• Caracas (Venezuela)

Antonio Rodríguez Vicéns

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El centenario de La metamorfosis

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Hace cien años, en diciembre de 1915, se publicó La metamorfosis, de Franz Kafka, escrita en noviembre de 1912. Ha sido leída con admiración y ha ejercido una influencia decisiva en la literatura hispanoamericana. Para Gabriel García Márquez, por ejemplo, su lectura fue una revelación. En El olor de la guayaba, que reúne sus conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, relata cuándo comenzó su interés por las novelas. “Estaba en la universidad en primer año de Derecho (debía tener unos 19 años de edad), y leí La metamorfosis… Coño, pensé, así hablaba mi abuela. Fue entonces cuando la novela comenzó a interesarme. Cuando decidí leer todas las novelas importantes que se hubiesen escrito desde el comienzo de la humanidad”.

En las cartas enviadas por Kafka a Felice Bauer es posible seguir paso a paso, con minuciosidad, con interrupciones e incertidumbres, “inequívocamente aguijoneado por la desesperación”, en medio de una crisis de insomnio casi total, el doloroso proceso que vivió para la redacción de La metamorfosis. El 17 de noviembre de 1912 le comunica por primera vez: “Tengo que escribir un cuento que me ha venido a la mente en la cama, en plena aflicción, y que me asedia desde lo más hondo de mí mismo”. Seis días después, el 23 de noviembre, además de lamentar que no ha trabajado nada, le comenta que ha empezado “a crecer y convertirse en una historia de más envergadura”. Es “un poco terrorífica” y “te daría un miedo espeluznante”.

“Qué extremadamente repulsiva –le confiesa ese mismo día– es la historia que acabo de apartar a un lado para recuperarme pensando en ti. Ha avanzado ya hasta un poco más de la mitad, y en conjunto no estoy descontento con ella, pero en cuanto a nauseabunda, lo es de un modo ilimitado, y cosas como esas, te das cuenta, provienen del mismo corazón en el que tú habitas y toleras como morada”. El 24 de noviembre lamenta que su trabajo será interrumpido nuevamente: viajará, por asuntos de su oficina, a Kratzau. Al día siguiente le ratifica su preocupación: “Hoy tengo que abandonar mi cuento, en el que no he trabajado tanto como ayer, y dejarlo descansar entre uno y dos días debido al maldito viaje ese a Kratzau”.

La redacción continúa entre fatigas, interrupciones y zozobras. En carta probablemente escrita en la noche del 5 de diciembre de 1912, exclama: “Llora, mi amor, llora, ¡ha llegado el momento de llorar! El héroe de mi cuento ha muerto hace un rato. Si ello te consuela, te diré que ha muerto bastante apaciblemente y reconciliado con todos. La historia propiamente dicha todavía no está terminada, la verdad es que no me quedan ganas de seguir con ella y dejo el final para mañana…” En efecto, en la madrugada del 7 de diciembre, con insatisfacción, le informa: “Mi pequeña historia está terminada, sólo que no estoy contento del todo con el final que me ha salido hoy, hubiese podido ser mejor, de eso no hay duda”.


Antonio Rodríguez Vicéns

EL COMERCIO | ECUADOR