• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Antonio López Ortega

Dudamel: el tornado

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El escritor argentino José Pablo Feinmann publica en Página 12 (edición del 21 de abril) un elogiosísimo artículo sobre Gustavo Dudamel. Virtualmente arrobado, le reconoce lo que el barquisimetano tiene de sobra: talento, gracia, ingenio, juventud, vigor. Venezuela ha tenido en él –qué duda cabe–, por lo menos en estos años, al más importante exponente de nuestra cultura. Feinmann, por ejemplo, argumenta que sólo se puede escribir sobre nuestro director de orquestas entre signos de admiración. Y además agrega: “Sólo de ese modo se puede explicar el tornado que ha sacudido la música del siglo XXI.” Muy bien: una prenda más para los innumerables reconocimientos que Dudamel recibe día tras día. Pero Feinmann amplía sus consideraciones y afirma: “Este fenómeno le debe mucho a un líder político que acaba de morir y a cuya despedida de este mundo acudió Dudamel (…). El presidente Hugo Chávez ayudó a Dudamel a formar, a pulir, la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar. Esa orquesta es obra de ambos”. A los juicios de Feinmann, quizás desconocedor de la historia cultural de Venezuela, habría que hacerle algunas enmiendas: primera, que el llamado Sistema se crea en 1975; segunda, que el Sistema creció bajo las presidencias de Carlos Andrés Pérez I, Luis Herrera Campins, Jaime Lusinchi, Carlos Andrés Pérez II y Rafael Caldera II, sin que ninguno de estos mandatarios haya creído que el Sistema era obra suya, sino de la institucionalidad cultural venezolana.

Dudamel nació en 1981, cuando el Sistema ya tenía más de un lustro, y a sus 32 años se entiende que los últimos 14 de su carrera musical hayan transcurrido bajo el régimen que, según el argentino, lo ha llevado al estrellato. Dice Feinmann: “Dudamel tiene sus fuertes convicciones. Y no en vano se jugó la carrera cuando entró, junto a Sean Penn, en el velatorio de Chávez”. ¿A qué convicciones se refiere? ¿A las de acompañar al devoto Sean Penn? ¿Son en verdad convicciones o gestos de agradecimiento? Me admira de verdad el respeto, el recato, las consideraciones, con las que los venezolanos de toda estirpe tratamos a Dudamel: como si sus “convicciones” pasaran a un segundo plano (tierrita bajo la alfombra) ante el genio que nos embelesa a diario. Se diría que la musicalidad, que la gestualidad aguerrida, que la melena irredenta, sirven para tramar todos los velos de su apariencia.

Pero la hora no es la de reconocer cómo vemos nosotros a Dudamel, que ya bastantes señales hemos dado, sino más bien, humildemente, preguntarnos cómo nos ve Dudamel a nosotros. Esto es, cómo ve la dinámica cultural que divide a los venezolanos entre patriotas y apátridas, cómo ve un gobierno que se quiere hegemónico, cómo ve una institucionalidad sin división de poderes y, más recientemente, qué sentimientos le despiertan las escenas de venezolanos azotados con perdigones y gas lacrimógeno por emitir un voto (llamar a algún amigo de infancia le ofrecerá una crónica instantánea: su Lara natal como uno de los estados más hostigados).

Hay artistas que en este ya largo eclipse republicano se han declarado neutrales, y hay otros que han hecho públicas sus preferencias. Para los demócratas cualquier opinión se respeta, salvo quizás la que niega la existencia del género humano. Según Feinmann, Dudamel tiene sus convicciones, porque ya el fervor de toda Venezuela lo tiene en sus bolsillos, o casi todo. Es importante que el tornado sepa, sobre todo cuando estremece su batuta, que la sociedad democrática venezolana vive hoy otro tornado, no tan elevado como el suyo, sino más bien rupestre, o quizás intrascendente, como muchos lo llaman. Cuando en un futuro próximo este país recupere su discurso cultural, que no es otro que el muy galleguiano de civilización contra barbarie, Dudamel sabrá que este concierto cívico de hoy no fue suyo sino de una mayoría creciente que esgrime la verdad contra la infamia. Has dirigido, Gustavo, de espaldas al público y, sin embargo, el público te aplaude.