• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Venezuela sin cuerpo

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En la Venezuela de hoy, la capacidad de asombro muere cada día sin poder renovarse. La velocidad del deterioro es inalcanzable, y el esfuerzo por analizar los hechos se engatilla antes de que el primer pensamiento arroje algo de luz. Una modalidad de la delincuencia de los últimos meses, por ejemplo, ha optado por los descuartizamientos: cuerpos que se encuentran en los matorrales, en los túneles o en las cunetas de las autopistas. Una identidad se borra hasta el extremo, porque ni siquiera el cuerpo remite al recuerdo. Sólo obtenemos pedazos, miembros u órganos, que ningún rompecabezas recupera. Alguien deja de pagar la renta y lo descuartizan, alguien discute con otra persona y lo descuartizan. A tal nivel ha bajado el sentido de la tolerancia que ni siquiera la palabra ejerce ninguna mediación. Sencillamente actúo hasta borrar al otro, haciéndolo papilla. Es inútil creer que del otro lado de la delincuencia extrema tengamos policías o algún tipo de ordenamiento público. Es más complicado que eso. Lo que tenemos es una especie de ruindad moral que ataca por igual a maleantes o supuestos protectores. Nunca sabrás, o quizás sí, si el que te roba o mata es un agente con arma reglamentaria.

Pero antes de llegar a los extremos tenemos las medianías, que podrían consistir en no encontrar leche para un crío o tratamiento para un cáncer. Se cuentan ya las asociaciones de enfermos terminales que apelan al articulado de la constitución bolivariana para exigir derecho a la salud, que es un escalón menor al derecho a la vida. La sensación de un aparato público que ha colapsado, con sus dos millones de funcionarios a bordo, es digna de la nave de los locos, aunque con nulo sentido estético. Sencillamente bogan a la merced de la corriente, sin que nadie sepa muy bien qué es la corriente.

En democracias modernas, se supone que un gestor público está sometido al escrutinio de la sociedad, o al menos de otros poderes públicos, como tribunales o contralorías. Pero es el caso que el régimen que añoraba al hombre nuevo, ha preferido las muy viejas tácticas del hombre único, u hombre fuerte, que de paso no es responsable de nada. Los héroes viven en el sueño, y no en la cotidianidad que sabe que todo se conquista con gran esfuerzo. Un gobierno que tiene más de tres lustros diciendo que sólo tiene enemigos, develando conspiraciones todas las semanas, y no haciéndose responsable de nada, porque la culpa siempre la tienen otros, no pasa de ser un puer aeternus. Sorprende más bien pensar en la fortaleza indoblegable de los enemigos, que en tantos años y con tantos medios no hayan sido capaces de hacer nada.

Durante mucho tiempo los enemigos fueron internos (empresas, medios, líderes políticos, opositores), pero al parecer ya se han agotado. Los ojos inquisidores se vuelven ahora hacia los externos, que pueden ser imperios lejanos o países vecinos. Primero fue Guyana, cuyas explotaciones petrolíferas hablan del fracaso rotundo de la diplomacia venezolana, y ahora la fraterna Colombia, cuyos connacionales deportan sin base alguna. Ese juego que ya altera hasta los cimientos a otra nación es peligroso, porque ya las cortinas de humo internas se han agotado y ahora se corre el riesgo de agredir al vecino para ocupar las primeras planas.  

Que el libreto quede claro: nunca el régimen ha hablado de  asuntos reales (hambre, enfermedad, delincuencia, mortandad, pobreza). Siempre habla de una metarealidad que entierra la cotidianidad y aleja los problemas. Pero los problemas, en esta república quebrada y llena a acreedores, tocan a la puerta y casi la tumban. Mientras la sociedad se desarticula y entremata, los jerarcas buscan otros fuegos distintos a los cotidianos, creyendo que las imágenes de unos desvalidos en medio de un río les trae alguna recompensa.

La anomia pública es tal que ya el gobierno nada puede postular, nada puede emprender, salvo actos represivos. Por eso los conflictos forzados, para creer que están vivos, para llevar la atención adonde nadie quiere llevarla, porque ya el peso de la desgracia no tolera contrapesos, ni fantasías belicistas, ni mucho menos sentimientos  patrioteros. La sensación imperante es la de un desmembramiento, con una sociedad que ya no tiene Estado que le responda. Un país sin cuerpo, un país también descuartizado, con fragmentos de cadáver que ya no se pueden reunificar, tal como los que amanecen dispersos a diario bajo la bruma del día naciente, sin rostro ni memoria.