• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Antonio López Ortega

La siembra de una hipoteca

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Las críticas que sirvieron para condenar los desvaríos del período  democrático que se esfuma en 1998 se han quedado como niñas de pecho frente al acoso que hoy ha dejado vacías las arcas públicas. El despilfarro, el robo sistemático, la noción de lo público como botín, le ha sustraído a los venezolanos en estos últimos quince años un millón de millones de dólares según los cálculos más conservadores. Nada en nuestra historia se compara con este arrebato cruel y de una responsabilidad infinita de cara a nuestros connacionales. Se trata de la siembra de una hipoteca pública, de un lastre de fango, que condenará el futuro de generaciones enteras. Lo curioso, lo alarmante, es que quienes la provocan llegaron al poder con argumentos que remitían a la deuda social, a los desposeídos, a las desigualdades aberrantes. ¿Qué de verdad hubo en esos discursos redentores y qué de pretexto para al fin ponerle la mano al tesoro nacional? ¿Qué mensajes de esencia espiritual anidaban en esas mentes o es que todo fue sólo mascarada? Conviene tratar de entender los valores de esta nueva clase política (si se puede llamar tal) hasta auscultar qué la mueve, qué la anima, qué la orienta. Porque a simple vista son más calco que originales, son más repetidores que ingeniosos. En materia económica, son hiper-rentistas, al punto de extraer la riqueza de un solo bien y acabar con todas las otras fuentes de producción. En materia agrícola, son exterminadores, porque han preferido acabar con los campos e importarlo todo, favoreciendo a los productores de países extranjeros. En materia sanitaria, son propiamente la peste, porque ahorcaron la red hospitalaria para crear otra de dispensarios que, de paso, no atienden con médicos venezolanos sino importados. En materia educativa, ahorcan a las universidades nacionales y recanalizan los fondos hacia universidades militares, para no hablar de la asfixia que provocan en las escuelas privadas. En materia cultural, sólo valen las culturas tradicionales (mientras más anónimas, mejor), a las que adicionalmente adoctrinan hasta invertir sus patrones. En materia política, desconocen todo lo que sea distinto a lo que ellos pregonan, hasta reducirlo a “polvo cósmico”. En materia comunicacional, al menos no han sido hipócritas, pues han promulgado paso a paso aquello de la “hegemonía comunicacional”. En materia de derechos humanos, los únicos que postulan son los de sus vasallos políticos, pues los de los otros se reducen a presidios y torturas.

En síntesis, pareciera que esta clase política llegó para arrasar y fugarse, jugando con la última pizca de esperanza que le quedaba a los desposeídos, quienes creyeron ver en el poder a un semejante y no al diablo (en remota etimología, el que divide), que pudo reinar quebrando el espíritu colectivo en dos bloques irreconciliables. Al parecer, del pasado sólo aprendieron los vicios que ya se veían en la clase que los precedía, pero perfeccionándolos y magnificándolos hasta niveles insospechables: el desmontaje de un país, la abolición de la república.

Mientras el espectáculo nacional se reduce a viajes improductivos, a proclamas huecas, a medidas que no son tales, a anuncios de que algo se anunciará en el próximo anuncio y a fugas de funcionarios que buscan refugio a cambio de testimonios, los que aquí perseveramos nos quedaremos con nuestra hipoteca de rostro paquidérmico. Éste será el juguete de nuestros niños por muchas Navidades, el adorno de nuestra mesa de comer, el único animal de nuestro zoológico, la única fiera que dibujaremos en nuestros cuadernos, la solitaria materia de nuestros manuales de enseñanza. La terminaremos queriendo, sobando, compadeciendo, porque se parecerá mucho a nosotros. Pero cada cierto, recordaremos a los que alguna vez nos la trajeron para convertir nuestra vida en este inhóspito safari, cazadores furtivos que con suerte vivirán en otras selvas.