• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

La hendidura

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Nadie vio las últimas imágenes del fotógrafo venezolano Luis Brito (1945-2015), quizás porque fueron muy íntimas, por no decir dolorosas. El lunes 2 de marzo, muy temprano, salió de su casa y trató de tomar un taxi. Un pálpito lo ha debido detener en la escalera, o en el ascensor, o ya en la vereda. El taxista que lo recoge, al ver el malestar, se decide a llevarlo de vuelta. Luis intenta regresar a su casa y, sólo Dios lo sabe, cae fulminado al frente de su puerta. Regresaba al punto de origen, que es lo que también hacemos en vida: volver al espacio del que alguna vez salimos. Algunos piensan que en ese territorio embrionario nada tiene significado, lo cual a su vez explica por qué Luis se apartó de la nadería y luchó a brazo torcido contra ella. Si algo no entendía era que la existencia no se viviera con furia, con verdad, con afirmación. Todo lo que miró o fotografió eran huellas de vida, o quizás de supervivencia: la anciana que junta sus manos para rezar, la mujer de vestido de rayas y lentes oscuros que se arrodilla en plena calle, el pichón emplumado que parece volar muerto, los cuatro hombres de brazos cruzados cuyas cabezas con almohadín sostienen a la virgen en procesión, la muñeca reverononia que aspira a vivir con sus ojos grandes y seductores. Todo entre la vida o la muerte, o más bien todo dirigido a sobreponer la gracia de la vida contra la muerte. Y sin embargo, en esas fotos que querían atestiguar la fuerza de la vida, Luis se las arreglaba, o más bien era víctima de un presentimiento: en algún resquicio del revelado, como quien asoma el hocico, un signo mortuorio apenas se mostraba para decirnos: “La belleza no es eterna, sino la vana ilusión de vuestra desvalida especie”. Es lo que he llamado La hendidura, un signo presente en absolutamente todas sus fotografías, capaz de mostrarnos que todo signo humano venía siempre con su revés.

A mediados de 2014 Luis preparaba una amplia exposición en la Sala TAC. Conversamos por teléfono antes de un viaje que hizo a Italia y me dijo: “Mira, hermanito, yo quiero que tú me hagas el texto de esa exposición. Estás en deuda conmigo y tú lo sabes.” Lo estaba, de hecho, porque su fotografía siempre me ha paralizado, siempre me ha llevado más allá, siempre me ha hecho prever el revés de toda imagen. Es algo que no puedo entender, que sigo sin entender: porque lo que él ve, también yo lo veo. Y yo creo que él se daba cuenta de eso: de que ambos podíamos ver lo mismo. Y quizás por eso me daba miedo: nos daba miedo reconocer ese reflejo de gemelos. Sigo viendo sus fotografías entre la expectación y el temor, entre la belleza y la tumba, entre la trascendencia y el dolor.

Descubrí luego que la invitación no era para escribir un texto, sino para reencontrarnos, para atemorizarnos al cuadrado, para observar en silencio, o para sonreír sin decir palabra. No le pude cumplir a Luis, y ese es el dolor que ahora me atenaza. Me llamó a la vuelta de su viaje y me dijo: “No importa, hermanito. Luego lo escribes y lo publicamos en El Nacional”.

Sigo sin escribir un texto que pensaba llamar “La hendidura”, porque estas líneas son apenas garabatos. De manera que mi deuda con Luis es impagable. Esa es la última señal que me ha dejado en vida: entender que la muerte ronda y que la única manera de ahuyentarla es hallando refugio en la belleza. Él lo entendió anticipadamente y por eso me sonríe. Yo apenas me quedo con su legado inmortal. En algún resquicio, que no de muerte, se abrirá una clave hacia los cielos. Esa será ahora mi búsqueda, por los años que me quedan.