• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

La estrategia del miedo

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Quizás el último recurso sea ofender, amedrentar, atemorizar. Amenazar a los empleados públicos: decirles que los siguen, los espían, los graban. Intimidar a los pocos beneficiarios de las misiones: que ya no habrá víveres, que ya no habrá nada. Entregar las casas sin puertas, sin ventanas, sin cloacas. Que lo poco que quede vaya para la maquinaria oficial, para los “patriotas cooperantes”. Que la culpa siempre sea de otros. Que estamos llenos de enemigos, internos y externos. Anuncian un cataclismo, el fin del paraíso en la tierra, la muerte del hombre nuevo. Y siempre bajo el argumento de que no nos han dejado, de que después de tres lustros los enemigos han sido más poderosos, de que nos han impedido el reparto de las bondades, lastrados como estamos por culpa de la guerra económica.

Quizás el último recurso sea cerrar las fronteras, militarizar las ciudades, decirle al otrora amado pueblo que ahora se gobernará sin el pueblo. Los borregos no saben pensar, los borregos no saben decidir. Persistir obcecadamente, presionar, pervertir. La carencia de alimentos la genera un siniestro enemigo, las fallas eléctricas son siempre sabotajes, la ruina de nuestros suelos la provocan conspiradores de nuevo cuño, la gasolina que importamos es un complot de potencias extranjeras, las reservas que se esfuman es planificación minuciosa de organismos multilaterales, la violación de derechos humanos es una ficción diseñada por el “enemigo interno”, las malas noticias son falsedades gestadas por aquellos medios que se escapan a la “hegemonía comunicacional”.

Quizás el último recurso sea la rabia, la impotencia, la necesidad de entorpecer y dañar hasta el último de los días. Sacar las bandas armadas a la calle, alentar a los “caballos de hierro” a que disuadan a los votantes, darle rienda suelta a la delincuencia. Tierra arrasada, fuego en la pradera, voz de alerta hacia los cuatro vientos. Esa invitación hacia el abismo, ese llamado de los infiernos, esa imagen de los vociferantes cuando sostienen que todos los demás son traidores, apátridas, gusanos.

Quizás el último recurso sea la negación de todo: de la política, del diálogo, de los acuerdos, del civismo, de la humanidad. No cuenta quien disiente, quien opina, quien hace ver que el país está en la ruina y por eso ejerce su voto. No para propiciar el desmadre, o un cataclismo, o una epidemia, sino para tener en cuenta de que en democracia hay un vocablo sagrado: la alternabilidad. Léase también como sustitución, cambio o relevo. La aspiración a ver otra cosa, a sentir otra cosa. El deseo de respirar otro aire, de que no haya muertos en las calles, de que te puedas desayunar en paz. Que crezcan tus hijos, que estudien, que prosperen. Que sonrían tus nietos, que aprendan a caminar en un parque, que se mojen en una fuente. Algo muy distinto al miedo, al temor, a la cizaña. Algo que tiene que ver más con nuestra historia de lentos logros, con nuestra conformación republicana, con nuestra deuda social que nadie salda y todos debemos. Basta de las actitudes y opiniones que nos condenan como gentilicio, que nos desean la guillotina o que nos niegan el futuro. Es hora de reconstruir, sin miedo, sin amenazas. Las urnas no son para nosotros, sino para otros muertos.