• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

El arte de validar

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Un buen amigo, a quien llamaré Alberto, quedó en la lista de las firmas fantasmas. Habiendo votado en La Asunción junto con su esposa, ambos quedaron sin rúbricas por razones inexplicables. Muy pendientes de la semana de validación, hicieron preparativos minuciosos para no faltar a la nueva cita. Amigos comunes le recomendaron volver a La Asunción, pero no querían pasar por el mismo centro; otros le sugirieron El Maco, pueblito que alguna vez fue de zapateros, pero al llegar a la plaza principal la descubrieron inundada de residentes y visitantes, todos haciendo una interminable cola que parecía un jolgorio. Intentaron luego con Apostaderos, pero allí la concentración era todavía mayor, como si todos los firmantes se hubieran puesto de acuerdo. Por último, alguien propuso cruzar la isla de este a oeste y llegar hasta la península de Macanao, específicamente a Boca de Río, donde las colas parecían más estrechas.

Con tres amigos acompañantes, Alberto y su esposa llegaron a Boca de Río a las 9:00 de la mañana del jueves 23. Curiosamente era una mañana de lluvia. La viejita que secundaron al final de la cola les dijo: “Vallita está llorando”. No supieron si reír o también llorar. Viendo hacia la otra punta con dificultad, porque la lluvia arreciaba, estimaron unas trecientas personas hacia adelante, que no todas se veían porque al final la esquina doblaba e impedía el conteo. Se cobijaron como pudieron bajo un saliente de techo, que les guarecía las espaldas mas no los pechos. Poco a poco iban sintiendo cómo la humedad entraba por debajo de las prendas y se convertía en sudor frío. Se daban cuenta de que hacían cola en una hilera encementada, muy estrecha, en cuyo alrededor solo había charcos y barro.

Finalmente la lluvia cesaba y se convertía en garúa. Alberto hundió los pies en el barro circundante y logró saltar hasta el asfalto. Allí comenzó a caminar entre charcos, buscando la cabeza de la serpiente humana. De atrás hacia adelante, la punta trasera tendría unas ochenta personas. Luego llegó a un nudo, que en verdad era un toldo con sillas dispuestas en hileras. Allí la gente esperaba entre conversas, con un poco más de comodidad: las sillas se reservaban para los mayores. Saliendo del toldo, la cola se volvía a adelgazar, pero ya con una hilera de sillas interminables, apostadas al muro del centro de validación. Alberto recorrió unos cien metros más y, al llegar a la esquina, supo que la cola doblaba la cuadra y se perdía a unos cincuenta metros por una puerta. Caminó un poco más y llegó hasta una entrada muy estrecha. Allí vio a una guardia nacional, que custodiaba el acceso. De rostro muy joven, le sonrió. “¿Esta cola se mueve?”, se atrevió a preguntarle. La mujer se encogió de hombros y siguió sonriendo.

El centro de votación estaba en un tercer piso y, según cálculos de los voluntarios, una persona mayor tardaría ocho minutos en subir. Con una sola máquina de escrutinio y dos operadores, los voluntarios alteraban el orden de la cola y les daban prioridad a los más jóvenes, sin que los mayores desistieran de su empeño en firmar. Cerca del mediodía, apenas se contabilizaban cincuenta firmas, pero el proceso se interrumpía por un corte eléctrico que duró no menos de dos horas. Unos firmantes recién llegados aseguraban haber visto a una cuadrilla de Corpoelec haciendo cortes a dos cuadras de allí. Lo curioso es que la luz no se había ido en las casas vecinas, pero sí en el centro de validación. “Corte quirúrgico”, decía Alberto. De manera inmediata, los voluntarios ofrecieron dos plantas móviles, pero los funcionarios decían que solo Corpoelec podía levantar el corte. Ya era mediodía y los funcionarios se iban a almorzar.

Alberto y sus acompañantes solo pudieron llegar hasta el toldo cuando eran las 3:00 de la tarde y los funcionarios reabrían el centro. Aceptarían ochenta firmantes más y luego cerraban las puertas. Más de trecientas personas, muchos de ellos viejitos, se quedaron sin validar. A las 4:30 reemprendieron camino de vuelta, después de una espera inútil de casi ocho horas. Los rostros frustrados, sin embargo, retenían las escenas de todo una jornada: la tenacidad, la paciencia infinita, la terquedad de los más viejitos, los jóvenes voluntarios con sus amplias sonrisas, los cantos corales entonando el Himno, los cuentos variados y las burlas, la gente que repartía agua o refrescos, los vecinos que ofrecían sus baños. Un pueblo en la calle como no se veía desde hace años: indiferenciado, diverso, rostros de todos los colores, viejitas en dormilonas y dones en camisetas, gente pobre y gente no tan pobre, pescadores y obreros, niños correteando cerca de padres y madres. “¿Qué es esto?”, se preguntaba Alberto. “¿Qué está ocurriendo?”, se dice en sus adentros. Y por única respuesta tiene las imágenes que danzan en su mente.

Alberto me acaba de echar el cuento por teléfono y su pesar por no haber podido firmar se mantiene. Se siente impotente; cree que ha traicionado a alguien. Para ir contra ese sentimiento quizás escribo esta crónica, para que él la firme en mi lugar.