• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Orfandad de lector

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De pronto los libros se han vuelto murallas. Me refiero sobre todo a las novedades que se han anunciado en lo que va de año; novedades, se entiende, que son mucho menos de las que pudimos encontrar hace apenas doce meses. Las diferencias, por ejemplo, entre inventarios no tan viejos y los libros que se estrenan son abismales: pueden superar 400%. Hay libros, por ejemplo, cuyo valor equivale al sueldo mínimo, y dos o tres libros comprados de golpe pueden llegar al costo de una cesta básica. Pero como todo lo que ocurre en una economía que hunde el acelerador de la hiperinflación, estos costos son explicables. Sencillamente, editar en Venezuela se ha vuelto una pesadilla, por no decir una imposibilidad. Más de 80% de los insumos que se usan, comenzando por el papel, son importados, y según las últimas cifras expuestas por la industria gráfica nacional, la deuda con proveedores internacionales roza los 1.200 millones de dólares; deuda que obviamente nadie paga, como no se pagan las deudas de medicinas, alimentos, repuestos o boletos. Venezuela se ha vuelto el país con mayor número de acreedores, y ya lo único que falta es que se organicen como bloque y se planten frente a las costas de La Guaira. Alguien luego repetirá que nadie mancillará nuestro suelo, o nuestro honor, o lo que quede, ocultando que los únicos con derecho a mancillar son los jerarcas de la clase gubernamental, auténticos responsables de la ruina nacional.

Se entenderá que en una crisis de tales dimensiones, el libro es un objeto prescindible. Y a ese espectáculo asistimos: una criatura a la deriva, sin protección de ningún tipo, que navega como puede en medio de monstruosidades mayores. Los impresores se arriesgan a traer insumos a cualquier precio, los editores publican como pueden y al final los pobres lectores, el más frágil eslabón de cadena, son los que en verdad pierden. Hemos vuelto a ser lectores de vitrinas, o de mesones, o de contratapas: todo avanza bien, ya cada quien se imagina la trama de la novela, hasta que por debajo de la mirada aparece la etiqueta del precio: “Muerte en Venecia”, dirán algunos, o “Muerte en la orilla”, dirán los más sarcásticos. El viaje se imposibilita, la imagen se congela, y nadie sale de puerto: esta vez Ulises viajará solo.

Es difícil atar cabos tan alejados el uno del otro, pero en esta orfandad de lector que nos embarga, es sano señalar responsables. En cada decisión errática, en cada robo a las arcas públicas, en cada desplante, en cada mala palabra dicha o proferida, en cada destrucción del aparato productivo nacional, en cada mala política pública diseñada, en cada regalo a causas que no nos conciernen, en cada incompetencia de organismos supuestamente competentes, hay un lector herido, despojado, impedido, este sí mancillado. Quien vuelve una historia inalcanzable, quien impide el goce de un verso, quien se niega a la transmisión de las ideas, quien finalmente impide el flujo del conocimiento, atenta contra la humanidad.

Kafka confesaba que todo gran libro era aquél capaz de quebrar el hielo que llevaba su alma. Pues aquí lo hemos congelado todo: decisiones, consideraciones, sentimientos. El deshielo, sin embargo, llegará, y vendrá de la mano de lectores muy ávidos de reinventar el mundo que les han quitado a punta de mediocridad.