• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Antonio López Ortega

Ríos de sangre

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Esta mañana he llamado a un amigo cercano. Me atiende el teléfono y la primera palabra que oigo es “boquete”. “¿Cómo que ‘boquete’?”, repregunto sin entender. “Sí, hicieron un boquete en la pared y se llevaron todas las computadoras, más los equipos electrónicos”. Mi amigo está abotagado; susurra en vez de hablar. Puedo imaginarme la escena: los muebles tumbados, las gavetas sacadas, la ropa tirada. Mi amigo piensa en todo lo que tenía almacenado en su computadora: un patrimonio íntimo que nunca volverá. Le llevaron un pedazo de alma, y ahora el cuerpo se sumerge en el desánimo. No me queda sino decirle que junte fuerzas, que mejores tiempos vendrán… esas convenciones que se dicen para evitar solidaridades mayores.

Pasan unos minutos y me siento en la computadora. Reviso mi buzón de correos entrantes y vuelvo a encontrarme un mensaje de un corresponsal asiduo. Por seudónimo usa Malcolm y se dedica a explayar diariamente toda la verborrea, todo el libreto, de la versión oficialista. Le ha dado por llamar “mercenarios” a los estudiantes que manifiestan. Me pregunto por qué no bloqueo sus mensajes, y a la vez me respondo que los mantengo para hacerle un seguimiento a la enfermedad. A veces el lenguaje no responde tanto al hablante como a la patología del hablante.

El último correo que leo es más bien una circular que trae una foto estremecedora: es el close-up de un rostro femenino, totalmente sembrado de perdigones: los ojos son moretones; los labios, vejigas hinchadas; las cejas, líneas rotas. Bajo la desfiguración adivino el rostro de una joven: creo que no puede hablar, suspirar; creo que tampoco puede llorar, porque los lacrimales ya no llevan agua a ninguna parte, a no ser hacia dentro: riachuelo que nadie ve.

Vivimos entre palabras alteradas e imágenes disueltas, entre la mentira y la vergüenza, entre la deshonra y la cobardía. Un rostro ríe y el otro se desfigura, una palabra se empeña y la otra tergiversa. Es fácil compartir una falsa premisa –la del país dividido en dos mitades–, pero cada vez está siendo más claro que el dilema es entre Estado y sociedad: un gobierno que no gobierna para las mayorías y una sociedad (sobre todo la de los jóvenes) a la que el gobierno nada ofrece. Nada más patético que ver al Estado victimizándose, sometido dentro de las tanquetas a la lluvia de los botellazos; nada más bochornoso que la patología que ha dejado ver la represión, pues los “agentes del orden” parecen cebar en carne ajena todos los traumas de una niñez que remite al odio de hogares disfuncionales.

Imágenes de crueldad y palabras falsas; gestos de degradación y lenguaje corrupto. La verdad se hace mentira; la mentira, verdad. Ese es el laberinto que hemos sembrado, donde las normas de convivencia y respeto mutuo se han perdido. ¿Cómo desandar el camino? Cualquier gobierno sensato debería evitar la espiral de violencia, pero el nuestro ha sido siempre de naturaleza confrontacional: se crece negando al otro, rebajándolo hasta la inexistencia. Aquellos polvos han traído estos ríos de sangre, y ahora nadie parece preocuparse. Se requiere mucha estatura política, mucha conciencia histórica, para añorar de veras la paz civil, llevando las diferencias al terreno de las ideas y la argumentación. El camino opuesto solo traerá más hemorragias sobre el pavimento.