• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Palomares

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Unas líneas de Elisa Lerner me hacen ver una estampa inimaginable: la llegada o incursión de los autores regionales que, hacia 1958, formaban parte del grupo Sardio. Dos trujillanos, González León y Palomares, y un barquisimetano, Garmendia, venían con aires de provincia y, sin embargo, se unían a la renovación de los modos estéticos y de las ideas. El país dejaba atrás a Pérez Jiménez y recuperaba sus fueros democráticos, que desde 1945 pujaban por salir para recuperar el hilo republicano. Pero Elisa pinta a sus compañeros de generación de manera candorosa, risueña: aquellos modales que olían a fundo, aquellos trajes de urbanidad mal ajustada, aquellos tonos que remitían a otros parajes. De Ramón Palomares (1935-2016) se ha dicho que sus versos evocaban el habla campesina de su infancia. Pero más que evocación de infancia, yo hablaría de cosmovisión. No es tan importante la voz como la mirada. Debería destacarse más bien una “mirada anterior” a la modernidad, un resabio prehistórico. La manera en que se describen los pájaros, el cielo, los árboles, los animales, no remiten a niños como emisores, como tampoco a campesinos. Se trata más bien de un estado de consciencia primigenio, que baila entre la ingenuidad y el descreimiento. Quien habla es una especie de inconsciente colectivo, es un coro fúnebre, que agrupa voces y las funde en un sorprendente discurso homogéneo. Si lo que desaparece es siempre tema para la poesía, porque no hay poesía sin memoria, los versos de Palomares no se hunden, sin embargo, en el pozo de la nostalgia. No creo que su poesía sea un recuento de la pérdida, sino la exaltación de un mundo paralelo, o sobrepuesto, aunque este solo sea apreciado por espíritus a la deriva. La ingenuidad, el pre-lenguaje, también remiten a la inocencia: Adán sigue extasiado en su Paraíso.

Recuerdo la caballerosidad de Palomares, sus dulces maneras, su ademán de inclinarse ligeramente cuando saludaba a un conocido. Sus modales eran también de otro tiempo, como si él mismo fuera el último sobreviviente del mundo que evocaba en su poesía. Las palabras escogidas, la mirada gacha, el deseo de desaparecer de la escena. Todo un pasado reconcentrado, de memoria y visiones. Hace años, en casa de la poeta Patricia Guzmán, lo vi bailar. Parecía un tango, o un bolero, o una balada que solo él imaginaba. Lo hacía con pena, confiando en que los pocos de la velada que compartíamos no lo vieran. La discreción, la distancia, también lo habitaban.

La poesía es también desamparo, o plegaria, o dolor. ¿Cuánto tuvo que caminar el campesino de Escuque para llegar a ser uno de los grandes poetas venezolanos del siglo XX? Vuelven las imágenes de Elisa Lerner para verlo tembloroso, indeciso, entrando por la puerta grande que fue Sardio para la literatura venezolana. Los abrazos o textos que en sus últimos años de vida les prodigaba a los hombres fuertes o de a caballo, quién sabe si también hablaba de carencias afectivas o de figuras que se entronizaban en los campos como señores feudales. He allí también una infancia que no fue de inocencia sino el pasto de caudillos sedientos que desde tiempos de Independencia ven la tierra venezolana como un botín.

La primera vez que entendí lo que era un palomar fue en la plaza de Macuto, adonde mi padre nos llevaba después del paseo dominical a la playa. Era muy impresionante ver esas casas altas, rellenas de palomas que entraban y salían. La atracción era el aleteo constante y no los árboles o el rumor lejano del mar. Recuerdo esos palomares y también recuerdo al gran poeta de Escuque. Su poesía perdurará, qué duda cabe, más allá de los accidentes terrenales. Como en Macuto, volar siempre será un arte superior a lo que se cuece en las madrigueras.