• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Las líneas de su mano

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Un festival poético se celebró en Bogotá del 1° al 6 de septiembre pasados. No es la primera vez que se hace; es más bien la octava convocatoria desde 2007. La institución que la organiza es el Gimnasio Moderno, centenaria institución educativa, pero con el imprescindible apoyo de diversos entes públicos y privados. Una veintena de poetas y editores internacionales ha sido invitada, sin contar a la propia delegación colombiana, que fungía como anfitriona. Más allá del orbe hispánico, estuvieron presentes poetas de Italia, Francia, Austria, Inglaterra, Brasil, Portugal y Líbano. La programación constaba de recitales, foros, entrevistas y presentaciones de libros. Pero también de homenajes, como el que se le ha hecho a la editorial Visor, con sus más de novecientos títulos de poesía publicados durante los últimos cuarenta años. El festival lleva el sugerente título de “Las líneas de su mano” e invita a imaginar una verdadera trama de relaciones, intercambios e influencias. Aquí las fronteras son las de la palabra, en su afán por alcanzar lo inalcanzable.

Viéndonos en el resquebrajado espejo venezolano, una lectura oblicua del Festival da cuenta de lo que hemos perdido. Tuvimos una editorial –Monte Ávila Editores– que fue un faro continental; tuvimos una posición en el campo de las traducciones –Fundarte, Pequeña Venecia– que nos puso a la vanguardia del continente verbal; tuvimos eventos –Semana de la Poesía– que citaban en Caracas a los más importantes poetas y editores. Esos programas alimentaron un público, nos hizo mejores lectores, nos dio primacía editorial, marcó a los poetas que hoy escriben, nos puso en el mapa universal con firmeza y convicción. Pero ahora Venezuela es un país invisibilizado, productor de malas noticias, cuya imagen se borra y cuyos poetas se olvidan. Un país también incómodo, al que cuesta venir y del que cuesta salir. Nunca en el pasado las políticas de proyección cultural fueron suficientes, quizás porque nuestra tradición cívica nunca nos empujó al exilio, pero tampoco se trataba de sembrarnos en el ostracismo, como ahora, cuando poetas como Cadenas o Montejo, por hablar de los más conocidos, apenas son islas flotantes que coronan un océano de ignorancia.

Pero la fiesta bogotana, consciente de que en el pasado fuimos refugio editorial de muchos poetas y narradores, reconoce al país vecino entre lazos reales de fraternidad. Ver a la Colombia de hoy, con empuje y hambre de futuro, recuerda a la Venezuela de hace apenas unas décadas, cuando la ingobernabilidad de muchos países y las dictaduras sureñas expulsaban a los intelectuales. El nuestro siempre fue un país de refugio, de acogida, y se cuentan por centenares los escritores que vivieron o trabajaron en nuestro suelo como hermanos. La fresca lección de antes, que es la que ha prevalecido históricamente, nada tiene que ver con los atropellos de hoy en día, dignos de las peores prácticas de desalojo, y solo atañe a unas autoridades que cada día son más extrañas al colectivo nacional, especie de ocupantes que actúan como zombies, sin importarles nada distinto a su propio provecho. Esos actos son ajenos a nuestra tradición republicana y a nuestros credos de integración. Pero hasta allí han llegado los impostores que ignoran todo tipo de trayectoria, de huella en el tiempo.

Sirva, en todo caso, la poesía de nuestros mayores, la poesía indeleble que nos habla de paisajes naturales y humanos, como la que se celebra en “Las líneas de la mano”, para recordarnos que seguimos siendo distintos a modelos e imposiciones que no corresponden a nuestra tradición. En los versos de “Orfeo”, de Eugenio Montejo, el poeta nos recuerda que ya el enviado no canta porque nosotros somos el infierno. Pero el infierno nos lo han impuesto, y ya regresarán las liras y las rimas para cantarle a la vida.