• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Sobre la destrucción

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En algunos recodos o quizás en todo su espinazo, el país se va destruyendo poco a poco. Es una acción inmisericorde, desalmada, que no tiene ninguna justificación. ¿Quién puede sostener que esto tiene alguna razón de ser? La narrativa doméstica da la alarma todos los días: enfermos sin medicamentos, niños sin nutrientes, casas sin agua, hogares sin luz. No es caricatura, ni noticia de periódico, ni maniobra de fuerzas exógenas; es sencillamente la realidad cruda, paralizante, que se presenta cada día como un demonio que confisca el último resquicio de alegría. Se tiende a denostar de la población venezolana, de su incapacidad para reaccionar, de que alguien pueda sonreír en una cola, pero creo que la verdad es otra: más bien debe admirarse su capacidad de resistencia, de tesón, para convivir con la maldad y aun sobrevivir. Hay un gesto de burla sobre estos seres, de desprecio. Lo que alguna vez se elevó como un discurso redentor –la abolición de la pobreza– terminó en estafa. Vivimos entre delincuentes, de cuello blanco o negro, verdaderos amos del país.

Hay otro plano de destrucción que es más público: represas, refinerías, minas, ingenios azucareros, empresas agroindustriales, campos que están en la ruina. Han acabado con todo y no pueden erigir ni una sola obra. Han convertido al país en una economía de puertos, pero ahora sin fondos para traer nada, generando la hambruna que nos azota y que vemos en las manos extendidas de los pordioseros. “Tierra arrasada” es el lema que esgrimían para luchar contra los “apátridas”, pero ahora la tierra arrasada es la propia, donde no crece nada, donde la vida se esfumó y ya no vuelve. Las proclamas de soberanía dan risa, por no decir rabia: un país de acreedores, de mafias, de guerrillas, de bandas; un país que es el comodín del póker que una isla azotada como Cuba juega con su nuevo mejor amigo. Los alaridos por la “patria soberana” han terminado en los bolsillos de unos pocos. Con los años acumulados de ruina, la estrategia ha quedado clara: a costa de la promesa de superación social, he robado a mansalva, pero para mi propio beneficio. No hay que buscar más honduras en el “socialismo del siglo XXI”.

Hemos llegado, sin embargo, a las postrimerías, porque ahora ni siquiera las formas se guardan. Es el desembozo, la desfachatez, la prepotencia. Los nuevos ricos andan a sus anchas y atraviesan sus vehículos blindados por los prados de la miseria. Nada los inmuta, nada los conmueve, nada los altera. Son la nueva nomenklatura. El país es el charco que dejan atrás, las salpicaduras de barro, los insectos que se estrellan en la parrilla del radiador. Ya ni siquiera les importa perder los votos o que la nueva Asamblea los convoque a comparecer. No tienen por qué rendirles cuentas a nadie, salvo quizás a ellos mismos, aunque no tengan conciencia. Están por encima de las convenciones, de la política, y por supuesto de la democracia, que acaso usan como papel higiénico. Han construido, eso sí, otro país, un país de facto, que está por encima del país de las carencias. Nada de institucionalidad ni de equilibrio de poderes. Aquí hay un solo poder, especie de mascarilla político-militar que mueve todos los hilos (sus hilos) para alargar sus riquezas, que son las de la nación, y acrecentarlas con los pocos lingotes que encuentran en las más secretas bóvedas. País de utilería, de remiendos, de ensayo, sobre el cual prevalece esta dictadura nuestra de cada día, que antes evitaba excesos para no alterar la bruma de los derechos humanos pero que ahora vomita sus designios sobre el manto cotidiano de la miseria. En el fondo, psicología de delincuentes, para quienes robar y matar son reflejos respiratorios.

Lo único distinto a esta afrenta es precisamente la miseria, los otros, los gobernados o pisados, los que rechazan esta pesadilla de vida al menos en 70%. Carne de cañón para los mandantes, pero último resquicio de la venezolanidad que nos queda. Los que trabajan, los que sudan, los que se organizan, los que aspiran, los que educan a sus hijos, los que piensan en un mundo alterno, los que perseveran y perseveran, los que no emigran porque quieren enterrar sus restos en la misma tierra donde reposan los de sus antepasados. La tierra de Andrés Bello, de José María Vargas, de Cecilio Acosta, de Agustín Codazzi, de Henri Pittier, de Arnoldo Gabaldón, de Andrés Eloy Blanco, de Rómulo Gallegos, de Teresa de la Parra, de Teresa Carreño. Tierra para hacer crecer y merecer, tierra para florecer, tierra para ver correr a nuestros hijos, tierra de milagros y revelaciones. Tierra para morir con la frente en alto, más allá de quienes siempre han querido enlodarla con la ceguera de espíritu, que son los que más sufren sin saberlo.