• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

El arte de negar

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Hay quien niega todo lo que ocurre: la escasez, las torturas, los hospitales desmantelados, la delincuencia, el imperio de los “pranes”, la corrupción, los negociados, el narcotráfico, la pobreza, la desesperanza. Todos son inventos, patrañas, forjamientos. Toda la culpa es de las potencias invasoras, del “imperio”, de los laboratorios de Miami. Esto es, nunca somos culpables de nada; siempre son los otros. Imponer esta narrativa ficcional sobre la realidad no es poca cosa; se requiere un esfuerzo inmenso, inconmensurable. Esto sí es digno de admiración: desaparecer la realidad callejera, inhumana, y sustituirla por pura propaganda: aquí se construirá un parque eólico, allá un eje Orinoco-Apure; ya no tenemos analfabetos, ya se acabó la pobreza crítica. Gobernar hoy es construir realidades paralelas, y no atender los asuntos mundanos. ¿Para qué hablar de escasez, inflación, devaluación, miseria, angustia? Mejor hablar de invasiones, enemigos, amenazas, atentados. Un discurso paranoico, donde todos conspiran. La realidad real se borra, se pisotea, se aplasta, se ignora. Lo que importa es lo que se construya por arriba: una metarrealidad que absorbe todo el sentido. A ello contribuye la “hegemonía comunicacional”, la prensa oficial, los voceros alineados, los poderes confiscados y unas fuerzas armadas cómplices.

Nunca la intoxicación de las ideas había sido tan nefasta, tan capaz de ignorar todo por lo que (suponemos) se pelea: indigencia, sufrimiento, abandono social. A menos que nunca haya habido credo político real, redención moral, y todo haya sido más bien una invención para hacerse ad aeternum del poder. El bolivarianismo como pantalla o la deuda social como pretexto. Lo importante era y es el botín, las arcas fiscales, los dólares petroleros, para quienes nunca dejaron de ser una secta. Pero esto es lo que se niega, lapidaria e insistentemente, para imponer la otra narrativa, la de ser las víctimas de oscuros poderes o intereses desconocidos. La realidad crucial, dramática, doméstica, no cuenta. Lo que cuenta es el relato que yo construya sobre ella: generalmente el del acoso y la victimización.

De tanto negar y negar, por todos los medios posibles, llega un momento en que el transeúnte comienza a dudar de lo que ve o siente. Estos gritos, quejas o muertes no son tales; es mi imaginación la que me engaña. Estos reclamos, colas interminables o gestos desesperados no son de nadie; es mi ánimo el que los proyecta. Y así vivimos, creyendo que nuestra visión altera todo lo que procesa, porque la verdad es la que nos escupen desde vallas con ojos que espían o la que nos estampan en las paradas de autobús. Bienvenidos sean a este país imaginario donde todo es arcadia constante, a no ser por unos vociferantes miopes que nada entienden del “hombre nuevo”.

Pero llegará un momento, cruel, en el que el edificio imaginario se caerá a pedazos, pero no alcanzado por balas enemigas, sino víctima de una implosión detonada por sus propios forjadores. La realidad real, nauseabunda, irredenta, ya no podrá ser tapada por la otra narrativa, porque ya no habrá cortinas ni telas suficientes para esconder el dolor. En ese momento despertaremos de un sueño que nunca fue y nos encontraremos con nosotros mismos, desvalidos e ingrávidos. Será el instante para ya no mentir más, para ya no negar lo obvio. Ésa será al menos una herencia: comenzar a vivir con la verdad.