• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Juegos de hambre

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La muy hermosa bahía de Manzanillo, en Margarita, destino de bañistas exigentes, esconde a un caserío de pescadores que difícilmente sobrepasa los tres mil pobladores. Atravesado por dos corrientes en ascenso que generan mucha preocupación –la drogadicción con su correlato de tráfico y la delincuencia juvenil–, es, sin embargo, en su mayoría, una comunidad humilde y trabajadora. Pero las estampas recurrentes de paisaje de ensueño y la algarabía habitual entre vecinos sufre desde hace varias semanas una disrupción sin precedentes: nadie se encuentra en su sitio, nadie repite sus hábitos, nadie encuentra consuelo. La angustia de madres es creciente y los jefes de familia no hallan qué llevar a casa, salvo impotencia. Las estampas ahora son otras: jóvenes que se internan en los montes para cazar iguanas o liebres, niños que recorren las rocallas para extraer erizos, aventureros que trepan hasta los nidos de los alcatraces para llevarse los críos. Los menos audaces llegan sigilosos por las tardes a la bahía con tobos llenos de yuca, ocumo o plátanos, a la espera de que algún pescador se digne a trocarlos por pescado, cualquier especie que sea. “Con mi quincena, no alcanzo a comprarme un pollo”, exclama una manzanillera que busca con desesperación alimento para sus dos hijos. Las estampas de agobio se multiplican, hasta crecer en todo el territorio y convertirse en acciones ya claras de saqueos o robos. Las estamos viendo a diario, si no en los medios nacionales, cooptados por el Estado Censor, sí en las redes sociales. La organización Foro Penal habla de no menos de diecisiete manifestaciones diarias a nivel nacional asociadas a la escasez y el hambre.

La crisis que nos ha llevado hasta estas escenas dolorosas tiene un componente social y otro político, pero me temo que el tempo del primero, vertiginoso e incalculable, se lleva por delante cualquier otro tipo de consideración. Sin embargo, lejos de lo que ya deberían ser dinámicas de emergencia y atención social, el Gobierno no sale del cálculo político. La desesperación social no está en su agenda de prioridades, como sí lo está impedir el revocatorio, bloquear el veto de la OEA o culpar siempre a no se sabe ya qué imperio de sus desmanes. En síntesis, mantenerse en el poder siempre será más importante que la muerte gradual de venezolanos, ya sea por enfermedad o hambruna. Y este juego vil y profundamente irresponsable, causante de trastornos que van a quedar por generaciones, está en las antípodas de toda retórica asociada al hombre nuevo o al pueblo soberano. Aquí la única novedad ha sido la de la retórica vacía, detrás de la cual se ha cumplido con la más grande operación de extorsión a la república. ¿Hombre nuevo? Pues claro: el que se eleva por encima de los siervos para declarar la inmutabilidad del poder, que siempre se mantendrá en sus manos.

Los juegos de hambre están sobre el tablero y quienes mueven las piezas son los grandes jerarcas: un poco de arroz en esta casilla, unas semillitas un poco más allá; una promesa de que al tirar los dados aparecerá un contenedor de maíz, una ida a la cárcel si reclamas cuando no te toca; unos lingotes de oro que te prometen cuando llega tu turno al bate, pero que alguien más se lleva sin que te des cuenta. Promesas vacías de víveres, anuncios de gallineros verticales, huertos escolares que nadie ha visto, totumas que ni siquiera recogen agua de lluvia, ingenios que se expropian para que el azúcar desaparezca, granos proteicos que terminan siendo de arena.

En el fondo, el diseño tenía un propósito: que la novedad fuera en verdad la vuelta al origen. Vuelta a las liebres, a las iguanas, a los pichones de alcatraz, incluso a los minúsculos erizos, mientras las ratas escapan en aviones privados.