• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

La clase intelectual

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Muy en el fondo de sus cavilaciones, la clase intelectual venezolana siempre se ha sentido lejos del país. Puede pensarlo, soñarlo, añorarlo, criticarlo, pero el crío siempre termina caminando hacia otro lado, buscando un horizonte agreste con gesto inconsciente. Digamos que esa correa de transmisión nunca ha funcionado: las ideas que se producen de un lado no llegan a la masa, y la masa inmadura tampoco busca guía o señales. Hay quien ha visto en ese hecho inconmovible el gran fracaso de nuestra educación, más que palpable en estos últimos años: ni el maestro goza de entusiasmo para departir conocimientos ni el joven alumno asimila nada distinto a imágenes dispares. Esa capacidad de sembrar valores en los jóvenes espíritus nunca ha sido tarea fácil, pero desde la Antigüedad griega los maestros eran verdaderas columnas de la sociedad, pues mientras transmitían las grandes verdades culturales también enseñaban a pensar. Hoy en día, sin embargo, en nuestro descoyuntado país, cualquier iniciativa instruccional se topa de inmediato con la ignorancia crasa. En términos generales, el pasado es una noción inexistente y el presente una especie de combustión instantánea.

Muchos de nuestros problemas, de nuestras taras, de nuestras inconsistencias, han sido develados durante muchos años por nuestra clase intelectual. Ahí están el retrato ominoso de Guzmán hecho por Ramón Díaz Sánchez, o la Comprensión de Venezuela de Mariano Picón Salas, o el Mensaje sin destino de Briceño Iragorry o los diarios carcelarios de Blanco Fombona. Nuestros grandes cuentistas se han encargado de desmenuzar nuestra realidad física y emotiva, hasta llegar a niveles insospechados. Y no se hable de nuestra gran poesía, capaz de atravesar la materia para dar cuenta de nuestra cosmovisión y afanes. Ese tesoro está allí, a la mano, pero nadie lo consulta, ni tampoco el gesto docente lo trae al salón de clases. Si así lo hiciéramos, veríamos que nuestra tragedia actual –minada por el caudillismo, el personalismo, el militarismo, el despotismo y la corrupción– se asemeja a retratos de época. Para un lector atento o instruido, los desmanes de hoy pueden ser los de ayer, calcados al pie de la letra en muchos casos. Ya hemos tenido grandes frescos literarios que nos han hablado del poder omnímodo y su rastro de sangre. De manera que esta película que nos quiere mostrar hombres nuevos y socialismos del siglo XXI, en verdad nos habla de hombres viejos, muy viejos, y de taras que se repiten. Vivimos en el reino de la regresión creyendo que conquistamos el futuro.

Los libros de nuestros intelectuales son señas de identidad indelebles o rastros que brillan en el vacío. Sus vidas se abocaron a construir sentido, significación, entendimiento y razón de ser, en la mayoría de los casos mucho más allá de nuestra clase política, por lo general inconsistente. Cualquier página de este legado coral, cualquier frase, le tapa la boca a las estupideces que a diario pronuncian nuestros llamados representantes, artífices del rebuzne. Esas páginas son nuestro consuelo, pero también nuestra tabla de salvación. Mirar hacia el futuro es reencontrarlas, pues no hay mapa mayor del país integral que ese legajo infinito de hojas macerado a través de los siglos por venezolanos honorables. Vidas que desde el exilio, la enfermedad, la cárcel o la pobreza se entregaron a los otros. Vidas ejemplares sin saber que lo eran.