• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Los tiempos históricos no se asemejan a los tiempos humanos, y por lo tanto, frente a las lentas mareas del primero, es comprensible que nos impacientemos. No digamos imaginar los ámbitos siderales, o astrofísicos, donde el tiempo mismo puede ser luz o materia. Pero dentro de nuestra parca percepción no es un desatino pensar que a Venezuela le vienen nuevos tiempos. Es como si un ciclo llegara a su fin y mereciéramos otro; o como si un aprendizaje hubiera madurado en nuestro inconsciente colectivo hasta hacernos mejores. No cabe duda de que los parámetros de enfrentamiento, violencia o fratricidio van quedando atrás para pensar en horizontes superiores: el bien común, los consensos, la concordia que se teje sobre las diferencias y el libre pensamiento. Queda claro que en estos últimos años hemos pagado una penitencia trágica, dolorosa, infinitamente improductiva. Si en nuestro tronco cultural todavía sobrevivían taras como el cacicazgo, el personalismo o la corrupción, es hora de redimirnos y de afrontar los grandes retos que la realidad de la convivencia entre naciones nos impone: la exclusión social sigue siendo un mal mayor, que nos esclaviza; los modelos económicos no pueden ser los del rentismo infinito; la educación no puede ser una farsa; las políticas sociales deben convertirse en poderosas palancas de cambio; la democracia tras años de oprobio debe protegerse bajo el concurso de todos, pues ya hemos visto que no está exenta de amenazas.

El ciclo que se abre es de ideas, de innovación, de retos, de suma de voluntades. ¡Es tanto lo que se debe hacer, lo que se puede hacer! Repensar el país, en todos sus ámbitos, será la nueva conseja, y también actuar rápido, frente a problemas que ya forman parte de la emergencia cotidiana. Pero sobre todo se requiere una nueva consciencia colectiva, un nuevo esquema de valores, que pasa por la relectura de nuestra historia y de nuestra conformación cultural. De esta guerra latente que hemos vivido, de los odios que muchos han sembrado, nada hacemos con ánimos vengativos o de retaliación. Los retos tendrán que ver más con la superación y menos con la condena, más con el sentimiento renovador y menos con el resentimiento, más con la comprensión de lo que nos aparta y menos con el lastre de lo que nos separa. Insisto en la idea de una renovación profunda de las concepciones que hasta ahora nos han marcado: que los problemas se conviertan en desafíos, que las trabas se conviertan en retos, que el desánimo se convierta en energía renovadora, que de la actitud de no hacer nada pasemos al entusiasmo de hacerlo todo, incluso lo que nos sobrepasa.

Un aire de modernidad está a la vuelta de la esquina, un inevitable soplo de renovación. Ya basta de errores e ideas muertas, de confrontación innecesaria, de dolores fratricidas. El país tiene otros ojos, aspira a otros horizontes, merece otro destino. Basta ver lo que otros países vecinos van logrando: agricultura floreciente, planta productiva en desarrollo, industria turística creciente, comercio exterior conquistando nuevos mercados, programas sociales intensos, educación renovada y de altos parámetros. Un millón de kilómetros cuadrados para treinta millones de habitantes sigue siendo un paraíso, pero no el adánico que todo nos lo ofrecía, sino el paraíso que debemos construir con sangre, sudor y lágrimas. Tiempos de renovarse y de repensarlo todo, tiempos que anuncian el fin de los infortunios.