Dudamel: el tornado
25 de abril 2013 - 00:01
Dudamel nació en 1981, cuando el Sistema ya tenía más de un lustro, y a sus 32 años se entiende que los últimos 14 de su carrera musical hayan transcurrido bajo el régimen que, según el argentino, lo ha llevado al estrellato. Dice Feinmann: “Dudamel tiene sus fuertes convicciones. Y no en vano se jugó la carrera cuando entró, junto a Sean Penn, en el velatorio de Chávez”. ¿A qué convicciones se refiere? ¿A las de acompañar al devoto Sean Penn? ¿Son en verdad convicciones o gestos de agradecimiento? Me admira de verdad el respeto, el recato, las consideraciones, con las que los venezolanos de toda estirpe tratamos a Dudamel: como si sus “convicciones” pasaran a un segundo plano (tierrita bajo la alfombra) ante el genio que nos embelesa a diario. Se diría que la musicalidad, que la gestualidad aguerrida, que la melena irredenta, sirven para tramar todos los velos de su apariencia.
Pero la hora no es la de reconocer cómo vemos nosotros a Dudamel, que ya bastantes señales hemos dado, sino más bien, humildemente, preguntarnos cómo nos ve Dudamel a nosotros. Esto es, cómo ve la dinámica cultural que divide a los venezolanos entre patriotas y apátridas, cómo ve un gobierno que se quiere hegemónico, cómo ve una institucionalidad sin división de poderes y, más recientemente, qué sentimientos le despiertan las escenas de venezolanos azotados con perdigones y gas lacrimógeno por emitir un voto (llamar a algún amigo de infancia le ofrecerá una crónica instantánea: su Lara natal como uno de los estados más hostigados).
Hay artistas que en este ya largo eclipse republicano se han declarado neutrales, y hay otros que han hecho públicas sus preferencias. Para los demócratas cualquier opinión se respeta, salvo quizás la que niega la existencia del género humano. Según Feinmann, Dudamel tiene sus convicciones, porque ya el fervor de toda Venezuela lo tiene en sus bolsillos, o casi todo. Es importante que el tornado sepa, sobre todo cuando estremece su batuta, que la sociedad democrática venezolana vive hoy otro tornado, no tan elevado como el suyo, sino más bien rupestre, o quizás intrascendente, como muchos lo llaman. Cuando en un futuro próximo este país recupere su discurso cultural, que no es otro que el muy galleguiano de civilización contra barbarie, Dudamel sabrá que este concierto cívico de hoy no fue suyo sino de una mayoría creciente que esgrime la verdad contra la infamia. Has dirigido, Gustavo, de espaldas al público y, sin embargo, el público te aplaude.

