• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Nuevamente Filuc

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La fiesta del libro se acerca casi como si fuera una temporada más de nuestras vidas. Es ya una cita, una marca en nuestro calendario, una espera para ver colegas o lectores. Culturalmente hablando, octubre es territorio de Filuc, la feria librera más importante de Venezuela, que ha ido creciendo de manera admirable. En años recientes supimos que ya era quinceañera, pero muy pronto tendrá mayoría de edad, lo que la debería llevar a una mayor fortaleza institucional, como por ejemplo convertirse en fundación de la Universidad de Carabobo, su institución de adscripción, o tener sede propia, que es una larga aspiración de las autoridades rectorales. Su vocación internacional estuvo muy clara desde sus orígenes, y se hizo evidente cuando uno repasa los nombres de los grandes escritores iberoamericanos que han pasado por sus espacios: Fernando Savater, Carlos Monsiváis, Antonio Skármeta, Sergio Ramírez, Antonio Gamoneda, Darío Jaramillo Agudelo, Julio Ortega, Carlos Germán Belli, Héctor Abad Faciolince, Nuria Amat, Oscar Collazos y tantos otros.

El lema de este año hace alusión a los desafíos del libro. Y, en el caso de Venezuela, esos desafíos no son poca cosa. Porque el primero de ellos es la imposibilidad de publicar. ¿Cómo hacer una feria en medio de la crisis del libro? Pues precisamente para exponer el diagnóstico de esa crisis: las razones, las consecuencias, las políticas públicas. Sin diagnóstico, es imposible pensar en curas, remedios, consejos. Más bien las ferias, el hecho librero, la afluencia masiva de lectores, da cuenta de que ese instrumento providencial del conocimiento no se puede ni disminuir, ni perjudicar, ni desaparecer. Goza más bien de una inmensa salud en el espíritu nunca claudicante de los lectores, ávidos de que en ese campo la libertad de elección sea siempre absoluta. En el terreno del libro, como en otros pocos, se libra una batalla entre una sociedad decidida a mantener sus fueros lectores y un gobierno indiferente a estímulos de ningún tipo. En materia de políticas públicas alrededor del libro, hemos retrocedido hacia las cavernas. Y si el libro sigue vivo entre nosotros, es gracias a la sociedad que lo ha hecho suyo, ya sea editando o leyendo. Las ferias nacionales han sido islas de resistencia contra el naufragio del libro.

La Filuc tiene un mandato tácito para los próximos años: es nuestra mejor carta para entrar en el club de los grandes jugadores: Guadalajara, Bogotá, Buenos Aires. La visión debe ser la de internacionalización, la de la profesionalización, y no otra. Cuidado con las voces agoreras que quieren disminuirla con recortes presupuestarios, afectarla con objetivos provincianos o diluir su efecto en el tiempo con convocatorias que ya no sería anuales. Sería un error craso tomar ese sendero, así los argumentos sean de peso, pues nadie desconoce la presión que sobre las universidades han ejercido las autoridades actuales. Pero si de ejercicios de resistencia estamos hablando, repliquemos el tesón que ha caracterizado a la Universidad de Carabobo en el propio gobierno de la Filuc, para que ella también sea autónoma, sólida e infranqueable.

Tener voz propia, hablar con voz propia; reflejar la suma de todo lo que ha hecho; exhibir el alto nivel de profesionalismo de su comisión organizadora; destacar el sello “Hecho en Valencia” para una criatura que ha asimilado todos sus aprendizajes; evidenciar la resonancia de lo que ha cosechado internacionalmente; contar con aquellos testimonios del gremio de la industria gráfica que puedan dar cuenta del tamaño de una operación de intercambio comercial sin precedentes entre nosotros; y reconocer todo lo que se ha hecho para afianzar y proyectar la literatura nacional, ya serían razones suficientes para estar satisfechos.