• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Sin lenguaje no hay Estado

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Una reciente gira acompañando al maestro Rafael Cadenas por España, no solo en ocasión de recibir el Premio Internacional de Poesía García Lorca en Granada, sino también a lo largo de recitales organizados en ciudades como Coruña, Santiago, Vigo, León y, finalmente, Madrid, me ha llevado a releer sus libros, a citar sus versos y a reflexionar en torno a muchas de sus hondas sentencias y afirmaciones. En su libro Anotaciones, de 1983, quizás uno de los primeros asomos de lo que es su poética, la relectura de la cita que copio a continuación por momentos me ha paralizado: “La quiebra de la lengua es la quiebra de la cultura, de la sociedad y del espíritu. Es tan indeciblemente importante enseñarla bien. Debería ser el eje de la educación en la escuela, en el liceo, en las escuelas de letras. Con todo, ningún Estado le da importancia. Sin ese instrumento, dice Pound (en El arte de la poesía), el propio Estado se va al diablo”.

Quizás debería aclarar que la parálisis a la que aludo no solo se desprende de la propia fuerza de la frase, sino también del hecho azaroso que hace coincidir mi relectura con la respuesta que se ha dejado escuchar desde la Presidencia de la República en torno al anuncio del señor Almagro. Afirmar que el secretario general de la OEA debería hacer con la Carta  Democrática un ejercicio anatómico es, por lo menos, el insulto más desgraciado (sin gracia) o la bajeza más innombrable que hayamos escuchado, en años, en la arena política. Un régimen que nunca ha tenido argumentos, sino más bien cartillas que repiten como las rezanderas de rosarios, hace ya tiempo que cayó en la grosería, en la descalificación, en el insulto, como único rescoldo del lenguaje. Y con el régimen, la sociedad toda que ve en ello algún tipo de ejemplo o modelo. El habla popular de las ciudades en formación, el humor implícito de nuestros pregoneros, las bondades del habla campesina, han quedado truncados por estos guapetones de barrio para los cuales el léxico carcelario o la jerga de bandas delincuenciales son la inspiración permanente.

Y con el insulto de los voceros, el Estado todo marca la pauta de cómo se debe hablar. Tenemos años, décadas ya, transitando un detritus lingüístico. Un lenguaje que no imagina, que no compara, que no piensa, que no sueña, que no se eleva; un lenguaje, en todo caso, que nunca es reflejo de la racionalidad, sino de la rabia, del resentimiento, del odio. Un lenguaje que nunca narra o describe, sino que apunta y dispara. Hablantes no, sino guerreros; dialogantes no, sino orates que monologan.

Con razón, al decir de Ezra Pound citado por Cadenas, el Estado se nos ha ido con el lenguaje putrefacto de sus voceros. Y el resultado salta a la vista: un Estado que miente, falsea, engaña, insulta, descalifica, soborna. Un Estado que ya se lo llevó el Diablo y cuyos únicos gestos –los de un sobreviviente– son claramente infernales.           

El Estado que añoramos, o en todo caso la república, debe refundarse a partir del lenguaje. Un lenguaje que nunca lo es si se trata de insultar. Hablamos del lenguaje fundacional de la humanidad: aquel que permite la relación diáfana entre semejantes. Un lenguaje que siempre tiene que ser el de las ideas, el del pensamiento, el de las formas, el de la argumentación, el del debate, el de las descripciones memorables o el que es capaz de relatarnos los cambios de estado que es toda gran narración. En última instancia, se aspira al lenguaje de la poesía, que es aquel que se tiene a sí mismo como referente, según lo señalaba el gran lingüista Roman Jakobson.   

El fracaso del régimen pasa principalmente por la degradación de todo lo que ha hecho y sido. Y no poder significar los hechos nos dice también que esos hechos quizás nunca han existido. Las calenturas de cabeza, las reacciones viscerales, los golpes sobre la mesa, difícilmente llegan a ser lenguaje y, esos sí, se quedan como reflejos anatómicos. Quien no puede expresarse bien nunca les habla a los demás, sino apenas a sí mismo, aun cuando se trate del primer magistrado.