• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

La isla del Conejo

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Lunes 25 y martes 26 de febrero han sido días de parálisis en la isla de Margarita. Se suspenden las clases, se desvía el tráfico, se acortan las reuniones, se anuncia un peregrinaje al santuario de la Virgen de El Valle. Los niños no salen, los centros comerciales se vacían, la gente se expresa a través de las redes sociales. Se escuchan sirenas, pasan patrullas, se instalan alcabalas móviles. En la autopista Juan Bautista Arismendi, que une a Porlamar con el aeropuerto, se ven atajos de policías y guardias cada cinco kilómetros, y a la altura del centro penitenciario de San Antonio, la concentración es casi mitinesca. Los guardias están apostados con rifles FAL en el entrelineado de la autopista, y hunden sus ojos en cuanto vehículo les pasa por el lado. A los jóvenes los hacen bajar y les piden que se den vuelta: buscan revólveres que pueden estar ocultos bajo el cinto, a la altura de las caderas. Nadie sabe muy bien qué pasa, o apenas unos pocos, y de todos lados se desprende un bullicio, como de quien quiere contar algo y no se atreve.

Muy pronto, de un celular a otro, saltan las imágenes de unos presos en el techo del presidio. Vociferan bajo la tarde soleada. Comienzan a echar tiros al aire, con armas de todos los calibres. Descargan las municiones y las reponen, una y otra vez. Quieren ser vistos por curiosos e indiferentes. Es una afrenta, una proclama, un clamor. Dicen que honran al pran acribillado, aseguran que esos son sus ritos luctuosos. Tiros y tiros al aire, como en ráfagas, para que también los escuchen en los cielos. Se habla de marcha fúnebre, de un recorrido, de calles y esquinas tomadas. Dicen que pasará por aquí, o por allá, o por donde nadie sabe. Es un misterio, un acertijo, y todos se convierten en adivinadores. ¿Pasará el cuerpo por Los Robles? ¿Se hundirá en la multitud que lo espera en el centro de Porlamar? ¿Llegará hasta Manzanillo, al parecer su pueblo natal? Existe y no existe. Ya es un fantasma, una aparición, un simulacro. ¿En qué mundo estamos? ¿A qué respondemos? ¿Quién muere y quién vive?

No hay noticias, ni información oficial, ni ruedas de prensa. Apenas un funcionario policial declara por la radio que habrá alcabalas aquí y allá. Como si los hechos fueran normales, como si se tratara de una tragedia natural. Una sensación de fondo deja ver que los reclusos tienen ese derecho y más. Una puntada nos dice que las autoridades son complacientes. ¿No es el difunto promotor de casinos, discotecas y piscinas dentro del centro penitenciario? Una portada en el The New York Times no es poca cosa, y eso es quizás lo que honran sus acólitos, ahora que tendrán que pensar en un sucesor o heredero.

Un estado gobernado por un ex ministro de Defensa así responde: procurando que los reclusos se expresen, se explayen. Suben al techo, disparan, gritan. Contaminan los ánimos de ex reclusos o matones para que les hagan eco desde todos los rincones de la isla. Celebran con robos, hurtos, saqueos; matan a un curioso que en la vía fúnebre expresa sus diferencias. Alguien pensará que la libertad de expresión es importante, incluso en la cárcel, y por eso alientan los desafueros. Las imágenes de los disparos siguen muy vivas, como si el paso del tiempo no las borrara, como si las señales de furia fueran una advertencia. “Aquí gobernamos nosotros”, podría inferirse del gesto que se repite en las pantallas de los celulares. Y la gente se esconde, o calla, o claudica, porque los verdaderos presos, que no quepa duda, somos nosotros, y nos los que alardean frente a nuestra narices. Si hubiera que traducir el lenguaje de las balas, un curioso que se escurre por las calles diría: “Esta es la isla del Conejo”.