• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Yolanda Pantin o la poesía ciega

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El pasado 27 de octubre la poeta venezolana Yolanda Pantin (1954) recibía en México el más alto reconocimiento que hasta ahora ha distinguido su extensa y singularísima obra: el Premio ‘Poetas del Mundo Latino’ 2015. Este galardón creado en 2007, que tradicionalmente se concede a un poeta mexicano y a otro del mundo literario latino, también recayó en Antonio Deltoro, una coincidencia que no dejó de sorprender a la misma Pantin, pues la obra de Deltoro es una de las que siempre tiene presente en su seguimiento de la poesía mexicana. Lo cierto es que, con apenas ocho años de existencia, Pantin y Deltoro se agregan a los nombres de Juan Manuel Roca, Rubén Bonifaz Nuño, Antonio Cisneros, Ledo Ivo, Juan Gelman, AlíChumacero, José Emilio Pacheco, Nuno Júdice y Piedad Bonnett, algunos de los que han ganado el premio en años anteriores.

La distinción a Yolanda Pantin, sin embargo, revela un gran acierto del jurado, pues escarbar en la realidad literaria de la Venezuela de hoy, con libros que no circulan, con premios que ya no existen, con revistas que nadie recuerda, es un ejercicio,si no imposible, siempre frustrante. A este desierto cultural se han acostumbrado los poetas y narradores de hoy, creando sus propios mecanismos de supervivencia. Nombres como los de Rafael Cadenas o Eugenio Montejo, autores ambos de los años 30, ya pertenecen al canon de lectura iberoamericana, pero es difícil identificar las promociones posteriores desde otros horizontes. Para esos efectos, la poesía venezolana de las últimas cuatro décadas, por decir lo menos, es una perfecta desconocida.

Premiando la obra de Yolanda Pantin, sin embargo, se premian unas líneas que son invisiblespara muchos lectores. Se premia, por ejemplo, la obstinada vocación de poetas fundacionales como Enriqueta Arvelo Larriva (1886-1962), María Calcaño (1906-1956)o Luz Machado (1916-1999), voces precursoras que fueron abriendo el siglo a esa alteridad mil veces enterrada o borrada. Se premia también a una promoción prodigiosa, la de los años 80, de la que Pantinforma parte junto a Igor Barreto, Armando Rojas Guardia, Harry Almela, Santos López o Edda Armas, por sólo nombrar los de obra más extensa. Y por último también se premia la persistencia de un referente no siempre dominante de la poesía venezolana que tiene que ver con la metafísica o con la propia duda en torno a la esencia o valor de la poesía.

Si bien Pantin ha admitido que en sus comienzos la fuerza impulsora de su poesía fue el duelo o, por trasposición, la idea vallejiana de que hay que excavar muy a fondo en uno mismo para encontrarla, hoy admite que la poesía es una imposición, un mandato, un dictado que se recibe y se transcribe. “La poesía no obedece a ninguna voz, sino a ella misma. Ella es ciega: no depende de nada para existir”. Esta noción de ceguera, que no deja de ser fascinante, no lleva tanto a la falta de mirada como a la despersonalización. Pues si con algo ha jugado la poesía de Pantines con la idea de la muerte del sujeto. Sus libros vienen a ser un ejercicio continuo de voces, una especie de contrapunto donde no importan los roles sino el discurso. La poesía se hace pese a los hablantes, que para efectos de sus versos son accidentes o pretextos.

La reciente publicación de su obra poética reunida, País (1981-2011), en el sello español Pretextos, quizás ayude a la necesaria divulgación de una obra que ahora se distingue desde México. La originalidad de los versos de Pantin estriba en que la memoria infantil de Casa o Lobo, o la voz femenina de Los bajos sentimientos, o el diálogo de amantes en El cielo de París, o la ironía de Poemas del escritor, parecen ejercicios ascendentes para llegar a un hondo nivel de reflexión donde la poesía es sujeto y objeto, criatura desmedida y autónoma que debe contenerse en el indeleble sentido de pérdida que se experimenta cuando uno lee y relee las páginas que son también abismos.