• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

El otro régimen

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En días recientes me costó reconocer a un amigo que no veía desde hace ocho meses. Solemos encontrarnos por asuntos de trabajo y el tiempo había pasado sin que coincidiéramos. Al entrar por la puerta de la sala de reuniones, el amigo que siempre ha sido alto, corpulento y de hombros gruesos, aparecía esmirriado y sudoroso. Su rostro tenía tejido colgante y la sombra de unas ojeras. Lo sentí apenado y me saludó con la cabeza gacha, como si mi desconcierto lo hubiera afectado. Tardé minutos en entender y, buscando conversación, le pregunté por su esposa e hijos. Estuve a punto de indagar sobre una eventual enfermedad cuando algo de raciocinio vino a mi auxilio: la enfermedad no era tal, sino hambre, pura y penosa hambre. Mi amigo admitía que de noventa kilos bien llevados había pasado a sesenta. Y buscaba cambiar de conversación para evitar ser el centro de las preocupaciones.

Horas después, como la reunión se alargaba y nos cogía el almuerzo en plenas consideraciones, unas asistentes nos pusieron sobre la mesa barras de pan, jamón, queso, tomates y algunos aderezos. Impusieron una sanduchada y se alejaron discretas. Comenzábamos a comer mientras revisábamos los puntos pendientes. Mi amigo veía los ingredientes con expectación, y no se atrevía a alargar la mano. Sentía que aquello no le pertenecía. Tuvimos que insistirle para que comenzara a actuar. Tomaba el pan con sutileza, como si lo sobara, y lo abría con extrema lentitud. Escogía una sola lonja de jamón y la doblaba. Colocaba sólo dos rodajas de tomate, una en cada punta, y sentía que era suficiente relleno. Los demás comenzaban a refrenarse, para estar a tono con la austeridad que se imponía. La conversación bajaba de tono, se silenciaba, y un manto de mudez terminó por imponerse. Todos masticábamos sin ganas, incómodos, esperando tragar los últimos bolos para regresar a la reunión.

La escena se repite de una u otra manera. Otro amigo que tiene una pequeña operación industrial en Paraguaná, con unos cien obreros, al ver las agudas pérdidas de peso de gente expuesta diariamente a trabajo físico, decretó la compra diaria de cien almuerzos completos para su personal, con la esperanza de que tuvieran al menos una comida de las tres reglamentarias. Pero con paños calientes no se cura una herida vertical, honda, que ya toca toda la médula social. Al lado de toda la literatura frívola que invita a adelgazar de múltiples maneras, he aquí un método infalible, un régimen inexorable, que le permitirá recuperar su cintura de avispa. Sin remedios, sin pastillas, sin gimnasia y sin sudor. Pura y simple hambre, una ayuna perpetua que le permitirá ver hasta los ángeles.

El régimen que nos ahoga desde hace décadas, en sus postrimerías, ahora se inventa y nos impone un régimen de alimentación que consiste en la nadería, en la nada, y que era previsible esperar si por años vienen destruyendo toda la producción agroalimentaria de la Nación y dedicando los fondos públicos a compras foráneas injustificadas que terminaban en coimas y beneficios cambiarios. El horror que se ha sembrado en la población, la pena hasta por comer, es absolutamente condenable, veja lo más íntimo del espíritu, y necesita identificar responsables tarde o temprano. Que los negociados de una camarilla, bajo el argumento del “hombre nuevo”, haya postrado el país, convierta a las personas en animalillos sedientos, obligue a hurgar en la basura, no tiene perdón de Dios, pero tampoco de los venezolanos, pacientes pero no idiotas, cuyo sacrificio de hoy es la base del país de mañana.