• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

La muerte ronda

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La muerte ronda los pasajes más visibles pero también los más ocultos de la República. Suena declarativo, pero no lo es. Si entendemos finalmente que la muerte es la pérdida de sentido, o más claramente el sinsentido, pues estamos inmersos en ella. Está presente en las casas, veredas, calles, negocios, abastos, parques, plazas, colegios. Las familias se desintegran, los jóvenes emigran, las escuelas no educan, el país no produce alimentos, los delincuentes acribillan a los policías, los periódicos callan, los militares hacen negocios, los hospitales no pueden curar, los enfermos no tienen remedios, los jerarcas roban a mansalva. Es más que un teatro del absurdo, a lo Ionesco; es más bien una tragicomedia, o una tragedia a secas. ¿Cómo se puede sostener que se va por el rumbo correcto, que todo es culpa de las cúpulas? ¿Cómo se puede admitir que el gobierno es víctima y nunca responsable? ¿Qué tan fuerte deben ser esos enemigos invisibles para postrar a todas las instituciones públicas?

Esta sensación de aplastamiento que todos llevamos, de desesperanza, de impotencia, de miedo, carcome la existencia misma, la invalida, la reduce a escombros. La imagen de un cadáver anónimo que amanece flotando en la piscina olímpica de la UCV es inadmisible, la noticia de una mujer policía que muere de un disparo en la cabeza es inasimilable, la agonía de un niño a quien no se le pueden suministrar las medicinas prescritas es intolerable. Es la muerte flotando por encima de nuestros hombros, paralizándolo todo, congelando nuestros actos, arrinconando nuestras reacciones. Una sociedad olvidada, impedida, postrada, absolutamente extraviada en cuanto a principios y fines. ¿Por este pueblo es el que se lucha? ¿Es esta postración la que se eleva como bandera después de quince años de desidia? ¿Con qué descaro se debe amanecer para declarar que la lucha continúa? ¿Cuál lucha? ¿La del saqueo de las arcas públicas, la de los fondos esquilmados a la Nación y depositados en Andorra, la de una petrolera estatal que ha dejado de ser petrolera y también estatal?

La muerte planea porque todo sentido de realidad, de proyecto, de logro, se ha evanescido. Por un lado se ha acumulado miseria (la del tan mentado pueblo); por el otro, riqueza en proporciones demenciales (la de los jerarcas). Finalmente, un acto de vampirismo: secar hasta donde se pueda a las víctimas para yo saciarme sin límite. He allí la noción de hombre nuevo: un modelo de explotación que recurre al marxismo como vitrina. La fórmula surtió efecto, pero para unos pocos: yo apelo al último resquicio de esperanza que tenían las clases desposeídas y me aseguro de extirpar su futuro quedándome con todos los medios posibles.

Después de la extracción masiva, que ya parece llegar a su fin, me quedo con imágenes que ya conocemos: un yacimiento vacío, un pozo hueco, un río seco, una montaña de basura, unas almas que rondan sin destino. Esa anomia que deambula por las calles, esa imposibilidad de ver nada constructivo, es la muerte: despojos, desechos, deshonra, decrepitud y desmanes. Francisco de Quevedo no la hubiera llamado nunca por su nombre y hubiese preferido hablar de “la postrera sombra”. Pero a ella también anteponía una frase como “el blanco día”, que no puede leerse sino como la llegada de la luz. Si la República alcanza a verla, confiemos en que sea suficiente para espantar a los vampiros.