano en teoría y acción, llama “autocrítica práctica”. Dotado de una insólita inteligencia, de una capacidad de observación de hechos y hombres propia de los grandes estadistas, tuvo los dos principales atributos que hacen de los hombres personajes hacedores de historia: voluntad y decisión. Los dos ingredientes que acompañaron su decisión de sumarse a la conspiración de los jóvenes oficiales venezolanos que quisieron cortar por lo sano en los momentos de vacilaciones y dudas del pos-gomecismo y dieron el golpe de Estado del 18 de octubre de 1945.

Así suene paradójico y extravagante, fue el haber participado como figura protagónica en dicho golpe de Estado lo que terminó de fraguar y blindar sus convicciones democráticas. Pues, culminando el periplo que le diera luz verde para su intervención en un golpe de Estado –montarse en el tren blindado del militarismo vernáculo para dar nacimiento a una auténtica democracia venezolana– otro golpe de Estado, este sin intrusiones civilistas y democráticas, puso fin al castigo: contrariamente a lo dicho por su maestro en la distancia, Nicolás Maquiavelo, el fin no justificó los medios.
Como haría decir Brecht a su personaje Galileo Galilei una década antes, “para desayunar con el diablo se requiere un cucharón muy largo”. Y una inescrupulosidad propia de matarifes. Betancourt era un estadista ejemplar, no un matarife.

Aun así: decidido a arrebatarle Venezuela a la escoria golpista, militarista, caudillesca y dictatorial, que sabía constituía el último sustrato filogenético de la Venezuela dominada por lo que los positivistas de fines y comienzos de siglo llamaran “el llaneraje salvaje”, esas tribus de bandoleros y hors-la-loi que vagaban por los llanos venezolanos y espantaran la conciencia de Humboldt, se unieran a Boves y terminaran preñando la independencia de salvajismo, oprobios, latrocinios y expropiaciones, se propuso tras trece años de exilio, destierro y trashumancias salir de la dictadura de Pérez Jiménez, como lo escribiese en 21 de mayo de 1957 a Carlos Andrés Pérez y  Luis Augusto Dubuc “evolutiva o a la brava”. Se dio para ello un corto plazo, tras lo cual, si el dictador continuaba en el poder, dejaría de hablar paja y se iría al monte, como lo estaba haciendo Fidel Castro en la Sierra Maestra, seguro de que él sí tendría éxito de verdad, no como el fantoche de Castro: “Si en el 57 o comienzos del 58 no hay solución al problema venezolano –evolutiva o a la brava– no nos quedaría otro camino sino el de ponernos un bozal, y no hablar más en el exilio de los atropellos, etc., de esa gente. Por propio respeto, tendríamos que callarnos definitivamente”. Unas líneas antes lo había expresado con la mayor claridad: “Lo que está haciendo Fidel Castro, y con mucho más éxito, debí hacerlo yo en 1950; y eso deberemos hacerlo si en 1957 o comienzos del 58 no hay solución al problema venezolano”. Más claro, echarle agua. Aquel dirigente de lo que ha devenido medio siglo después lo que fuera antaño el partido del pueblo, si puede, que lo desmienta.

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Si era lo que pensaba en su intimidad y se lo comunicaba a su hombre de mayor confianza, el más legítimo de sus herederos, traicionado luego por sus ilegítimos heredados, la profunda visión del estadista primó a la hora de hacer públicas sus posiciones respecto a la naturaleza de la lucha contra la dictadura. Desde La Habana y en el curso de ese mismo año ordenó orientar el combate con la dictadura en términos pacíficos, si ello fuera posible. Si la memoria no me engaña se lo declaró en Bohemia a Simón Alberto Consalvi. Temía los desbordes de la indignación popular en la que estaban empeñados los jóvenes rebeldes encargados de la dirección del partido ante la ausencia de sus dirigencias tradicionales, asesinadas por la Seguridad Nacional o en el exilio. Y la posibilidad objetiva –dicho en términos marxistas– de que ese desborde derivara en una revolución incontrolable, de corte marxista leninista, como la que debe haber avizorado en la Cuba que se zafaba de Batista con la insurrección popular y civil y las guerrillas castristas. La otra razón era incluso de mayor peso para el proyecto que ambicionaba secretamente: contar con el respaldo de Estados Unidos para refundar la república en plena Guerra Fría. Evitar los desbordes y controlar férreamente a sus díscolas militancias era la única demostración de lealtad democrática que podía poner sobre la mesa llegado el momento de las conversaciones en Washington: su militante anticomunismo.

