• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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La hora de Cadenas

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Justamente hoy 19 de mayo, en horas de la noche, el poeta Rafael Cadenas recibe el Premio Federico García Lorca 2015. La distinción se le hace en el marco del Décimo Sexto Festival de Poesía de Granada, que ya goza de una trayectoria importante. No es el primer premio del poeta en tierras lejanas, como tampoco el último. En silencio, con su acostumbrada calma, Cadenas ha recibido esos reconocimientos porque su obra se ha ido encumbrando como una de las más sólidas del idioma castellano. Ya los mexicanos lo celebraban hace unos años con Premio FIL de Guadalajara, y ahora son los españoles con el premio granadino. Su nombre además no cesa de sonar entre los próximos candidatos al Premio Reina Sofía de Poesía como al mismo Premio Cervantes. No son fuerzas extrañas ni quinielas; se trata más bien del camino natural que se ha abierto una obra que habla de la hondura del ser, que exalta el lenguaje como el mayor de los regalos, que hurga en la condición humana, que señala la trampa de cualquier ideología, que se alarma frente a la banalidad de la vida cotidiana. No se cansa esta poesía de celebrar la vida como el mayor de los dones, como un verdadero milagro, que deberíamos revivir a diario, como quien reza en secreto.

Pero los logros de Cadenas, además, son los logros de la poesía venezolana contemporánea. Por él hablan Ramos Sucre y Enriqueta Arvelo, Paz Castillo y Moleiro, Ida Gramcko y Antonia Palacios, Vicente Gerbasi y Sánchez Peláez, Silva Estrada y Montejo, Pepe Barroeta y Hanni Ossott, por no hablar también de los más jóvenes. Un castillo verbal que se ha construido entre todos, una apuesta por la contemporaneidad que no tiene que envidiarle nada a ningún otro proceso iberoamericano, un apetito por la vanguardia que ya desearían otras voces y otras realidades. Ya en los años cuarenta del siglo XX, o incluso mucho antes, con adelantados como Ramos Sucre, la poesía venezolana se deshizo de rimas, consonancias, cárceles estróficas, romanticismos, nativismos, nostalgias hispanizantes, tonos panfletarios y todo tipo de lugares comunes. Se abrazaba la hora de innovación planetaria como propia, como si siempre hubiera estado en nuestro patio. Sánchez Peláez, por ejemplo, quiebra el siglo en dos mitades, y ya después no se puede escribir de la misma manera. Lo curioso es que ese mandato de innovación se ha hecho genético, y corre por la sangre de las generaciones más jóvenes. Poeta que en nuestro suelo se precie de tal, se reconoce como parte de una escuela: es un lector voraz, conoce todas las tradiciones, se exige a fondo, desecha la mayoría de lo que escribe, es un perfeccionista. Nuestros poetas lo son del lenguaje, de la expresión depurada, de la hondura reflexiva. No se cultivan las audiencias (y este podría ser el único defecto), sino la expansión de la significación, la aventura expansiva del lenguaje. Y todas estas señas particulares, de más decirlo, han sido también las de Cadenas.

Con Cadenas, y en general con la poesía venezolana de estos años, hemos logrado preservar los imaginarios, ciertas constantes de lo que nos define como cultura, la cosmovisión que nos vuelve pares y no desiguales. Y esto no es poca cosa al saber que nuestro constructo histórico-cultural ha querido ser alterado, perturbado, dinamitado, por miradas ajenas a la tradición. Es la fuerza de la creación, prácticamente en todos los campos culturales, y no las políticas públicas, claramente corrosivas, lo que nos ha mantenido como parte de un todo, aunque a veces nos hayamos sentido como recogidos de un país llamado Marginalia.

El triunfo solitario de Cadenas (aunque hablar de triunfo en su lenguaje poético no deje de ser una ilusión) es el de todos, pero sobre todo el de la poesía venezolana de estos últimos tiempos, criatura indoblegable que nos ha dado refugio cuando nadie o nada nos lo daba. Venimos de un invierno pasmoso, con rigores que nos han esculpido el carácter, pero al salir salimos fortalecidos, pues nada como el dolor para templar los caracteres.