• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Antonio López Ortega

Un país llamado Cadenas

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A la luz del homenaje que se le ha hecho esta semana a Rafael Cadenas en el Festival de Poesía de Madrid (Poemad), vale la pena hacer algunas reflexiones sobre la gravitación de una obra que ha representado, por qué no decirlo, la más importante aventura textual de estos tiempos. Sus poemas nos acompañan como talismanes desde 1958, con la aparición de Una isla, y ya son cinco décadas de cercanías, revelaciones, renuncias, lecciones o aprendizajes. Mi generación, particularmente, ha crecido con esta poesía, ha bebido de ella, ha hecho suya todas las sonoridades. Es nuestro poeta por antonomasia, nuestra secreta compañía, nuestro mascarón de proa. Se me dirá que este ensalzamiento nada tiene que ver con una poesía que reseña la humildad, que busca lo esencial de la vida, que se aparta de aspavientos, que ve en el yo –esa sacrosanta institución de Occidente– una gran trampa. Pero quizás nuestros accidentes históricos, nuestra ruina política y moral, ha visto en esta poesía del despojamiento, paradójicamente, una tabla de salvación. Nunca pensó Cadenas que su poesía pudiera significar tanto para tantos lectores que la buscan o que encuentran refugio en ella. Pero nuevamente son las circunstancias las que han obrado para que esta conjunción sea así.

Valga también decir que el referente país, de cara al apetito de las vanguardias, ha significado poca cosa. Se le relegaba, se le desdeñaba, se le guardaba en el cajón de los objetos perdidos. Pero esta convicción también mostraba que nadie valora lo que ya tiene, como el aire que respiramos. El país, digamos, es un fait accompli, es el armario donde colgamos la ropa. Con esa seguridad, con ese terreno firme, la literatura avanza en libertad plena, pendiente de su propia evolución, rasgando las vestiduras del conservadurismo y sembrando flores en la cabeza de los obtusos. Hasta que, por supuesto, el país cesa, se detiene, se disuelve, que es lo que ahora ocurre. Nos quitan la pista desde la que despegábamos, nos ocultan las certezas, nos disuelven la cultura que nos explicaba o nos exponía. La libertad con la que una obra como la de Cadenas ha crecido o evolucionado para criticar el sentido de posesión, los tontos afanes, la vanidad, los modos superfluos de la vida de hoy, y apostar más bien por la trascendencia, por la llama que es todo ser, por una condición más celestial y menos terrenal, también cesa o se suspende sin las certidumbres que nos parecían naturales, eternas. Y es en estos últimos años cuando, sorprendentemente, sin que estuviera destinada a ello, la obra de Cadenas, a falta de país, crece entre adeptos y lectores para constituirse en un país alterno, con geografía propia, con habitantes, con sentimientos, con certezas. Ocurre así con las grandes obras cuando los sostenes que las postulaban desaparecen.