• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Antonio López Ortega

Migrantes y residentes

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Hay en el gesto del migrante una necesidad de negar a toda costa el lugar de donde se viene. Y hasta cierto punto se entiende, porque dejar atrás padres, madres, hermanos, amigos, hogares, señas de infancia o remembranzas de un paisaje, obliga a construir una armazón sólida, donde el arrepentimiento o la nostalgia no pueden tener cabida. La diáspora de venezolanos en distintas geografías comienza a construir otra idea de la nacionalidad, obviamente quebrada, donde el concepto de retorno para muchos ya no forma parte del horizonte. Los bolsones de migrantes tienen diferentes razones y características, y van desde el joven profesional que busca mejor destino hasta el perseguido político cuya vida corre peligro. Las poblaciones se organizan y tienen centros de encuentro, clubes, periódicos, portales digitales, redes. Pero hay quienes también no quieren saber nada de reuniones (vestigios del pasado) y sostienen que el país está condenado para siempre, enfermo sin remedio. En su imaginario, huyen de la nave de los locos, que irremisiblemente navega hacia las cataratas medievales que señalaban el fin del mundo. Mejor posición tienen quienes dicen irse pero no abandonar el país, quizás conscientes de que sólo el tempo histórico demostrará que esto fue un bostezo de mediocridad, impunidad e inmoralidad.

Pero más allá de los muy respetables migrantes, quedan los residentes, tanto los que quisieran irse pero no pueden, como los que pudieran irse pero no quieren. En esa masa significativa que algunos quieren ver como residual reposa, sin embargo, el destino del país. Y allí es donde el recuento de las potencialidades, más allá de los desmanes de estos últimos tres lustros, sorprendería a cualquiera, pues nuestra muy noble sociedad, contra viento y marea, sólo aspira a un mejor futuro y a un mayor bienestar. La casta gubernamental, que todo lo reduce en beneficio propio, suele ocultar el trabajo y esfuerzo de múltiples agentes y factores que, en diferentes escalas, construyen país. Y este gesto tesonero y cotidiano, solidario y esperanzador, es el que quizás el migrante no pudo ver o valorar a la hora de tomar sus decisiones. El país no se doblega, no se amilana, porque su dimensión es de otro orden. Es el país que finalmente, entre aciertos y errores, construye su senda republicana desde 1830.

Llegará un día, más temprano que tarde, en que el país recuperará su vocación democrática y su aspiración de modernidad. Serán tiempos de transformación y de un enorme esfuerzo colectivo para reducir la deuda social a su mínima expresión. Será también la oportunidad para que el entramado social e institucional que ha sobrevivido en estos tiempos aciagos salga a flote y demuestre todo lo que ha hecho por la continuidad de un mínimo sentido de responsabilidad colectiva. Serán tiempos de reflexión, de revisión y de acogida. Y también serán momentos para recibir con los brazos abiertos a aquellos migrantes que quieran regresar, conscientes quizás de que han sido sus hermanos residentes los que les han permitido regresar a casa.