• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

La muerte de “Cheo” González

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Apenas conocí al músico margariteño “Cheo” González. Sabía de su talento, de sus composiciones, de sus labores como investigador, de su trabajo docente, de su empeño en fundar una agrupación renovadora como Opus 4. La noche del 23 de noviembre pasado finalmente pudimos coincidir. Se trataba de una reunión de asesores del campo cultural, congregados para evaluar un proyecto amplio de formación en varias áreas. Todos intervinimos según se nos daba el derecho de palabra, y Cheo lo hizo en sólo dos ocasiones, con una extraña mezcla de humildad y firmeza. Sus palabras me parecieron coherentes; sus recomendaciones, acertadas. Era un ducho conocedor, y no perdía tiempo en ideas vetustas o en iniciativas que de plano sabía fracasadas. Entre el respeto y la consideración, era un hombre de acciones prácticas. Medía el tiempo como quien junta sus manos para recibir oro en polvo. Podía verte a los ojos, sin dejar de estar ensimismado, como procurando sacar lo mejor de sí y ofrecértelo sin reservas. Lo cierto es que no alcanzamos a vernos en una siguiente reunión, prevista para enero. En el albor del nuevo año, un par de maleantes lo sorprendieron en su casa de El Maco. Entraron a robar y Cheo les ofreció todo lo que pidieron. Pero no contentos con el botín, antes de huir, uno de ellos lo acuchilló en el abdomen. Cheo estuvo peleando bajo terapia intensiva durante 24 días, hasta que nos abandonó el pasado 1° de febrero, luego de una ligera mejoría que en verdad fue el espacio para despedirse de sus más cercanos.

Pero pienso en la puñalada, en el que la oprime. Pienso en el espíritu que se decide a matar (si es que hay espíritu detrás de esa ciega voluntad). Pienso en el impulso que no se conforma con llevarse todo y cumplir su cometido, sino que debe saciar no se sabe qué vacío y acabar también con la víctima. Nada le basta, sino cercenar vidas. Nada lo colma, sino el curso de la sangre. El semejante como un estorbo, como un obstáculo, como una nadería. El poder de acabar con un ser, por demás luminoso. Un poder, por cierto, que nadie tiene: ni las instituciones, ni los jueces, ni los garantes del orden público, que hace años dejó de ser tal. Se trata de nuestra cotidianidad: seres matando seres, venezolanos matándose entre sí. ¿Cómo se mide la tragedia? ¿Cómo se calcula el dolor? ¿Cuántas lágrimas debemos sumar a lo que ya es un océano de entrañas? El asunto rebasa las consideraciones éticas, porque ya ni siquiera puede hablarse de inmoralidad. Estamos más bien en el terreno de la amoralidad, en una condición que ya ha dejado de ser humana y se vuelve monstruosa, animal, irracional. Y esto lo hemos ido construyendo entre todos, haciendo o deshaciendo. La descomposición humana de una gran parte de nuestra sociedad es nuestra condena, nuestra parálisis, nuestra muerte en vida. Lidiamos con una patología que ronda las calles, que planea asesinatos, que apuñala sin chistar.  

​La música de Cheo se ha ido a otra parte; sus letras flotan con rimas precisas. Una humanidad que crea humanidad y otra que la extermina. ¿Cuándo creamos a estos asesinos? ¿Cuándo le dimos licencia para acabar con lo que nos ennoblece? La música se apaga; también la voz de un crío, también el llanto sordo de una mujer. Mientras leemos estas líneas de condolencias alguien más también apuñala. Es una trama que se repite. ¿Cuánta poesía se debe componer para que cese el impulso de un asesino? “Yo soy el viento que rompe”, dice un verso de Cheo. El suyo se va a las extremidades del mundo, pero me temo que el de los asesinos seguirá cercenando almas.