• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Lecciones del Zumaque

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Con las tibias celebraciones que en estos días se han suscitado para conmemorar el alumbramiento del pozo Zumaque (1914-2014), se ha querido englobar el centenario de la industria petrolera en Venezuela. El gesto se agradece, sobre todo cuando oficialmente todo es borrón y memoria nueva, pero bien sabemos que esa centuria se alarga como el propio aceite que representa, pues ya en las postrimerías del siglo XIX teníamos noticias de otros alumbramientos o de simples brotes naturales, como el mene con el que calafateaban sus embarcaciones los pueblos indígenas. Al cabo de un siglo, sin embargo, sigue siendo un misterio el tipo de relación que Venezuela ha establecido con su principal riqueza minera, por no hablar de su esencial músculo económico, que ha traído tanto las bondades del desarrollo moderno como las desgracias de su usufructo, principalmente por parte del Estado manirroto y ebrio de riqueza.

Una impronta intelectual bien vista por el estudioso Miguel Ángel Campos ha visto al petróleo como “excremento del diablo”, dando a entender que esa naturaleza viscosa tiene entidad moral. En sus variantes más benignas, nos cansamos de escuchar (Uslar dixit) que el petróleo nada valía si no se sembraba, esto es, si no se convertía en zanahoria o en remolacha, y no en lo que es. Se le quería atribuir a un producto minero condiciones agrícolas, bajo la premisa de que las culturas mineras son nómadas (van de campo en campo) y las agrícolas sedentarias (fundan ciudades). Todo podría resumirse en un gran equívoco, o en una incapacidad sustancial de reconocer lo que tenemos y hacerlo nuestro. Con el petróleo sucede que nos interesa lo que nos da, pero no cómo nos lo da. A nivel de nuestra conciencia, lo tratamos como riqueza mal habida.

Mientras Chile construyó una narrativa del cobre, Colombia una del café y Argentina una de la carne de la pampa, nuestra novelística ha tratado el petróleo como una desgracia, como un bien que viene a producir males. Sigue viva la conciencia de que el oro negro tiene una naturaleza moral, superior a lo que nosotros, como tratantes, pudiéramos hacer con una riqueza que cualquier país envidiaría. La falla, por supuesto, no está en el petróleo, sino en las ideas que hemos elaborado alrededor del petróleo, que no parecen haber variado desde los tiempos de la Colonia, cuando España se comportaba como sujeto rentista, fiscal.

Una manera de celebrar con mayor provecho el centenario del Zumaque sería invitando a una reflexión general sobre las ideas que tenemos alrededor del petróleo. Ya sería hora de inventarnos un tipo de relación distinta al hecho de meramente explotarlo, pues para explosiones ya tenemos a los propios reventones, que es la imagen primitiva de una industria que en el mundo florece con la amenaza latente de su extinción. Si vivimos la última etapa de los combustibles fósiles, también debería entrar en esa reflexión cuál es el destino de Venezuela después de que la mina centenaria no dé para más.

Se entiende que una maniobra forzosa para las mentes perezosas sería reconocer que al petróleo debemos todo lo que ha sido nuestra economía, nuestro desarrollo, nuestra prosperidad. No es una desgracia, sino una formidable palanca de cambios para construir las bases de una economía que, a la larga, precisamente, no dependa del petróleo, bien extinguible, sino del esfuerzo que hagamos como sociedad para construir otras riquezas. Una vía, por cierto, que es la más ajena a este gobierno, empeñado como pocos en que el petróleo sea nuestro único sustento, mientras aniquila para sus propios fines políticos cualquier otra forma de subsistencia o prosperidad.