• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Merecer o no merecer

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La tregua navideña, que más que celebración fue encierro, y también el comienzo de año, que más que vuelta a las labores ha sido un despliegue de irritación y molestias, ofrecen un panorama francamente desolador. En esta coyuntura que ya es oprobio, hemos reflexionado siempre sobre el alcance de los límites, pero los límites llegan y hay que alargar la barra unos metros más allá. Sin embargo, nunca como ahora, la sensación de discontinuidad, de que no hay capacidad de resolución, alcanza a los más optimistas. El régimen tiene la estampa de un cuadro de Goya: un gigante torpe, bruto, dando manotazos a los mortales que huyen despavoridos por tierras baldías. Lo que vemos como finitud, que en sí misma es una desgracia por lo que tiene de error y fracaso, nos hace olvidar el largo y tortuoso camino que hemos recorrido hasta aquí. Porque lo que tenemos entre  manos no deja de ser una equivocación monstruosa, un acto de absoluta irresponsabilidad. ¿Quién le da la cara a los familiares de los 25 mil muertos que la delincuencia cegó en 2014? ¿Quién responde por el futuro de provecho y crecimiento que se las ha sustraído a los miles de “niños de la patria”?

Cuando los conflictos o las guerras concluyen, la pregunta que los sobrevivientes se hacen es casi siempre la misma: ¿merecíamos esta hemorragia fratricida?, ¿era este campo de víctimas caídas el costo del aprendizaje?, ¿debíamos pasar por el infierno para obtener un poco de cielo? Partiendo de la premisa improbable de que la apuesta del régimen tuviera algo de verdad, de auténtica redención social, y no de estafa y engaño, como muchos ya creen, que no ha servido sino para encubrir a una partida de desalmados, ¿era necesario tal nivel de destrucción?, ¿era justificable acabar con la producción del campo?, ¿era razonable desmantelar el parque industrial?, ¿era aconsejable convertir a la industria petrolera nacional en una cueva inauditable de burócratas? ¿De dónde surgieron estas ideas? ¿Quién dijo que eran buenas o acertadas? Y peor, ¿por qué las acatamos o seguimos como quien, distraído, come algodón de azúcar?

En estas horas inciertas, confiando en que al final prive la sensatez y la Nación no se desangre más de lo necesario, debemos hacer un poco de introspección y preguntarnos si merecíamos esta pesadilla de desaciertos. Hay quienes opinan que la tragedia siempre tiempla la psique colectiva y conduce a una mayor madurez social, pero hay quienes también opinan que esta miseria ha podido evitarse si las pasiones heroicas que conducen al sueño o la rabia no se hubieran  desatado. Pues ya que vivimos lo que vivimos, sin que nada hayamos podido corregir, al menos saquemos una conclusión para que la plantemos en la serenidad de nuestras mentes: el convencimiento firme, imperecedero, de que la República no se construye con mesianismos, hombres fuertes, soñadores improductivos o militares sin vergüenza. La República es asunto de ciudadanos, de cada uno de los ciudadanos de este territorio, y sólo entre todos, o con la suma de la mayoría, lograremos paz, fraternidad y prosperidad. Que los tiempos malos, tan criminales como improductivos, al menos nos sirvan para convencernos, de una vez por todas, de que los malos caminos, o las malas ideas, sólo conducen a la destrucción. Y de que sólo en el debate y la convivencia de ideas es posible eso que hemos venido llamando Democracia, quizás el único antivirus que tenemos para apartarnos de los extremos y del pensamiento único.