Pero aun para un estadista de la talla de Betancourt, el hombre propone, pero es Dios quien dispone. Y ya al borde de la caída de Pérez Jiménez, en su lejanía comprende que ha llegado la hora de la acción definitoria. “El régimen despótico está viviendo sus últimos días, pero no caerá como fruta podrida. Hay que hacerlo caer”, escribe el 14 de enero de 1958. El mismo día les escribe a los “queridos compañeros del CEN”: “Desde aquí veo el panorama nacional definitivamente favorable. El despotismo caerá en el curso de días –acaso haya caído cuando esta carta llegue a manos de ustedes–, o de semanas, o de meses. Pero caerá. La sentencia está escrita en el muro, pero hay que darle, ahora sí, el empujón definitivo”. Quiso la ironía de la historia que esa carta la recibiera Sáez Mérida cuando repicaban las campanas llamando a la huelga general, a escasos días del 23 de enero, y que Héctor Pérez Marcano, miembro de la dirección nacional, se la escondiera en uno de sus zapatos mientras trajinaba la insurrección de un lado a otro de Caracas en medio de las refriegas con la Guardia Nacional y la policía política de la dictadura. Los consejos de Betancourt de acentuar el pacifismo –Esta es una manifestación cívica y pacífica, recomendaría como eslogan– se hicieron extemporáneos. El déspota había caído. No se produjo un solo diálogo. Para Betancourt, dialogar con el tirano en vez de empujarlo al abismo hubiera sido una blasfemia.

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Las diferencias entre la actuación de Rómulo Betancourt y de Acción Democrática frente a la dictadura militar de Pérez Jiménez, desarrollista y en todos sus sentidos, inmensamente más beneficiosa para el país que el aterrador desastre de la devastación castrocomunista que hoy nos aflige, y la de su actual dirigencia frente a la dictadura de Maduro y el chavismo, es tan abisal, que llega a ser incomprensible. Difuminando todos los contornos que puedan vincular la una con la otra. Pues, una cosa era pedir control de los acontecimientos y manejo político del movimiento de masas, preservando la necesidad de la unidad e incluso sacrificando algunas consignas –como la renuncia del déspota, para obtener consensos– y otra muy distinta buscar entendimientos con la dictadura y poner partido y hombres de frente contra la insurgencia popular, apostando a espurios entendimientos como los que hoy impiden la resolución de la crisis y la apertura hacia la Venezuela moderna que los tiempos reclaman.

Es la tragedia que nos abruma: ni AD es lo que fuera cuando respondía a las necesidades históricas y los impulsos de sus mejores hombres, ni Primero Justicia, el MAS, Un Nuevo Tiempo y los restantes partidos que hacen vida en la MUD se empinan a las alturas de quienes, desde Copei y URD formaron parte de la Junta Patriótica que asumió la responsabilidad de enrumbar a Venezuela hacia la transición democrática. No se hable del partido de Santos Yorme, rebajado a conciliábulo de gestores y promotores de negociados y corruptelas.

Solo una mínima visión panorámica de nuestra historia permite valorar en su justa medida cuán aviesas y deleznables han sido las declaraciones de Henrique Capriles y Henry Ramos Allup en defensa de lo indefendible: un régimen dictatorial ante una insurgencia popular. El asesinato de 45 jóvenes venezolanos, la prisión y la persecución de miles de combatientes, la cárcel de uno de nuestros más promisorios líderes, y la cantidad abrumadora de iniquidades cometidas contra quienes adversan de frente, inermes y a pecho descubierto la barbarie de un régimen dictatorial que llegó al extremo de entregar nuestra soberanía en uno de los actos más bochornosos de nuestra historia independentista. Que callan los asesinatos a mansalva de la dictadura pero condenan las guarimbas con que nuestra juventud expresa su protesta. Llegando al colmo de culparlas por dichos asesinatos, repudiando “la violencia callejera provocadora de muertes” y respaldando al sátrapa y jefe de los asesinos al callar sus viles acciones tiránicas.

Basta comparar el progreso y desarrollo, en todos los órdenes de nuestro país, logrados por la dictadura militar desarrollista entre 1948 y 1957 con los de la dictadura castrochavista entre 1999 y 2014, para concluir que la violencia revolucionaria encauzada por la Acción Democrática de Rómulo Betancourt para salir de ella estaría hoy mil veces más justificada que entonces. El que no suceda así es prueba concluyente de una infamia y una traición. El tiempo les exigirá a los responsables cuentas en orden. La historia no los absolverá.