• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Estados de ánimo

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Hay un ángulo de análisis que soslayamos, y es el que tiene que ver con cómo hemos cambiado en los años que van del nuevo milenio. Me refiero a cambios psicológicos, sociológicos, anímicos. ¿Somos mejores o peores que antes? Cuando uno revisa la literatura folklórica, asombra mucho ver los valores sociales que afloran: mucha fraternidad, un sentimiento de religiosidad profundo, un sentido de pertenencia muy arraigado, un concepto de participación de inspiración colectiva y una aspiración de libertad muy añorada. Se me dirá que esto retrata más a una sociedad rural y no tanto a una urbana, porque durante el siglo XX Venezuela se convirtió definitivamente en un país de ciudades. Esto es cierto, pero no al punto de quebrar nuestros valores como hoy lo vemos. Los signos recurrentes de odio, de violencia, de desprecio, ¿son profundos o responden a una órbita marginal de la conducta colectiva? Me da por pensar que los valores culturales esenciales siguen allí, en lo profundo, aunque hostigados o zaheridos por circunstancias muy puntuales. El sistema educativo público hace ya tiempo que caducó en sus propósitos republicanos y hoy es un simulacro. La gran oferta social del renacimiento democrático del 58 perdió aliento a medio camino y no pudo evitar el crecimiento vertiginoso de la marginalidad. El país de hoy es más Natura que Cultura; responde más a impulsos y menos a ideas; prefiere el sectarismo al consenso; opta por la imposición y menos por el diálogo. ¿Han sido siempre éstas nuestras señas de identidad? Me temo que no. Me temo que más bien vivimos un momento catártico, telúrico, y por lo tanto inconsciente. Una especie de adolescencia complaciente, un relajo que no tiene nada que ver con la adultez. Si a ello sumamos un modelaje que desde arriba ha exaltado el robo, ha confiscado bienes, ha encarcelado inocentes, ha prodigado el crimen, ¿qué más se puede esperar?

Esta vida cotidiana reducida a buscar víveres, medicinas, repuestos de carro, ¿qué dice de nosotros? Las imágenes que sólo muestran colas interminables, discusiones entre amas de casas, amenazas entre hombres rencorosos, ¿qué retrata? Aquellos valores esenciales de pertenencia o igualdad, ¿han desaparecido del todo? ¿O ese sustrato que nos define como colectivo reencontrará su cauce? Por lo pronto es sano condenar, señalar, todo lo que nos ha separado como sociedad, todo lo que nos ha escindido. En el fondo, nos han debilitado, confrontándonos unos a otros, sembrando diferencias, atizando heridas. Quien divide, vence. Y he aquí que la gran derrotada es Venezuela, vuelta hoy un trapo de seres desesperados, un rostro mancillado de anciana, una mirada perdida en el desaliento. Nos han enseñado a odiar y a despreciar, y esos sentimientos, estados de ánimo, son difíciles de rastrear en nuestra historia cultural.

Cualquier escenario futuro en el que se piense no sólo debe tener muy en cuenta nuestra conformación cultural, nuestro viacrucis de conformación republicana, sino también todos aquellos factores que nos dividen de manera irreconciliable, para reducirlos a su mínima expresión. Allí es donde la palabra Democracia debe jugar un papel preponderante, para entender que todas las ideas (salvo las que niegan la propia condición humana) pueden convivir bajo el debate y el diálogo. Ideas no para afirmar que sólo las mías valen, sino también las del otro. Ideas para que el estado de ánimo social sea otro muy distinto al que vivimos. Prosperidad contra miseria, crecimiento contra abandono, libertad contra presidio. Este país merece ser otro, este país debe liberar toda su potencialidad humana hacia una visión compartida. Este país se debe al futuro y no al pasado que lo apresa con viejas acepciones. El tiempo de los héroes ha quedado en el siglo XIX, porque el siglo que corre es y será de los ciudadanos.