• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

La cultura en la nueva Asamblea

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En los últimos tres lustros ha sido tan desolador el papel del Ejecutivo Nacional en materia de políticas públicas en Cultura, que ya el sector no espera nada que provenga de instancias gubernamentales. Nos acostumbramos a la muerte de nuestros museos, a despidos televisados, a mega exposiciones inocuas, a ferias del libro doctrinarias, al veto tácito a nuestros artistas, a la intervención de las manifestaciones populares con consignas políticas. Pero también al insulto, al descrédito, a la desautorización. Y sin embargo, dentro de la precariedad y de la falta de apoyo, diríamos que como único consuelo, nuestros creadores se han vuelto más adultos, más independientes, más autónomos, asegurando que el flujo artístico no cese, que una sociedad dolida siga expresándose al más alto nivel de realización que exige la creación cultural. Si existen nuevos poetas, nuevos narradores, nuevos artistas, nuevos fotógrafos, esto se debe al impulso de las voluntades personales, que en medio de guerras, dictaduras o presidios, siempre logran dejar huella de su tenacidad. La vocación artística, finalmente, es el arma más depurada para vencer los tiempos y confrontar la muerte.

A la luz de la nueva Asamblea que se inicia en funciones el próximo 5 de enero, y conscientes de que su tarea es amplia y compleja, se abre al menos el espacio de la Comisión de Cultura, de la que podríamos esperar un principio de decencia. El diálogo se puede instaurar en esos espacios después de años de monólogo altisonante e infértil. Un inicio de tarea podría ser releer los cuatro artículos que sobre Cultura están plasmados en la Constitución Nacional; otro sería preguntarse por qué el Ministerio de Cultura se creó por decreto y su existencia no está amparada en ninguna ley; otro sería revisar la Ley de Cultura que en 2014 fue aprobada entre gallos y medianoche y cuyo articulado ni siquiera resiste un ejercicio de legislación comparada con ninguna de las leyes homólogas de América Latina. Tareas sobran si queremos enfocar las políticas públicas  culturales como hoy se enfocan en los países que más han avanzado al respecto. Los bienes culturales, las industrias culturales, los espacios del mecenazgo, los desafíos de los patrimonios inmateriales, los derechos de autor, no son poca cosa ni remiten a jarrones chinos. Hay que darle a la Cultura la majestad que merece. Al decir de Martín Barbero, el Ministro de Cultura es el más importante de todo gabinete; y al decir de Carlos Fuentes, ninguna política económica o social debe desarrollarse si antes no se entienden las concepciones culturales de los habitantes de una nación.

Confiados en que este es el rango que el tratamiento de lo cultural merece, hay que evitar viejas y malas prácticas que en años de convivencia democrática colocaban en la Comisión de Cultura a los diputados menos aptos, más desinteresados o menos inteligentes. Si hay diputados con experticias económicas, sociales o fiscales, se entiende mal que en Cultura no pueda haber gente experta, o al menos interesada o bien asesorada. Si hablamos de renovación y profesionalización, debemos evitar esa vieja imagen que a veces hacía de la Comisión una reunión de jarrones chinos, o de discursos floridos, o de   poetastros menesterosos, o de pilluelos que cobraban comisiones a las instituciones subsidiadas. Ese es un pasado que no debe volver. La nueva Comisión de Cultura debe ganarse el respeto de las sociedades creadoras y, sobre todo, compensar el tiempo perdido para la cultura venezolana, que lejos de crecer y proyectarse, se arrinconó en los pocos resquicios que le quedaron, alimentándose del único oxígeno que le aportaban sus creadores.