• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Hacia la noche vamos

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Recurro a este verso de Vicente Gerbasi para tratar de reflejar un estado de ánimo dominante: el de la desesperanza, el de claudicación. La noche del maestro de Canoabo tenía resonancias románticas –la noche como morada, como lugar de reencuentro–, pero la noche que ahora nos imponen es la noche bíblica de los faraones, donde no hay amanecer. La noche del encierro, la noche ciega donde nunca entra la luz. Es impresionante la capacidad de acabar con todo: destruyen la moneda, el valor de las cosas, la producción de cualquier bien; destruyen las ideas, las nociones elementales, el sentido común; destruyen los más esenciales derechos humanos: el derecho a comer, el derecho a tener buena salud, el derecho a estudiar; destruyen la vida cotidiana por la ola de asaltos y muertes que ocurren a diario; destruyen valores que fueron pilares de la cultura venezolana: la participación, la solidaridad, la igualdad, el sentido de pertenencia. ¿De dónde salió esta verdadera cultura de la muerte, que rebaja al que disiente, que apresa al que expresa sus ideas, que insulta públicamente, que amenaza al más desvalido, que enjuicia sin causas o pruebas? ¿De dónde salió esta mirada residual de ver el mundo con rencor, con rabia, con resentimiento? ¿Qué tiene que ver esta conducta con el legado de Andrés Bello, de Mario Briceño Iragorry o de Ángel Rosenblat? Si alguna herencia acogieron del período democrático, esta fue la peor: la de la corrupción, que han sabido llevar hasta desfalcar al país y comprometer las propias reservas internacionales.

El país vive unas horas en las que el propio concepto de nación está en entredicho, en las que las instituciones no funcionan, en las que los ciudadanos están desamparados, experimentando su propia ruina por la irresponsabilidad infinita de la clase gobernante. Es como la nave de los locos, donde los tripulantes sonríen rumbo al abismo. ¿Por qué la obstinación, el absurdo, la temeridad de jugar con la vida de los ciudadanos? ¿Por qué empecinarse en medidas que destruyen el tejido social del país, que no producen prosperidad ni crecimiento? Somos las víctimas de ideas muertas, de diseños pensados para otro tiempo, de concepciones que históricamente se han demostrado ruinosas. Y sin embargo, seguimos “profundizando el modelo”. Pues ese modelo ya nos ha llevado al infierno, o a la noche oscura que nos llena de desaliento. Cada anuncio sobre una nueva “misión”, es en verdad un nuevo cementerio, con sus respectivos muertos y pillos.

La idea de persistir en el error podría ser hasta comprensible si se tratara de gente bruta, porque lo otro –pensar que todo se esté haciendo a conciencia– nos llevaría al mar de las perversiones: una clase política que quiere hacerse de la economía nacional –y también de otros negocios nada legales– para su propio provecho, dejando al resto de los mortales, los llamados connacionales, como bagazo de caña. La operación, según este precepto, llevaría a sustituir a una clase económica por otra, que no sería sino la misma clase gobernante, aderezada con representantes o testaferros.

Sea un escenario u otro, la pérdida moral es absoluta. Nunca los valores de este país habían estado tan sepultados. Lo que se dice o expresa es una mascarada, porque lo que en verdad ocurre es lo opuesto. Se habla de “guerra económica” para ocultar el asalto a las arcas públicas, se menciona al “enemigo externo” para ocultar al verdadero enemigo interno, se alude a las “campañas mediáticas” de terceros cuando el Estado es el gran dueño de medios. El mundo al revés, se hubiera dicho en tiempos de picaresca española. Por esa perversión que todo lo tuerce y que persevera como un demonio de mil tentáculos, nos sentimos en la noche oscura donde nunca amanece. Nuestras fuerzas se agotan y nuestra conciencia se quiebra, al punto de llegar a pensar que los locos de la nave pudiéramos ser nosotros y no los tripulantes que nos anuncian llegar a un puerto del Mediterráneo cuando en verdad nos llevan a las cataratas de Iguazú.